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Por Félix Córdova Iturregui/Especial para CLARIDAD

            Una tendencia política podría haber madurado lo suficiente para manifestarse de manera contundente en las elecciones del próximo noviembre: el rechazo masivo del bipartidismo entre el electorado. Sobre todo por el carácter novedoso de la contienda electoral de este año. Nunca antes en la historia de Puerto Rico los electores asistieron a unos comicios después de haber expulsado de su puesto en la Fortaleza a un gobernador, por medio de las movilizaciones sociales más grandes en la historia del país.  El impacto del verano de 2019 está por verse.

Las causas de esa forma inédita de residenciamiento en la calle fueron múltiples. Todas ellas se manifestaron y siguen manifestándose en la crisis económica y política que vive nuestra sociedad desde hace años, acentuadas por las catástrofes naturales: los huracanes Irma y María, de septiembre de 2017, los terremotos de fines de 2019 y de 2020, coronados ahora con la pandemia del Covit- 19. Las elecciones de noviembre de este año, por consiguiente, son novedosas por un racimo de razones. Todas responden a un repudio, aun si no existiera una conciencia clara sobre ello, de la política neoliberal que ha prevalecido en Puerto Rico desde hace tres décadas.

Una gran cantidad de jóvenes nació en estos tiempos de crisis. No ha conocido otra vida social que no sea de austeridad y restricciones para grandes sectores de la población, mientras una minoría se ha enriquecido de forma obscena, en un ambiente de creciente corrupción. Al mismo tiempo la vida de la mayoría se ha hecho más precaria. Durante los treinta años del neoliberalismo depredador, varias generaciones de jóvenes han consolidado su desprecio al bipartidismo asociado con la corrupción. No debe, pues, quedar duda de algo decisivo: el rechazo masivo a los dos partidos de gobierno, como manifestación concreta de la crisis económica y política, es también un repudio al neoliberalismo como la política económica que nos ha conducido al desastre actual.

La amplitud del repudio se manifestó en el pasado debate de los seis candidatos a la gobernación. Allí estuvieron acorralados los dos candidatos del bipartidismo, sobre todo Pedro Pierluisi, como encarnación viva de las peores características del gobierno actual. No deja de ser una ironía que el otro candidato del bipartidismo, Carlos Delgado Altieri, le señalara sus contratos con la Junta de Control Fiscal, pagada con dinero del gobierno de Puerto Rico, acusándolo de haber cobrado 400 dólares la hora, con la facturación de un millón de dólares. La mayoría de los votantes sabe que después del contrato de Pierluisi con la Junta de Control Fiscal, ahora se le hace la boca agua ante la posibilidad de llegar a ser gobernador y administrar las decenas de miles millones de dólares en fondos federales asignados a la isla.

El PNP sabe que está en una posición frágil y ha recurrido otra vez a la estrategia utilizada por Luis Fortuño en 2012: incluir un plebiscito en el mismo día de las elecciones. Olvidan, sin embargo, que con todo y plebiscito, Luis Fortuño fue derrotado. La idea parecía sencilla y efectiva. Después de un gobierno que dejó en la calle a más de 20,000 trabajadores y trabajadoras del sector público, que atropelló a grandes sectores del país con una política insensible de austeridad, Fortuño perdió, en sólo cuatro años, una ventaja de 215,000 votos.

Ahora, el mismo partido, después de cuatro años de gobierno desastroso pretende arrastrar a la supuesta mayoría estadista del país a un plebiscito, no con el propósito de traer una estadidad quimérica, sino de ganar las elecciones. Intentan utilizar el anzuelo de la estadidad para pescar votos por el PNP y prevalecer en los comicios. En esta estrategia se manifiesta un problema que debe estimular el pensamiento. ¿Cuál es el peligro de identificar el llamado ideal de la estadidad con el PNP?

No se trata de algo sencillo. La relación estadidad-PNP tiene unas implicaciones de mucho alcance. El repudio masivo al bipartidismo, ciertamente no genera de forma mecánica un repudio a la estadidad. Más aún si los estadistas encuentran otras maneras de participar en las elecciones sin votar por el PNP. Sin embargo, el vínculo creciente entre la corrupción y el PNP adquirió un dinamismo extraordinario durante el gobierno de Luis Fortuño y se acentuó durante este cuatrienio. Entre la juventud y otros sectores considerables del país, existe la noción de que el PNP es un partido corrupto. La atmósfera interna del partido se percibe como una permeada de podredumbre. Es imposible que una percepción tan amplia no tenga ningún efecto sobre el plebiscito.

Si el partido identificado con la estadidad destila corrupción por todos sus poros, puede esperarse que la estadidad, en un plebiscito amañado y oportunista, también venga acompañada con el hedor de la corrupción. La estadidad utilizada como ficha electoral, como una tomadura de pelo para seguir teniendo acceso al dinero público, puede ser considerada una estadidad corrupta. Muchos votantes de corazón limpio, podrían no querer participar en un proceso preparado por dirigentes inescrupulosos, mientras otros podrían ver la posibilidad de un voto negativo para golpear a los maleantes que se han apoderado de una retórica de la igualdad para enriquecerse y al mismo tiempo propagar la desigualdad por toda la superficie de nuestra sociedad.

La situación es seria y exige atención. Desde 1993, el PNP ha administrado el gobierno en cuatro ocasiones, con una extensión de 16 años de un total de 28. Durante esos años, los llamados estadistas han reclamado la igualdad con los Estados Unidos, pero han promovido políticas de desigualdad en el interior de Puerto Rico, creando una distancia mucho mayor entre ricos y pobres en el país. Una enorme cantidad de personas afectadas por esta política de polarización de la riqueza, se han dado cuenta que también la retórica de la igualdad de los líderes de la estadidad está penetrada de falsedad y corrupción. En resumen, la estadidad ha sido desmantelada por el mismo movimiento del mercado tan aclamado por los falsos estadistas.

Ante esta bancarrota, ¿qué le queda a la estadidad como atractivo? No le queda nada relacionado con un ideal político. Pero sí le quedan los resultados abyectos de la política del empobrecimiento colectivo impuesta por el neoliberalismo. Los falsos apóstoles de la igualdad, no ofrecen nada de ellos. Se apoyan en la creciente dependencia de fondos federales. Pretenden, sin ningún sentido ético, hacer política con fondos públicos federales, mientras se han estado robando los fondos públicos de Puerto Rico. El país siente un cansancio profundo con la política de los corruptos. Es imposible separar la estadidad de sus proponentes y de la corrupción del espíritu público puertorriqueño que ellos representan. Ante el asalto a la moral del país, es urgente salir en noviembre a decir  no, en el plebiscito. Derrotar la estadidad de los corruptos también significará enfrentar la corrupción.

 

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