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Encontrado en las Redes: El techo

Reina María Rodríguez*

“…y el techo es azul como cuando todo llega

a su fin.”

I.B.

¿Y qué lugar para los poemas?

¿Y qué lugar para mis tazas

cuando la lluvia baje

a destrozarlas?

Amarrar las ventanas

con una cinta roja

y con una cinta negra

¡no nos protegerá!

El huracán llegó

para quedarse,

y clavetear hormigas

apostadas entre ruinas

para que la sal no sude

la cerámica

no será suficiente.

Esta es mi casa:

un jardín disecado

por el sol en verano

y por el viento en invierno

(con sus malas yerbas

y sus malas palabras)

acostumbradas a crecer

y dar la sombra que pueden.

La pájara amarilla que escapó

dejó un aviso con cal en la pared

otra advertencia

por si otro pájaro se animara

a vivir comiendo cáscaras de arroz

sin granos.

Recuerdo cuando tuvimos aves pasajeras

que aprovecharon la tormenta

para escapar

-años tapándolas en la noche con un paño blanco

y destapándolas con un paño prieto después

al amanecer

contra el insomnio nacional-.

¿Cuándo dejamos de dormir

y de creer?

El calendario que teníamos

era ese movimiento sutil

de cubrir cada día

hasta el siguiente

la miseria,

su rutina.

¿Dónde pongo ahora el lugar para el lugar?

¿Dónde la inquietud de un lugar que no es posible

situar mi sostener?

¿Dónde los exiguos granos para que no se mojen

más,

o para que nadie se los robe?

¿Dónde las macetas

que no pudieron soportar tanta humedad

-recipientes hechos para las goteras

más que para la tierra,

las flores y las primaveras?

A estas alturas

regreso a mi casa

para quitar el techo

y destapar la caja de pandora

-su crueldad-

(los grillos que sobrevivieron

susurrando consignas obsoletas

en este lugar que desaparece).

¿Cuántas noches me ayudaron

a olvidar?

¿Saldrá un cielo nuevo que cubra

esta intemperie?

¿Sobornaré tormentas

para que sean más débiles

y ocultar

la mezcla de negrura y aceite

que me envolvió

por todos estos años?

¿Cómo limpiarla?

Los tanquecitos de agua

contaminada

no serán suficientes

ni las moscas

-que todo lo pueden-,

sobrevolando tendederas contra el viento,

burlándose de mi deseo de amparo

preguntarán:

“a estas alturas, vieja,

¿puedes sentirte indiferente

cuando otro techo encima del horizonte y más allá,

se bambolea?”

La casita de enfrente, por ejemplo,

que parece de palomas,

pero que no lo es

cruje su zinc cuando los niños

regando las plumas que quedaron del almuerzo,

llegan.

¿Dónde estará mi pichoncito gris?

Y los gatos:

Diotima, Dédalus, Donatello,

Dujna, Denisen ¿volverán?

¿Qué techo necesito para cubrir las pérdidas

y cortar otras maderas

que no sean vulnerables

ni indiferentes

como no fueron estas

y que resistan más que la pinotea

– tablillas de cajas de muertos

encima de mis ojos

como féretros-,

vigas robadas un domingo al carnaval

como carrozas cargadas de deseos,

alegría, dolor y palabras

para proteger un sentimiento, un techo

que se hunde más y más

sobre el suelo

rellenando y rellenando los poemas

con cisco de carbón

donde los comejenes (tan sabios)

enterraron también sus alitas,

perversas?

¿Y la luz?

¿Podré tener un techo

impecable

con la misma luz que se colaba

por todas sus rendijas?

Rayitos de sol, de lujuria, de amigos,

de luciérnagas

que venían con una palabra selladora

-permanencia o consuelo-

a cubrir las estrellas,

bajándolas una por una

como en el cuento de Darío a la princesa?

¿Cómo hacer un techo normal ahora?

¿Para quién?

¿Para los que fuimos?

Esos fantasmas que recorren

habitaciones vacías

y recuerdan

un cielo carmelita

un cielo verde

y un cielo azul

“como cuando todo llega a su fin”.

Un tornasol de cielos

un arcoíris

que ya no resistirá otra tormenta

ni la indiferencia.

¿Cómo estar preparada para esa mentira

que haga ver a los otros la verdad?

Pero, “hazlo, hazlo” – oigo a las hormigas insistir-.

A los gatos ronronear

desde el “más allá”.

No saben lo que cuesta quitar y poner un techo.

Un cielo.

 

(De, “Chapapote”, inédito).

 

La autora  es una de las poetas más destacadas de Cuba. Ha publicado sobre una docena de libros y ha ganado premios nacionales e internacionales. Su “azotea” en La Habana es un espacio cultural importantísimo que ha dado lugar a lecturas y proyectos literarios por muchos años.

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