El Vértigo horizontal de Juan Villorio

Por  Efraín Barradas/ Especial para En Rojo

…no somos dueños de la ciudad; si acaso, podemos lidiar con los 

desechos para que la ciudad exista. Es nuestra carta de ciudadanía: 

perteneces al sitio donde estás dispuesto a limpiar la mierda.

—J.V.

Antes de llegar a México siempre pienso en la posibilidad, especialmente en su capital, de sentir allí temblores de tierra, terremotos, sismos. El uso de distintos términos para el mismo fenómeno físico no implica que empleo compulsivamente un diccionario de sinónimos, sino que expresa mi miedo, mi temor, mi terror a que la tierra tiemble mientras busco y rebusco tesoros en la librería Rosario Castellanos o mientras deambulo por la calle Donceles por las librerías de viejo o mientras plácidamente me tomo una cerveza, una Negra Modelo, en El Viena temprano, tras esas excursiones bibliófilas. Pienso en esa posibilidad cuando aún no he llegado a Ciudad de México. Pero una vez aterrizo mi miedo desaparece como por arte y práctica de una magia antigua y desconocida. Mientras estoy en México el terreno propenso al temblor se convierte para mí en tierra sólida, en enclave seguro. Y no vuelvo a pensar en la posibilidad de un sismo hasta que salgo del país. No es cuestión de autoengaño ni de ceguera histórica: ¡19 de septiembre de 1985! Es que sencillamente me siento tan bien en la Ciudad de México, allí o en cualquier otra ciudad del país, que los miedos que sentía antes de llegar desaparecen o parecen nunca haber existido. Es que en México, especialmente en su capital, me siento en casa.

¿Por qué esa seguridad? ¿Por qué ese sentido de pertenencia? Creo que se deben al profundo y viejo amor que siento por ese país. Recuerdo que cuando era niño un conocido de la familia anunció que iba para México y yo, carifrescamente y para vergüenza de mi madre, le pedí que me trajera de su viaje un sombrero de los que veía en las películas mexicana de las cuales ya era fanático. Recuerdo – ahora para vergüenza mía – que especifiqué que el sombrero de charro que quería debía ser rojo y con bordados dorados, cuando los que veía en las películas eran unánimemente oscuros y plateados. (Eran películas en blanco y negro…) 

Desde entonces, el cine y la cultura mexicana en general marcaron mi vida para siempre. Y aunque cuando estaba en la escuela graduada escogí un tema cubano para mi tesis doctoral por el impacto que había sentido por la Revolución, poco a poco el mundo cultural mexicano, especialmente su literatura y sus artes visuales, fueron desplazando mi atención de la cultura de la otra ala del mítico pájaro caribeño que imaginó doña Lola, aunque jamás he olvidado por completo ese país que también he adoptado. Por ello y sin darme plena cuenta – lo hago con total naturalidad, como si fuera el destino, y no yo, que lo decidiera –, casi todos mis viajes tienden a tener como meta tierras mexicanas.

En México trato de llenar mis maletas de libros. (De cuando en vez y de vez en cuando cae en ellas un grabado.) Cuando regreso a casa estos sirven para hacerme sentir que sigo allá, que estoy todavía en la Ciudad de México. Aunque mis lecturas no son exclusivamente mexicanas, muchos de los libros que leo son de escritores de ese país o sobre temas relacionados al mismo. Hasta me he atrevido escribir sobre la poesía mexicana y, más arriesgado aún, me he atrevido a dictar cursos sobre la materia. 

Por ello el aburrimiento de estas fiestas navideña – la misantropía no me permite ser amante de la navidad; al contrario, la detesto como un buen Scrooge antillano – lo he llenado en parte con la lectura de El vértigo horizontal: Una ciudad llamada México (México, Anagrama y Almadía Ediciones S.A., 2018) de Juan Villoro. El libro viene con un excelente prólogo del sociólogo argentino/mexicano Néstor García Canclini, experto en ciudades posmodernas; recordemos que la de México le ha servido de arquetipo para definir y explorar esa categoría. 

Por momentos pienso que mi necesidad de ignorar las fiestas navideña pasadas en solitario me hizo apegarme fuertemente al texto de Villoro. Pero sé que este dato autobiográfico es accidental, periférico; sé que la alta calidad del texto fue lo que me hizo leerlo devotamente y lo que me hace redactar esta breve nota que espero sirva, además de para reconocer su valía, para llevar al libro a cualquier lectora que se interese por México o a cualquier lector que se interese por el género de la crónica. Curiosamente, este aparece en una colección llamada “Narrativa”, lo que falsea su naturaleza ya que es claramente crónica. El autor así lo establece al declararse en sus páginas “cronista urbano” (314).

Aunque en el libro no se dice, no cabe duda de que muchos de los textos que lo componen fueron publicados anteriormente en revistas o periódicos. En varias ocasiones Villoro menciona su trabajo como periodística y hace referencias directas al cumplimiento de esa labor con la entrega de textos para publicación en esos medios. El libro, como el mismo autor lo declara, trata de recoger imágenes diversas y amplias de esa ciudad que crece y se expande, no vertical por temor a los sismos, sino horizontalmente: de ahí el título. Pero el libro no pretender abarcarla toda. “La Ciudad de México es una enciclopedia inagotable” (401), declara Villoro y su declaración recuerda las imágenes de las ciudades invisibles de Calvino y la de las bibliotecas infinitas de Borges. 

El vértigo horizontal… ofrece cuadros de personajes que pueblan la ciudad, personajes genéricos o individuales, de su pasado, de los problemas que la consumen – el texto sobre los niños de la calle es conmovedor –, de sus altibajos políticos, de la vida cotidiana en la ciudad – por ello el libro abre con un mapa del metro –, de obras de arte escondidas, entre muchas más escenas citadinas. (En mi próximo viaje a la Ciudad de México, sea como sea, tengo que ir a la sacristía de la iglesia de Santo Domingo a ver el cuadro de Cristóbal de Villalpando que allí se guarda casi escondido y que Villoro califica como la obra maestra de este gran pintor barroco.)  El libro tiene crónicas breves, casi viñetas. Y también incluye textos amplios donde se explora en más detalle una temática y una cara de la ciudad. En uno que está marcado por el empleo de la narración y que es de los más logrados, Villoro presenta un excelente cuadro de los problemas del racismo y las diferencias de clase a través de un conmovedor relato de su juventud. Otro de los textos más efectivos del libro es su retrato de Heberto Castillo, una figura de gran importancia en la transformación de la izquierda mexicana. Por todo ello, la lectura de El vértigo horizontal… es casi el equivalente a un viaje a esa ciudad; pero no llega – por suerte y por necesidad – a ser su sustituto. Pero quien no la conozca podrá tener una idea muy acertada y precisa de la Ciudad de México por su lectura. 

Es que Villoro cabe perfectamente bien en una larga tradición de escritores mexicanos que recrean su capital. Esa tradición se remonta a Bernardo de Balbuena y su Grandeza mexicana (1604) y más recientemente tiene como grandes exponentes a Salvador Novo y Carlos Monsiváis. A este último Villoro lo cita frecuentemente; también cita con frecuencia a José Emilio Pacheco, otro cronista de la capital mexicana. Y es que de estos dos escritores Villoro aprendió mucho y su libro se puede entender, en parte, como una relectura de la obra de estos, de quienes aprendió – me atrevo a decir – a combinar la erudición y la cultura popular para hacerlas bases de excelentes textos donde la erudición y la etnografía se dan la mano.

Como Pacheco y Monsiváis, Villoro ofrece una visión optimista de la Ciudad de México. Esto no quiere decir que deje de ver los serios problemas que la afectan. Los de carácter ecológico y político son los que más frecuentemente trata en estos textos, donde, como buen cronista, también introduce elementos autobiográficos. Villoro, quien nació en una familia de intelectuales de clase media, emplea elementos autobiográficos para retratar una ciudad que tiene muchos paralelismos con la que se presenta en Roma (2018), la aclamada película de Alfonso Cuarón. Los paralelismos son tantos y tan marcados que creo ameritarían un estudio detallado, aunque hay que apuntar de inmediato que la imagen de la ciudad que ofrecen las crónicas de Villoro es mucho más amplia y detallada que la de la película de Cuarón. También hay que apuntar que Villoro se desplaza en la historia de la ciudad y Cuarón se centra en un momento específico. Además, el cronista se centra en personajes reales y no en entes de ficción, aunque estos también puedan encubrir y encubren a gente de carne y hueso. Y los personajes en los que Villoro centra su atención pueden ser genéricos o individuales. Por ello una de las crónicas del libro tiene como protagonista a Paquita la del Barrio, la popular cantante que denuncia muy agresivamente con sus canciones el rampante machismo nacional. Paquita le sirve también para presentar una zona específica de la ciudad y sus habitantes. Villoro nos da el nombre completo de la cantante, Francisca Viveros Barradas. El revelador dato me llevó a adoptarla como pariente lejana. (¡Ya quisiera yo que así fuera!)

Son diversos los barrios y colonias que Villoro presenta en sus crónicas. Uno de los mejor retratado es Tepito, el centro de la piratería comercial y, por ende, un barrio conocido como peligroso, muy peligroso. Eruditamente Villoro nos aclara que el término mexicano para la mercancía pirateada, fayuca, es de origen egipcio. ¿Habrá llegado a México con la emigración de libaneses? Sea como sea, la erudición aquí está, otra vez más, al servicio de la exaltación de la cultura popular.  

A Tepito he ido en tres ocasiones y por distintas razones, dos de ellas para ver obras de arte que allí se encuentran; el tercero fue por error: me bajé en una estación del metro equivocada y me perdí en un laberinto de puesto donde se hallaba de todo a la venta. Con la ayuda de una amable vendedora salí al Zócalo que estaba a unos pasos, aunque no me daba cuenta de ello por tantas carpas, tantos gritos que ofrecían videos, cedés y carteras, todos pirateados. 

Es increíble, pero en este barrio hay un mercado, el Abelardo L. Rodríguez, decorado, entre otras obras, con murales escultóricos del gran maestro Isamu Noguchi, el famoso artista estadounidense de origen japonés y uno de los escultores más importantes del siglo xx. Los hizo temprano es su carrera y en solidaridad con los artistas mexicanos y su pueblo. Estos son un tesoro casi desconocido por muchos y por el cual me aventuré a adentrarme en este temido barrio. Pero el cuadro de Tepito que nos presenta Villoro es atrayente y, por ello, me tienta a aventurarme en otra excursión o a volver a perderme en su laberinto de puestos de fayuca.  

Aún cuando Villoro se centra en personajes genéricos o en amplios cuadros de colonias de la ciudad, el retrato que nos ofrece es muy real y sirve para crear una imagen abarcadora de la capital. Esa combinación entre lo personal y lo social se entiende cuando recordamos que Villoro supedita los ciudadanos a la ciudad. Por ello establece la hegemonía de esta y categóricamente dice que “…la ciudad no nos pertenece; nosotros le pertenecemos” (400). Los chilangos pertenecen a Chilangópolis. 

¿Y los visitantes? No me refiero a los turistas que no aparecen en todo este libro de 405 páginas; me refiero a nosotros, los que vamos a observar y a prender de la ciudad y sus ciudadanos. Según Villoro también pertenecemos a ella: el “…que acaba de llegar … ya es de aquí…” (405). Esa declaración en la última página me llenó de júbilo y coronó mi lectura del libro porque me hizo sentir ciudadano de ese universo casi infinito que es la Ciudad de México. ¡Chilango soy y no lo sabía! Chilangos somos aún aquellos que no nacimos ni vivimos en Ciudad de México y no conocemos esa inmensa ciudad perfectamente bien, pero que la amamos y tratamos de conocerla mejor. 

Este hermoso libro de crónicas de Juan Villoro me ayudó a conocer mejor esta ciudad a la que pertenecía sin saberlo y a darme cuenta de por qué la quiero tanto.