Enfrentando la pandemia (I), una guerra en la que la humanidad precisa un frente común

 

Por José R. Oro

 La guerra está justamente considerada como la forma más irracional, bárbara y cruel de la violencia social. Hoy enfrentamos una guerra, contra la pandemia de COVID–19, en la que no hay vencedores, solo vencidos; en la cual no puede haber negociaciones de paz o armisticios, y que solo terminará con el control de ese enemigo, con su prevención y cura mediante vacunas y medicinas eficaces, armas que aún no existen y están en etapa de desarrollo y/o perfeccionamiento.

A medida que la COVID–19 se ha extendido por el mundo, muchos políticos y medios de comunicación han adoptado metáforas de guerra para describir los desafíos que enfrenta la humanidad.

El pasado 5 de abril, la reina Isabel II pronunció uno de sus muy poco frecuentes discursos y dijo “nos veremos de nuevo”, una frase de la Segunda Guerra Mundial. El primer ministro italiano, Giuseppe Conte, usó una expresión de Winston Churchill llamando a esta crisis la “hora más oscura” de Italia. Trump se ha descrito a sí mismo (fantasiosamente) como un “presidente en tiempos de guerra”, luchando contra un enemigo invisible. En realidad, Trump, por su accionar lento, torpe y errático, ha sido y es, en la práctica, un aliado de la pandemia.

El secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, acogió la comparación durante sus comentarios en una cumbre virtual del G20 sobre la pandemia de COVID–19: “Estamos en guerra con un virus y no la estamos ganando. Esta guerra necesita un plan de guerra para combatirla”.

Los periodistas también han estado usando símiles de este tipo por doquier. Es que las imágenes de tiempos de guerra son bastante convincentes e identifican a un enemigo común (el virus), una estrategia (“aplanar la curva”, “salvar la economía”), a los guerreros de primera línea (personal de salud), al frente doméstico (personas que se aíslan en sus hogares), los traidores y desertores (personas que rompen las reglas de distanciamiento social)…

Además, el concepto de “guerra” marca la urgencia de decisiones políticas drásticas como el cierre masivo de escuelas, la imposición de prohibiciones de viajes y la interrupción de la vida económica en todo el mundo. Apela al sentido del deber y a la obligación de los ciudadanos de servir a su país y al interés colectivo en la hora de necesidad.

No es la primera vez que hay una guerra para enfrentar a un enemigo que no es esencialmente militar; en los tiempos en que vivimos coinciden la guerra contra la pobreza, el cáncer, el tratamiento adecuado de la inmigración ilegal, el cambio climático, sin mencionar la guerra contra las drogas o el crimen. La erradicación del analfabetismo en Cuba fue una guerra a todas luces, con la victoria consumada, cabal, de todo un pueblo y de sus líderes.

¿Estamos en una guerra de la humanidad contra la COVID–19? Sí, lo estamos, y se requiere de disciplina, de conciencia, patriotismo y solidaridad, no solo en el extranjero, sino también en Cuba, donde personas irresponsables aprovechan la realidad de las carencias para mostrar su desentendimiento, con conductas socialmente inaceptables y escasa consideración hacia sus compatriotas. Estamos en guerra; quienes no lo entiendan deberán comprenderlo como sea, por el bien de todos.

Son tiempos de solidaridad, tanto al interior de sociedades como entre naciones y Gobiernos, como es el caso de Cuba, un país de 11 millones de habitantes, sometido a una larga guerra económica, que ha enviado 26 brigadas de médicos y enfermeros a 24 países de América Latina y el Caribe, Europa, África y Oriente Medio para combatir la COVID–19, o que ha respondido eficiente y responsablemente a casos humanitarios como el del crucero MS Braemar, antes rechazado por otros puertos de la región.

La actual circunstancia no justifica el uso de la realidad de una guerra como disfraz para acaparamientos de poder autoritarios, como ha sucedido en Hungría –donde el ultraderechista primer ministro Viktor Orbán se apoderó de amplios poderes de emergencia y para gobernar por decreto, con facultades y decisiones que han hecho a muchos en ese país y en Europa alertar sobre el peligro que corre la democracia– y en otros países donde se han puesto en práctica medidas extremas.

Definir la pandemia como guerra conduce inevitablemente a la necesidad de identificar a un enemigo. El enemigo aquí es el coronavirus –no hay mucho que buscar–, pero algunos políticos reaccionarios han agregado calificativos al virus enemigo y politizado el escenario, tanto para atacar a otros como para alejar del escrutinio público su defectuosa gestión.

La expresión “el virus de China”, empleada por Donald Trump y otros políticos estadounidenses subordinados a él, ha sido relacionada con un aumento de los ataques racistas antiasiáticos en Norteamérica. Por otra parte, les ha sido imposible ocultar su necesidad de desviar–con tácticas contraproducentes como esa– la atención sobre la realidad de un sistema de salud incompleto y poco eficaz pese a los cuantiosos recursos de Estados Unidos.

La casi manía de descargar la culpa en China, en la OMS o en cualquier otro país, organización o personalidad que le venga a la mente con una ligereza pasmosa –pese a evidencias científicas y a hechos y, por encima de todo, asumiendo una actitud que va contra lo que piden los tiempos y es contraria a la corriente mundial–, no le ha servido a Trump para invisibilizar la lentitud y menosprecio con que la Casa Blanca trató una epidemia que está destrozando a su país.

No menos importante, aunque algo más subliminal, es la intención de crear fobia hacia los productos de China y minar por cualquier medio el desarrollo económico del gigante asiático y su creciente influencia internacional.

Está surgiendo una nueva forma de nacionalismo extremo, de vulgar chovinismo que es explotado al máximo por los Gobiernos de corte ultraderechista o fascista: ya que nos encontramos en guerra, es hora de la filosofía de “mi país primero”. Una lamentable y cegata expresión seudonacionalista, cuando es evidente que defender a la humanidad, promover las soluciones globales y la cooperación es la única forma de defender a nuestros países. Ahí está, otra vez, el ejemplo de Cuba.

Una forma de medir el alcance y crueldad de una guerra es el número de personas que murieron en ella. Compilé unos números donde se contraponen las muertes de COVID–19 en Estados Unidos con las más sangrientas guerras en que ha participado ese país. Todas las cifras son de fuentes oficiales, y completamente verificables:

 

Como se observa en la tabla, la COVID–19 ha causado más muertos estadounidenses que la guerra de Corea (alcanzó esa cifra el 17 de abril) y que la de Vietnam (28 de abril).

El próximo hito trágico serían los que perecieron en la Primera Guerra Mundial, cifra que pudiera alcanzarse el próximo mes de junio. Hay certeza de que, con más pruebas a potenciales contagiados y autopsias a fallecidos, se evidenciaría que cientos de miles de casos y decenas de miles de fallecimientos no han sido aún contabilizados, luego del primer deceso, el 29 de febrero del 2020.

Han surgido discusiones sobre suministros esenciales y varios países bloquearon envíos de artículos como máscaras y otros equipos de protección o ventiladores que salvan vidas. Un ejemplo ha sido que la Casa Blanca evitara que el gigante de los suministros médicos 3M enviara máscaras a Canadá. Claramente criminal, incluso para los ya muy bajos estándares de Trump, es que la firma estadounidense Vyaire Medical Inc., con sede en Illinois, prohibiera a sus recién adquiridas subsidiarias IMT Medical AG (suiza) y Acutronic (suizo–alemana) vender partes para ventiladores pulmonares a Cuba.

Además de atacar y culpar a otros, Trump dedica la mayor parte de su tiempo y de su espacio en los medios a hablar de cómo “reabrir” el país, o de tomar desinfectante u otros productos “milagrosos” para salvarse de la COVID–19. Pero el cuadro sanitario, social y humano es mucho más serio. Cada día que pasa mueren muchos estadounidenses y hay decenas de miles de nuevos casos en los 50 estados del país. Es una guerra que está causando más bajas mensuales que ninguna otra en la historia de los Estados Unidos.

Hoy, el epicentro de la pandemia es Estados Unidos. Si se compara su respuesta con las de otros países de menor economía o potencial científico (Cuba, Nueva Zelanda, Jamaica, Andorra, Corea del Sur…), claramente se le verá bajo una pobre luz.

Hasta en obras de ficción, comenzando por la magistral Guerra de los Mundosde H. G. Wells se observan el efecto letal de agentes patógenos (que en ese libro destruyen a los “marcianos” invasores) y la falta de cualquier restricción moral o de temor a represalia que estos tienen. Hitler no se atrevió a usar gases de combate en los frentes de batalla de la II Guerra Mundial, probablemente por miedo a que los aliados gasearan las ciudades alemanas. Harry S. Truman, destrozando lo escrúpulos morales más mínimos que pudieran existir, sí usó la bomba atómica contra Hiroshima y Nagasaki, abriendo el camino a la más cínica y apocalíptica de todas las teorías geopolíticas: “La mutua destrucción asegurada”.

Esta es una guerra a largo plazo, pasará tiempo antes de que termine. Los laboratorios del mundo entero están trabajando a toda máquina para encontrar una vacuna y desarrollar tratamientos efectivos para reducir las bajas. Estamos “en guerra” contra un enemigo implacable, carente de restricciones morales o miedo a represalia y con el que no se puede negociar una tregua o armisticio. La fatiga de la batalla o la avidez economicista propia del capitalismo pueden descarrilar todos los esfuerzos que se han hecho hasta ahora.

Solo el desarrollo de vacunas y medicamentos apropiados logrará la victoria, ahora solo nos defendemos para evitar la propagación del brutal ataque. Esto debe quedar muy claro, hasta la fecha todo lo que podemos hacer es impedir o limitar la propagación del contagio, no hay aún agentes activos de eficacia plenamente comprobada contra el nuevo coronavirus.

Encontrar una solución a la pandemia es una responsabilidad compartida. La solución debe ser global, como subrayó con sinceridad y sabiduría, y con base, más allá de las palabras, en el ejemplo concreto de un pequeño país, la declaración del Minrex el pasado 16 de abril.

Reproducido de www.cubadebate.cu