El perfume de las Adelfas

Por Francisco (Pancho) Velázquez

Un hombre robusto en guayabera de lino abre la puerta. No me cede el paso. Por lo contrario, me mira fijamente y pregunta.

¿Y usted quién es?

–Tengo un asunto por despachar con el licenciado. Me citó a las nueve.

–Faltan quince minutos.

¿Eso es un reproche o un elogio?

–Siéntese cómodo. El licenciado tiene que despachar conmigo primero.

            Me indica una esquina del sofá.  Se deja caer en la opuesta. Escucho voces provenientes de una dependencia a la que se accede por un portal con medio punto y dos puertas de cantina.

            En un tono mas extendido me pregunta de que trata mi asunto con el licenciado.

–Le entregué un carro hace dos semanas para que lo probara. Vine a recoger las llaves o, en el mejor de los casos, firmar la compraventa.

–No creo que el licenciado este interesado en probar automóviles por buen tiempo. Creo que le espera una barca con remero, si acaso.

¿Lo asesinaron? 

            Me mira atentamente y se endereza en su esquina.

¿Qué le hace pensar semejante barbaridad?

–Usted tiene en la mano un azimuto y una libreta cuadriculada.

¿Fue policía?

–En el Ejército, en Alemania. Sargento primero del CID con la unidad del preboste.

–Y ahora vende automóviles…

–Gano igual que cuatro policías al mes.

Alguien, desde la cocina, dispara una foto con flash.

–Igual puede estar posando para una retrato de familia, añade.

            Me explica en voz baja que el médico de cabecera está allífiniquitando el trámite

Tenía el corazón débil, hidropesía, que es una enfermedad fatal. La mujer no se ve muy atribulada. Dice que el difunto tenía dispepsia y ella tenía por costumbre servirle un vaso de sal de uvas Picot. A la media hora se tomaba una malta danesa Tuborg con un huevo crudo batido y turbinado.

            Recorrí la sala con la vista. Cerca de un barcalounger en una mesita con ruedas vidos botellas de Teacher´s, una sin desensetar y la otra a la mitad. No había surtidor de seltzer por ninguna parte. Parece que al difunto le gustaba beber sin condón, neat como dicen los americanos.

El fiscal ya firmó la orden del levantamiento pero hay algo que no me cuadra. El arma de fuego en la escena que, según la señora, se disparócuando sufrióel infarto, usted sabe en el paroxismo de la muerte. El solía limpiarla, el arma, se entiende, en la mesa de la cocina lo cual es una porquería. Figúrese, donde uno desayuna…

¿pero está descargada?

–Alineó cinco balas en la mesa para calmarla porque siempre que limpiaba el arma se ponía nerviosa.

–Por la pulcritud no será. Aquí hay capas de polvo acumuladas desde el año pasado. Mire esas ventanas y el tope de la radio.

            Hace silencio por un lapso breve. Da un manotazo y se incorpora.

—Venga, voy a hablar con ella a ver si da con las llaves.

Lo sigo,  maletín en mano. Me detengo a la entrada de la cocina, él adelanta y ella le sigue.

–Usted es el del Chevrolet, vino a buscarlo.

–Si señora, si tiene la bondad y me consigue las llaves.

–Vengo ahora, voy a su despacho.

            La mujer da la vuelta y camina corredor abajo. Es una casa larga con una dependencia soleada al fondo por donde entra la brisa hecha ventolera hoy.

¿Satisfecho?

El sargento asiente.

–O no se conocen o ella es mejor actriz que Dolores del Río. Que tiene el chassis para eso, y la carita.

–El baúl también.

–Respete a la viuda.

–No me joda, sargento. Oiga, y el difunto ¿dejó mucho?

–Sospecho que lo dejó todo.

–En la vida todo falta y en la muerte todo sobra…

–Eso es de la Biblia.

–Quevedo. Mejor y más claro.

–Ese fue el de las cuatro blancas nalgas vi

–Ese mismo, contesté.

            Me cayó bien el sargento. Suele pasar entre policías. Brotan unas simpatías no importa de cual latitud procedan los concitados. Un policía es eso, alguien que aclara extremos turbios y busca la verdad, en Japón, Berlín, Moscú y la Habana. Cambia el pito y el idioma y el largo de la macana pero en el fondo son la misma cosa.

            Los foto técnicos se marcharon. El más viejo le dijo al sargento que el difunto, en tren de muerte, hizo el disparo desde el piso. Tenia residuos de pólvora en el batín pero no en la mano. Explicó que ese tipo de revólver sellaba la recámara con el cañón impidiendo la salida de gases y residuos de pólvora hacia el brazo. Ella nunca tocó el arma.

De esta dejo de tomar sal de uvas Picot, dijo Gaetán.

            Llegó a la casa un tal Chago, el chofer de la ambulancia. Se conocían el sargento y él. Venía con un ayudante.

¿Qué tienes Gaetán?

–Un difunto. Ahí está el doctor.

–Pues lo siento, Gaetán pero la ambulancia es para los vivos. No transporto muertos y tú lo sabes.

–Si se me permite terciar, dijo el doctor.

–…sería deseable que este señor saliera de su casa con la dignidad que merece.

–Llamen a la fúnebre. Es violar la ley. La ambulancia no es una carretilla. Vámonos, flaco.

–Quéhombrecito temerario, dijo el médico,

            El fiscal no tercióen la discusión. Se notaba aburrido y fumaba un cigarrillo usando un platillo como cenicero.

            Había yo permanecido a la entrada de la cocina. Vi la escena e imaginé el postrer pataleo del difunto. Estaba tumbado de costado a una pared, la norte, de la casa, culo al fregadero en la pared opuesta. El sargento estaba recostado de una ventana cerca de la nevera. Tomaba apuntes en una libreta. Entonces me fijé hacia el revólver, un Nagant soviético, seguramente un souvenir de la guerra, que descansaba en la mano derecha del muerto, índice sobre gatillo.

            El fiscal se aproximó, se puso en cuclillas y ensayóremoverlo. Miré hacia la mesa y vi las cinco balas. El medico guardaba el estetoscopio en su maletín. La mano del fiscal adelantaba hacia el arma.

            Alcé la voz hacia el sargento que estaba en la línea de fuego.

–Cuidado sargento, está cargado.

El fiscal reparó en mí. Gaetán contestó.

–Ya disparó la sexta bala, no hay que temer, dijo un poco confundido, cambiando el foco de su mirada hacia mi persona.

–Es que ese es un modelo ruso que carga siete balas. Falta una.

El siempre dejaba un hueco vacío, dijo el fiscal en un susurro que se oyó claramente ante el silencio de los presentes por la nueva tensión añadida. Inexplicablemente, haló hacia atrás el percutor para sacar el dedo del difunto de sobre el gatillo.

            Cuando trató de retornar el martillo a su posición el percutor se zafó del agarre del pulgar y cayó sobre la última bala. La detonación retumbo en la cocina.

            Gaetán cayo muerto de un balazo en el ojo derecho.

            Oí pasos ligeros alejándose por el pasillo. Era la señora alejándose de cualquier nuevo peligro.

            El médico sufrió un sobresalto. Dejó caer su maletín y de dos zancadas examinó la herida. Crispó los labios por la cólera. Balazo fatal.

–Usted es un imbécil. Mire lo que ha hecho, gritó fuera de sus casillas.

            Al disparo, el camillero y el flaco regresaron a las prisas. Vieron a Gaetán, yacente.

–Coño, en esta casa se muere la gente seguidito. Fiscal, llame al municipal para que envíen el fúnebre de dos plazas.

––So mequetrefe. No me dé órdenes, le gritó el fiscal.

            Caminó hasta el teléfono arma en mano.  Llamó a homicidios y le comunicaron con el teniente. Regresó a la cocina y el médico pasó a la sala. La señora  regresó a la sala un poco más compuesta, se había lavado la cara. Ninguno de los tres pronunciamos palabra.

            Aguardamos en un estrujante compás de espera.

            El fiscal regresó a la sala desarmado. De pie, se dirigió a nosotros.

Usted no estaba en la cocina cuando esto pasó, se había retirado. Es decir eso o la acuso de matar a su marido por envenenamiento.

–¿Con sal de Uvas Picot?

Algo encontrarán en Forense que no debe estar ahí.

–Whiskey, que parece que le daba duro. Comenté.

–Usted, a ver ¿Qué trae en ese maletín?

–Nada que le importe a usted.

–Puede ser un pago a la señora por matar al licenciado.

¿Pero que pasa aquí? preguntóel médico. Esto que hace es totalmente inaceptable.

–Cállese que tiene dos abortos en las costillas. Se puede abrir una pesquisa. Esto es para orientar la línea de lo que van a decir en los interrogatorios.

–Esto es ilegal y usted no tiene la autoridad para hacerlo, le dije.

–Yo soy el fiscal y eso es lo que hago, interrogar.

–Dejó el cargo cuando mató a Gaetán .

–Fue un accidente y eso todos lo saben. Pero, a ver, abra el maletín.

–El  maletín…necesita una orden del juez para eso. Y probar que es material al caso del difunto licenciado. Me parece que estáusted buscando dinero.

–Tengo un juez en el bolsillo, dijo y mostró una pistola calibre .45.

–No empeore más las cosas. Esperemos al teniente.

            La voz le temblaba. Sabía que había dinero, modo de apropiárselo y chantaje para obligar al silencio. Había premura también, Arreciaba el aguacero aunque era cerca de las once y no se esperaba la tormenta hasta entrada la noche.

            Regresó a la cocina y trajo un frasco de Sal de Uvas. Había perdido la cordura. En la diestra traía la pistola. Los dos que estaban sentados a mis extremos se recogieron hacia la esquina, temiendo que abriera fuego.

            Tan pronto había entrado a la cocina extraje precavidamente mi Colt Bodyguard y lo oculté detrás el maletín en mi falda. El fiscal cometióla torpeza de hacerme señas, de conminarle a que le entregara el maletín con la mano que portaba la pistola.

            Cuando la bajó a un ángulo de  45 grados en la relación con el piso, le metí el balazo entre los ojos. El salteado de sesos cayó sobre el mantelito de battemberg que cubría la radio.

            Atónitos, los presentes me miraron.

–Qué fatalidad, qué lío, balbuceó el médico.

–Esto se jodió, musitóla señora.

            Inmediatamente llego el teniente con los dos agentes y los de fotos y huellas que habían estado anteriormente se desataron poderosas manifestaciones de tribulación y duelo. El teniente ordenó a un agente a tomar fotos y cuadricular la escena. Al segundo lo dejo custodiando al médico y a la señora.

            Tres muertos entre sala y cocina en el lapso de una mañana tormentosa le da jaquecas a cualquiera y más con una tormenta que se avecinaba. Corroborado todo el teniente llamó al otro fiscal de turno. Nadie mencionó al funcionario yacente en el contexto luctuoso. El teniente me interrogó en privado y le conté todo incluyendo el ensayo del fiscal de pretender orientar nuestras respuestas. Aguardé en lo que corroboraba privadamente con los dos restantes.

            Llegó el cargamuertos del municipal y se llevaron a Gaetán y al fiscal. El teniente le dijo a la señora que llamase a una funeraria para que dispusiera de los restos del licenciado. Me pidió que la acompañara de no ser que tuviera algo más importante que hacer.

            Dije que sí, hay caridades a las que uno no puede negarse.

  Francisco Velázquez es nuestro mejor narrador policial. La serie Dolores Cardona así lo demuestra. Tiene además cuentos sueltos y una decena de novelas que lo colocan en el parnaso literario nacional.