El Seminario Conciliar de San Ildefonso: Educación y cultura en Puerto Rico, 1832-2019

Por Francis J. Mójica García/Especial para En Rojo

El Seminario Conciliar de San Ildefonso, ocupado actualmente por el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, en el Viejo San Juan, está íntimamente ligado al desarrollo de la instrucción pública y la cultura en nuestro país. Su evolución puede dividirse en distintas etapas, en las que también se le fue conociendo con distintos nombres. Desde 1832, aunque con muchas dificultades, este edificio se convirtió en lugar muy importante para la vida social y cultural de San Juan. Fue lugar de estudio de cientos de jóvenes de toda la isla, pero también de otros que llegaron de Venezuela y Santo Domingo, Málaga y Barcelona en España. Se formaron aquí jóvenes que le rindieron bien a Puerto Rico, entre ellos: Manuel Alonso, Román Baldorioty de Castro, Alejandro Tapia y Rivera, Eugenio María de Hostos, Federico Asenjo, José de Celis Aguilera, José J. Acosta, José Vizcarrondo Coronado, José Severo Quiñones, Tulio Larrinaga, Cayetano Coll y Toste, Francisco del Valle Atiles y José Celso Barbosa. Evidentemente, no estamos ante cualquier edificio.

Fue este un anhelo de toda la comunidad. Proyecto del que participaron la Iglesia y el Gobierno Civil, junto a vecinos de San Juan y otras partes de la isla. También fue motivo para la construcción del Teatro Municipal, hoy Teatro Alejandro Tapia y Rivera, entre 1825 y 1832, uno de los más antiguos de Hispanoamérica. Así de importante es este edificio. Tal vez, su mayor importancia radica en que fue un logro colectivo al que incluso se le dio prioridad sobre el establecimiento de una universidad.

A esta casa de estudios se le conoció con distintos nombres a través del tiempo. Desde el siglo XVIII y hasta las primeras décadas del siglo XIX se habló de Colegio-Seminario, Seminario o Seminario Conciliar. A partir de su inauguración en 1832 se le conoció como Seminario Conciliar de San Ildefonso, y en el periodo en que estuvieron a cargo los Jesuitas (1858-1878) se conoció como Seminario-Colegio.

La primera etapa fue la del desarrollo de la idea y planificación para establecer el Seminario. Esta la comenzó el obispo Pedro de la Concepción Urtiaga (1706-1715) quien ya desde esa época proponía la fundación de un “Colegio-Seminario” para la formación de los sacerdotes, considerando incluso ubicarlo en el hospital Nuestra Señora de la Concepción, que estaba desocupado. El proyecto no se pudo llevar a cabo en ese momento.i Aunque ya, desde 1768, la Corona había exigido a las diócesis construir su seminario si no contaban con uno. El proceso lo inició Juan Alejo de Arizmendi quien fue obispo entre 1803 y 1814, pero fue el obispo Pedro Gutiérrez de Cos (1825-1833) quien logró llevar a cabo el proyecto con el respaldo del Cabildo de San Juan y el entonces gobernador Don Miguel de la Torre, luego de que el rey Fernando VII aprobara la petición que le enviara el 27 de octubre de 1827.ii Se construyó entre 1827 y 1832.iii La Sociedad Económica de Amigos del País le dio un gran respaldo desde el principio.

El terreno en que se construyó el edificio fue donado por el chantre de la Catedral D. Nicolás Rivera Quiñones para ese propósito específicamente.

Al disponer de sus bienes 9 años después, los dejó todos a beneficio de su alma y de los pobres “a discreción y arbitrio de… el actual diocesano”. Y el actual diocesano y confidente íntimo suyo era el obispo Arizmendi, quien destinó la casa y patio de su amigo para solar del Seminario, agrandándolo con la compra de los solares adjuntos, y sosteniendo sus derechos en un pleito que suscitara cierto vecino.iv 

La actividad educativa en el terreno y casa donada por el chantre comenzó a principios del siglo XIX como queda demostrado.

En las deliberaciones para escoger el lugar, fue decisivo el criterio del primer obispo puertorriqueño Don Juan Alejo de Arizmendi. Albacea de los bienes dejados por el difunto chantre Rivera Quiñones, destinó la casa y patio del mismo para ubicar allí el seminario, agrandando el espacio al comprar con fondos propios y ciertos réditos eclesiásticos los solares adjuntos. Ya en 1814 se ofrecían en dos salas de la casa mencionada clases de latín, después de hacer en ella algunos arreglos para facilitar tales actividades. En reunión celebrada por el cabildo el 14 de enero de 1813 se informa que el obispo estaba “… entendiendo en el edificio del Seminario Conciliar, que se hallaba muy adelantado…” Una lista de jornaleros pagados desde diciembre de 1814 a agosto de 1815 prueba definitivamente que ya se realizaban las primeras obras, siquiera de habitación provisional. Quién sabe si estas primeras dependencias se mantienen luego dentro del proyecto que se realiza más tarde.v 

Y más adelante el edificio se construyó con el noble y único propósito de servir como centro de enseñanza religiosa y de proveer un lugar donde se pudieran educar los pobres. Esto quedó demostrado desde el principio y por eso fue un proyecto que provocó gran interés.

El área está preparada, resta acopiar el trigo que ha de sembrarse, escoger el buen grano del que se esperan sazonados frutos. Resta elegir las personas que han de ocupar las becas y mantenerse de las rentas del colegio: jóvenes de buena índole, naturales de la isla… Con las mismas calidades serán admitidos los hijos de los ricos y pudientes, pagando sus padres en cada semestre una pensión que se computará con equidad.vi 

Durante gran parte del sigo XVIII los puertorriqueños estuvieron solicitando mejoras en la educación y el establecimiento de un centro de estudios en la isla, pero no tuvieron éxito. Fue Juan Alejo de Arizmendi quien comenzó a dar pasos concretos en esa dirección para establecer el Seminario. El principal reto para la construcción del edificio fue la adquisición de fondos. Por eso, desde 1803 el obispo, el deán, el archidiácono, el chantre, los canónigos y racioneros tuvieron que donar el tres por ciento de sus ingresos para la construcción del edificio.vii Tal era el interés de la comunidad que los vecinos también decidieron aportar. Miguel Xiorro, por ejemplo, dejó establecido que, a su muerte, las tres residencias que poseía en las calles Tetuán, Fortaleza y en la Plaza de Armas se alquilaran y las ganancias se donaran para su construcción. Otras personas del resto de la isla también aportaron económicamente. Además, el señor Manuel Rendón dejó establecido que, al morir, su residencia, ubicada en la calle Sol #38, se alquilara y las ganancias pasaran al Seminario.

Este ya producía beneficios para el país incluso antes de existir, pues buscando generar recursos económicos para su construcción el gobernador Don Migue de la Torre decidió edificar un Teatro Municipal y utilizar parte de los recaudos para levantar el edificio. Se recaudó dinero con las funciones que realizaba la Compañía de Actores Dramáticos.viii Para guardar los fondos recaudados se construyó un Arca de Tres Llaves. Inicialmente hubo una discrepancia sobre donde establecer la ansiada casa de estudios. Algunos proponían ubicarlo cerca de la Catedral, en la esquina que forman las calles San José y San Francisco, con el propósito de mejorar el área que se encontraba dominada por el cementerio. Pero prevaleció la idea de Juan Alejo de Arizmendi de establecerlo a lado de Palacio Arzobispal, en los terrenos donados por Don Nicolás Rivera Quiñones. 

A partir de este momento comenzó la segunda etapa en la historia de este edificio, la que podemos ubicar entre 1832 y 1858. Los cursos comenzaron el 12 de octubre de 1832 con 55 estudiantes, de los cuales 12 tenían becas de merced que se costeaban con los recursos donados por el vecino Miguel Xiorroix. Fue su primer rector Ángel de la Concepción Vázquez, quien residía en el edificio y ocupaba una habitación al lado de la puerta de entrada.x Comenzó el Seminario Conciliar de San Ildefonso con una Facultad de Teología y un Departamento de Segunda Enseñanza, en donde se impartían cátedras de latinidad, filosofía y teología.xi Este fue un periodo de cambios en la institución tanto en su planta física como en su plan de estudios.

El edificio tuvo una ampliación entre 1852 y 1856 para proveer habitaciones a profesores y estudiantes.xii Además, desde 1855 los estudios en el Seminario quedaron incorporados a los de las universidades españolas. Esto quiere decir que un estudiante graduado de esta institución podía continuar sus estudios universitarios en España o en Cuba. Para esto tuvo que cumplir con unos requisitos: seguir el mismo plan de estudios que se seguía en España, utilizar los mismos libros de texto, y enviar las listas de estudiantes y sus calificaciones a la Universidad de San Gerónimo de la Habana.xiii Sin embargo, la actividad educativa en el Seminario comenzó a decaer notablemente durante la década de 1850, lo que provocó que se exigieran reformas. Así lo hicieron los líderes religiosos y los gobernadores D. José Lemery y Fernando Cotoner. Estos solicitaron a la Corona que enviara cierto número de padres jesuitas para que se hicieran cargo del plantel y ayudaran a mejorar la enseñanza secundaria en la isla.xiv Durante este periodo se estableció en este edificio el primer laboratorio de física y química que tuvo la isla. Lo donó el Padre Rufo Manuel Fernández en 1844, pero el Cabildo Eclesiástico no lo aceptó, así que, estuvo en el edificio temporeramente en lo que consiguió otro local.xv Aquí se estableció también la primera cátedra oficial de inglés en San Juan en agosto de 1844, costeada por la Sociedad Económica de Amigos del País.xvi 

Es importante señalar que el Seminario tuvo la segunda biblioteca más importante de San Juan. Especializada en temas religiosos, esta comenzó a formarse en 1832 con la donación que hiciera el deán Don Juan Lorenzo de Matos y más adelante recibió donaciones de otros religiosos, incluyendo al obispo Pedro Gutiérrez de Cos y el obispo Pablo Benigno Carrión (1857-1871). Al dejar la institución a finales de la década de 1870, los Jesuitas se llevaron una buena cantidad de libros quedando la biblioteca con alrededor de 800 volúmenes.xvii 

Llegaron los Jesuitas a Puerto Rico porque el gobierno y la iglesia, tomando como modelo el Colegio Belén de La Habana (1852), quisieron que estos se hicieran cargo de la educación secundaria en la isla. Pero hubo muchos problemas para armonizar los intereses del Capitán General y el obispo Carrión. Mientras este último quería reforzar la enseñanza religiosa y que el edificio fuera solo seminario, el primero deseaba dar prioridad a la educación de todos los jóvenes para que no tuvieran que irse al exterior donde podían entrar en contacto con ideas revolucionarias. Ante la falta de un local adecuado se quiso establecer el colegio de los Jesuitas en el Seminario. Sin embargo, este exhibía terribles deficiencias que representaban un reto mayor: su funcionamiento era deficiente y tenía pocos alumnos, y los estudios que allí se hacían estaban mal organizados. Pero, tal vez, el mayor problema era el edificio, que no tenía suficiente espacio, ni estaba bien equipado. Los estudiantes, por ejemplo, compartían un dormitorio sin privacidad. Ante esa situación, decidieron establecer allí el colegio, pero realizando una serie de reformas. Llegaron a un acuerdo, pero el obispo mantuvo su participación en la admisión de seminaristas y el reclutamiento de profesores para las cátedras que no asumían los Jesuitas.xviii El Seminario-Colegio inició su primer curso en octubre de 1858 con 138 estudiantes, el doble que el curso anterior.xix 

Con la llegada de la Compañía de Jesús en 1858 comenzó su etapa de mayor esplendor. Estos le dieron mayor vitalidad al ahora Seminario-Colegio y dotaron a la isla de una educación secundaria mejor organizada. Pero no fue fácil porque de ese momento en adelante funcionaron en el mismo edificio dos instituciones: el Seminario y el Colegio de Segunda Enseñanza. Estos tuvieron que armonizar el funcionamiento de dos instituciones distintas en un espacio reducido. Los estudiantes del colegio, por ejemplo, no tenía que vestirse igual que los seminaristas ni participar de sus actividades.xx Los primeros en llegar a hacerse cargo de la institución fueron José María Pujol (Rector), Pedro Nubiola y Tomás Iraeta quienes arribaron el 2 de mayo de 1858.

Estos se enfrentaron a una situación compleja. Desde mayo de 1851 la institución podía otorgar el grado de bachiller en filosofía y se había aprobado en octubre de 1852 un plan de estudios. Además, desde 1854 sus cursos habían quedado incorporados a los de las universidades del reino y había que cumplir con unos requisitos. En ese contexto, también tuvieron que ajustarse a la reforma educativa que se impulsaba en España mediante la Ley Moyano del 5 de septiembre de 1857.xxi El profesorado también tuvo problemas de salud frecuentemente y eso le dio a la institución cierta inestabilidad en ese aspecto. A partir de 1863, no llegaron más jesuitas catalanes, desde entonces todos fueron vascos, castellanos y andaluces.xxii 

Además de hacerse cargo de un Seminario que ya funcionaba con múltiples problemas, también tuvieron que encargarse de la Iglesia de Santo Domingo, hoy Iglesia San José. Añadiendo a esta situación la falta de profesores y la deficiencia de muchos, pues no todos eran competentes. Lo que se traducía en una sobrecarga de trabajo para el poco personal.xxiii 

Desde principios de la década de 1850 el plan de estudios había comenzado a decaer. Circulaban las ideas revolucionarias por el Caribe y con la intervención del Capitán General este sufrió cambios.xxiv Los Jesuitas establecieron un Plan de Estudios Abarcador a la par con el que se seguía en España, a completarse en 5 años: (Primer año) Latín y Castellano, Historia Sagrada, Principios de Aritmética, Francés o Inglés; (Segundo Año) Latín y Castellano, Geografía, Principios de Geometría, Francés o Inglés; (Tercer Año) Latín, Aritmética y Algebra, Historia Universal y Griego; (Cuarto Año) Geometría y Trigonometría, Historia de España y Griego; (Quinto Año) Psicología, lógica y ética, Física y Química, Historia Natural con elementos de fisiología humana. Los cursos de teología se limitaron a 4 como en los seminarios de España.xxv 

Los Jesuitas tuvieron que abandonar el Seminario en 1878. El Obispo Juan A. Puig Monserrat (1872-1894) entendió que la institución se había alejado de su objetivo principal de formar sacerdotes y les solicitó que abandonaran el edificio. Olvidó dicho obispo que desde su fundación también tenía la misión de proveer educación gratuita a los desventajados. Hasta ese momento la actividad académica y cultural en el edificio había tomado un gran impulso y la formación religiosa había quedado en un segundo plano.xxvi Es importante resaltar que debido al aumento en la cantidad de estudiantes se utilizaba la Iglesia San José para las actividades. A su salida, la institución contaba con un buen laboratorio de Física y Química y, desde 1865, con un museo donde se exhibían objetos indígenas.xxvii Entre 1858-1878 el Seminario-Colegio graduó 221 jóvenes con título de bachiller y llegó a tener hasta 138 estudiantes matriculados. Quedó solo con 35 alumnos, dedicados al sacerdocio, al salir los Jesuitas.xxviii En el período en que estuvieron a cargo los jesuitas (1858-1878) el promedio de estudiantes por año fue 140, llegando a tener 238 estudiantes en el último curso (1877-1878).xxix 

A partir de 1878 comenzó una etapa en la que el Seminario se dedicó solo a la formación de sacerdotes, bajo la dirección de los Padres Paúles. En el 1900 el obispo Jaime Blenk (1899-1906) lo cerró por falta de recursos, pero en 1915 el obispo Guillermo Jones lo reactivó nuevamente bajo la dirección de los Paúles. Duró hasta 1948 cuando el obispo Jaime Davis lo trasladó a Aibonito. Inmediatamente el local fue ocupado por el Colegio Santo Tomas de Aquino (1948-1972). Sin embargo, debido al mal estado en que se encontraba, fue clausurado en 1972. El edificio permaneció en ruinas y su patio se había convertido en basurero, hasta que fue restaurado entre 1984 y 1986 por el Dr. Ricardo E. Alegría. Obra que comenzó con cerca de $225,000.00 que pudo recaudar. Devolviéndolo así a la vida cultura y académica.xxx 

En 1986 el Seminario Conciliar de San Ildefonso se convirtió en sede del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, recobrando su esencia como centro de la actividad social y cultural de toda la zona. Igual que el Seminario de 1832, nació el Centro de Estudios Avanzados como un anhelo del Dr. Alegría, y los que con el colaboraron, para servirle bien al país. Ofreciendo, entre otras cosas, acceso a una biblioteca pública única en su clase, especializada en recursos relacionados a la historia y cultura de Puerto Rico y el Caribe. Don Ricardo se inspiró en el estilo de la biblioteca Palafoxiana para desarrollar la del Centro.xxxi Así se conoce la biblioteca donada por el obispo de Puebla en México, Juan de Palafox y Mendoza en 1864, y establecida como biblioteca pública a partir de 1773. Tiene el edificio una capilla decorada en 1858 por el italiano Giovanni Caballini, y restaurada por el mexicano Alfonso Hinojosa c1984.xxxii En la hermosa biblioteca se puede apreciar un mural del artista español Rafael Seco que se hizo durante la restauración del edificio. Acá tiene el pueblo de Puerto Rico las puertas abiertas y acceso a un edificio que le pertenece.

Es el Seminario Conciliar de San Ildefonso un lugar especial. Desde antes de su fundación está vinculado a los anhelos más profundos de esta comunidad, que son aquellos relacionados a su educación y cultura. Pilar de la enseñanza púbica en Puerto Rico, es parte del patrimonio del pueblo puertorriqueño y como tal debe estar accesible a todos(as). Eso fue lo que hizo el Dr. Ricardo E. Alegría al restaurarlo, permitir que cada puertorriqueño(a) tuviera la oportunidad de disfrutar de esta joya.xxxiii Acá tenemos todas las semanas investigadores, profesores, escolares, turistas y vecinos que han hecho de esta su casa y lugar obligado a visitar en el Viejo San Juan.