El teólogo lee: Sobre Evocaciones literarias y socialesde Luis Rivera Pagán

 

Por Efraín Barradas/Especial para En Rojo

          El teólogo es un intelectual muy poco apreciado y muy mal entendido. La gran mayoría cree que es practicante de alguna religión; que es sacerdote, santero, rabino, imán, monje, predicador, ministro u otro tipo de oficial eclesiástico.  Pero el teólogo es un estudioso de las religiones – no necesariamente un practicante de alguna de ella, aunque lo puede ser y muchas veces lo es – que desde una diciplina intelectual – la antropología, la sociología, la sicología, la historia, por ejemplo, o una combinación de estas – se acerca a un rasgo básico de los seres humanos: nuestra necesidad, individual y colectiva, de acercarnos al misterio de lo divino. 

Luis Rivera Pagán es uno de nuestros más importantes teólogos.  A su haber tiene una larga lista de títulos que confirman tal aseveración. Sus estudios sobre el pensamiento teológico latinoamericano, sobre todo sus trabajos sobre la teología de la liberación, la contribución más importante de América Latina a ese campo, así lo confirman.  Su labor intelectual es constante y fecunda.  Por años ha ido publicando notas, reseñas y ensayos en la revista electrónica 80 Grados, algunos de los cuales ahora recoge en Evocaciones literarias y sociales(San Juan, Publicaciones Gaviota, 2018).  Aquí nos ofrece veinticinco textos que divide en dos secciones, como el título anuncia.  En la primera parte se enfoca en literatura (Carlos Fuentes, Gloria Anzaldúa, León Felipe, fray Luis de León, entre otros escritores) y en la segunda, en temas sociales o figuras históricas (la Revolución Haitiana, el exilio, las mujeres durante la conquista de América, fray Bartolomé de las Casas, por ejemplo). Pero a todos sus temas los mira desde la perspectiva teológica.

            La división del libro en dos partes no es verdaderamente tajante porque Rivera Pagán es un humanista que ve la cultura como una totalidad y, por ello, lo literario le sirve para escudriñar lo social y en lo social se puede estudiar con las mismas herramientas que emplea para lo literario. A pesar de ello – y aunque para mí la división no es ni fija ni necesaria – los textos reunidos en cada grupo forman una clara unidad.  Creo que estos más que estar configurados por los temas sociales o literarios que tratan, están unidos por el enfoque crítico del autor: su visión de la cultura y la sociedad desde la teología.  Rivera Pagán está plenamente consciente de su metodología y, por ello, habla del “punto de partida fascinante de un diálogo posible entre la literatura y la religiosidad” (40).  Por ello mismo no ve división entre la teología y la poesía: “La rigurosidad académica del pensar teológico no tiene porque contradecir la sugestividad poética…” (103).  Rivera Pagán ve la cultura como una totalidad en la que quedan insertadas la literatura – sobre todo la poesía – y el pensamiento teológico.  El problema es que, para algunos lectores, sobre todo para aquellos que parten de lo que el autor llama “el fundamentalismo anti-religioso crudo y rígido que permea algunos análisis poco serios académicamente” (148), o sea, para aquellos que no le dan un espacio a la teología en el ámbito de lo intelectual, verán su discurso como tautológico: se habla de la religión desde la religión. 

Pero hay que hacer dos aclaraciones para entender este falso problema.  Primero, la teología bien entendida – como en el caso de Rivera Pagán – es una expresión más del discurso intelectual y por ello es un acercamiento crítico válido.  Segundo, la cultura en general, pero sobre todo la literatura – la manifestación cultural que más le interesa al autor – es un ámbito donde se puede esconder y hallar el pensamiento teológico y el social en un amplio sentido de la palabra. Por ello el autor asevera que “[l]os escritores de ficción, en muchas ocasiones, captan dimensiones y matices cruciales de su entorno social con mayor audacia y anticipación que los científicos sociales académicos, más lastrados estos segundos por rígidos paradigmas epistemológicos y hermenéuticos” (142).  En otras palabras, los artefactos estéticos sirven para entender la cultura; la teología, bien entendida, no la prédica religiosa, es un método válido para descifrar y explicar esos productos artísticos.

            Los lectores de este libro tienen que partir del hecho de que aquí vemos a un teólogo leer y, obviamente, el filtro que emplea – su lente intelectual – matiza y define todo lo que lee y escribe.  El hecho es simple, pero fundamental.  Muy probablemente si yo leyera los mismos textos que lee Rivera Pagán mi acercamiento estaría marcado por mi propia formación profesional e intelectual y, por ello, me interesaría, probablemente, en descubrir las estructuras internas de esos textos. 

Detesto ese refrán nuestro – “Zapatero a tu zapato.” – que, en el fondo, quiere limitar el campo de actividad intelectual del crítico.  Todos nos acercamos al “zapato”, a cualquier “zapato”, desde nuestra particular perspectiva y desde ella enriquecemos la “zapatería”.  Por ejemplo, Rivera Pagán ve la cultura desde la teología y desde esa perspectiva nos ofrece lecturas enriquecedoras.  Su lectura de las letras es teológica, no literaria, pero, por ello, no es menos válida que la de otros posibles lectores. Lo que importa no es su punto de vista empleado sino el rigor y seriedad de su acercamiento, su actitud crítica.  Rivera Pagán no pretende hacer análisis literario sino ver la literatura desde una perspectiva teológica.  Para mí no cabe duda de que al así hacerlo el autor nos ofrece un acercamiento válido, riguroso y enriquecedor.  No es el mío y, por ello mismo, aprendo de su lectura.

            Estos mismos rasgos los vemos en los ensayos que tratan de temas sociales.  En esa segunda parte del libro hallamos hermosísimos textos que, sin abandonar la literatura como uno de sus recursos críticos esenciales, se centran en hechos históricos o en problemas éticos.  De esa segunda parte me declaro particular admirador de un texto donde se relatan las dos visitas de Martin Luther King, Jr. a Puerto Rico.  Este no sólo nos ofrece una excelente síntesis del pensamiento del teólogo y activista afro estadounidense, sino que demuestra el magnífico manejo de Rivera Pagán del género ensayístico.  El texto tiene en el fondo cuatro partes: Rivera Pagán en Praga donde se entera sorpresivamente del asesinato de King; vuelta atrás a la primera visita de King a Puerto Rico; su segunda visita; cierre del texto con una vuelta a sus días en Praga y a la sorpresa de la noticia del asesinato de King.  La construcción circular del texto lo hace muy efectivo, aunque me quedé con inmensas ganas de saber más sobre los días de King en la Isla: ¿con quién entabló relaciones intelectuales? ¿cuál fue su impresión de nosotros?  ¿qué comentó sobre nuestro racismo?  Hasta me gustaría saber si fue a la playa y qué comió. Me interesa ver sus visitas en términos concretos y personales.  Pero esos no son las preguntas que le importan a Rivera Pagán y el hecho de que yo me quede con ganas de saber más no disminuye un ápice la excelencia de este ensayo.

            En esa segunda parte hay varios textos donde se explora el problema de la homofobia en nuestra cultura, sobre todo en el pensamiento religioso tradicional o fundamentalista.  Rivera Pagán ve el problema desde su perspectiva teológica y desde ella es capaz de describir el proceso de cambio que se evidencia en nuestro contexto.  Aquí también, aunque trata un tema social o ético desde la perspectiva teológica, emplea la literatura como otra cala más para acercarse al tema.  Permea su visión sobre los cambios sociales respecto a la homosexualidad un optimismo que casi es paralelo al de los positivistas decimonónicos: su fe religiosa y su visión teológica de la historia, ambas esperanzadoras, lo llevan a ver al ser humano como un ente que se supera y progresa.  Pero más que esa visión lo que me atrae de estos ensayos – y lo que me atrae del libro en general – es la amplitud del pensamiento del autor y su manejo de variadísimas manifestaciones culturales y académicas. Sorprende como Rivera Pagán es capaz de recurrir a evidencia de diversos campos – filosofía, antropología, letras, música, estudios bíblicos, historia, cine y, obviamente, teología – para armar sus argumentos.  Esa inmensa riqueza de fuentes no apabulla al lector ni opaca el texto que está escrito con gran claridad y elegancia.  Eso sí: descubrimos evidentes estrategias estilísticas que se repiten – terminar el ensayo con unos versos o una cita ajena y sorpresiva es la más obvia – y que crean un patrón que a veces deja de ser efectivo por emplearse muy frecuentemente.  Otra crítica que se le puede hacer y que le hago – crítica que surge de su propio acercamiento crítico – es la dependencia extrema, en algunas ocasiones, en la trama de los textos literarios que estudia.  (Esto ocurre especialmente en su comentario sobre una novela de García Márquez.)  Otra es que el texto resulta a veces demasiado breve, breves para mi gusto, porque el autor nos lleva a interesarnos tanto en sus temas que queremos más y más. Pero Rivera Pagán está consciente de esto y por eso mismo llama sus ensayos “evocaciones”.  El título del libro es claro, preciso y escueto, aunque mucho me hubiera gustado uno más evocativo para este texto tan lleno de iluminaciones.  ¡Ah!  Quizás el autor debió copiar a Walter Benjamin y llamar a su libro Iluminaciones sociales y literarias.  Es que eso son porque Rivera Pagán nos aclara mucho, pero nos ilumina más.

            Pero a pesar de mis pocos y ligeros comentarios críticos hay que declarar – y fuerte y enfáticamente lo declaro – que Evocaciones literarias y socialeses un magnífico libro.  Hasta podrá ser en el futuro un documento histórico para estudiar nuestro momento porque retrata a un intelectual de nuestros días con una amplia cultura, una profunda preocupación ética, una perspectiva propia e innovadora y, sobre todo, nos ofrece el retrato de un teólogo que sabe que la teología es también un campo que nos permite acercarnos al mundo desde perspectivas críticas e intelectuales, aunque haya quien así no lo crea y aunque quien lea sus textos – como es mi caso – no sea creyente. 

Mucho he aprendido de la lectura de este libro y por ello le doy las gracias a este teólogo que lee y que sabe leer críticamente.