En honor a Vera Zabala

Por Elga Castro Ramos

Especial para CLARIDAD

Esta semana falleció Vera Zabala, la viuda del astro boricua Roberto Clemente, a sus 78 años de edad. Doña Vera mantuvo y extendió el legado de quien fuera su marido desde que éste falleció en un trágico accidente aéreo el 31 de diciembre de 1972, cuando se encontraba de camino a llevar ayuda humanitaria a Nicaragua luego de un terremoto en el país vecino.

Roberto Clemente, se convirtió en una leyenda que trascendió su natal Puerto Rico. Su grandeza dentro del terreno de juego lo hizo uno de los mejores jugadores de su generación, y su labor fuera del ámbito deportivo lo hizo aún más grande, ya que siempre fue fiel a las causas humanitarias. Así que desde su muerte, su viuda mantuvo su legado en el terreno que ella podía, fuera del campo de béisbol. Así, desde la Fundación Roberto Clemente, mantuvo un constante apoyo a diferentes causas benéficas y sociales. Y desde que las Grandes Ligas cambiara en el 1973 el premio que antes se llamaba del Comisionado a el Premio Roberto Clemente, Vera también participaba en su entrega cada año en medio de la Serie Mundial. Este premio, otorgado anualmente al jugador que “mejor ejemplifique el juego del béisbol, la deportividad, estar involucrado en la comunidad y la contribución individual al equipo”, es una de las muchas maneras de mantener vivo su legado de trabajo humanitario. La familia Clemente, Vera y sus tres hijos. Roberto Jr, Luis Roberto y Roberto Enrique, estuvieron en múltiples ocasiones en la entrega del mismo.

Uno de los sueños de Clemente era una ciudad deportiva para el desarrollo del deporte en la juventud boricua, y eso se materializó en el 1974 cuando Vera inauguró la Ciudad Deportiva Roberto Clemente. Vera también era embajadora de las Grandes Ligas en labores humanitarias.

Sin duda debe ser un peso muy fuerte cargar con un legado tan grande por tantos años y con la expectativa de tanta gente. Pero Doña Vera Zabala, aún cuando muchos la conocían como Vera Clemente, mantuvo su propia personalidad y logró un balance entre llevar a cabo y continuar todo lo que dejó Roberto Clemente, mientras mantenía su identidad y lo hacía a su manera, con mucha gracia, carisma y una sonrisa. Sus hijos eran los primeros testigos de lo genuino de su quehacer, cómo lo hacía no porque la gente esperara que lo hiciera, sino porque creía en ello y siempre la reconocieron como tal.

Recientemente en mi visita a Cooperstown, varios empleados me hablaron de ella y del honor que era cada vez que ella visitaba el recinto de los inmortales. También cada vez que la veía a ella o a sus hijos, siempre me parecieron muy accesibles y aunque conscientes del peso del apellido que llevan, también lo eran de que su vida tenía rumbo propio y que había una manera de honrar a su padre/esposo sin perder la identidad en ello.

Ahora los hijos continuarán con el legado de ambos padres, pues sin duda ellos sembraron esa semilla que transcendió hacer tiempo los confines de un parque de béisbol, el legado de Roberto y Vera Clemente está vivo.