Entrevista con Francisco Durán: No hay bola mágica, solo disciplina para vencer la COVID-19

El doctor Duran es el director de Epidemiología del Ministerio de Salud Pública(Minsap) en Cuba. Las personas alrededor del mundo que siguen el desarrollo del COVID-19 en Cuba acostumbran a escuchar la conferencia  de prensa que transmiten a las 11:00 por el noticiero. Aquí la entrevista que le hiciera la periodista Ana Maria Domínguez Cruz. amf

 

Por Ana María Domínguez Cruz

“Vengan, pasen… siéntense. Esta es mi casa. En estos tiempos solo voy a la otra de visita, pudiera decir, y apenas duermo tres o cuatro horas. Luego ya estoy de vuelta aquí. Pónganse cómodos… Hablemos de lo que quieran, pero seguro será de trabajo, porque lo que más he hecho en mi vida es trabajar».

Nos acomodamos en los asientos de su oficina en la Dirección de Epidemiología del Ministerio de Salud Pública (Minsap), manteniendo la distancia prudencial que se aconseja en estos tiempos en los que la COVID-19 se adueña del mundo. Él abrió las ventanas, desconectó el teléfono y de inmediato nos contagió con la paz que le caracteriza, «aunque todo esté patas arriba».

Inolvidables momentos aquellos en los que Durán estuvo cerca del Comandante en Jefe, Fidel Castro, con quien pudo dialogar sobre el modelo de enseñanza en las Ciencias Médicas. Foto: Cortesía del entrevistado/JR

—Durán, usted es el hombre del momento… El nuevo coronavirus lo ha hecho famoso. La gente lo espera cada día a las 11 de la mañana.

—¡Qué va! Solo soy el más visible, el que asume la responsabilidad de informar sobre la situación del país en ese espacio televisivo, pero existen muchas otras personas que no aparecen en la pantalla y que tendrían muchas cosas que contar. La verdad es que todo el personal de nuestro sector y de otros muchos se ha involucrado en el enfrentamiento a la COVID-19. Todos somos «famosos» entonces, aunque pocos sean los rostros que se conozcan.

—Usted apenas descansa…

—Sí, porque tengo mi responsabilidad laboral en el cargo que ocupo y estoy de aquí para allá enterándome de todo lo que sucede en el país, asisto a las videoconferencias con carácter internacional que se realizan para guiar la prevención de la enfermedad, reviso los resultados publicados cada día de las investigaciones que se acometen sobre el virus, su origen, sus características, sus secuelas… Apenas descanso, pero muchos otros tampoco lo hacen. Esta es una situación sin precedentes y necesitamos cada vez más participación popular, mayor conciencia para que el panorama sea más favorable.

—Cierto. Sin embargo, dudo de que pueda caminar por las calles sin que las personas lo saluden, le demuestren afecto y respeto, le hagan preguntas…

—Muchacha, mejor ni te cuento. Apenas doy un paso y pueden gritarme desde una esquina: «¡Eh, Durán, ¿Cómo va la cosa?! ¿Esto se demora o el virus se desaparece con el calor?», hasta ofrecerme que pase de primero a comprar en una tienda a la que llegó el envío del papel sanitario o el aceite. Agradezco todo tipo de atención, pero realmente lo que más agradecería es que las personas se protegieran, que cumplieran con lo que orientamos, que usen el nasobuco y no olviden las medidas de higiene, que se mantengan más tiempo en sus casas…

«Cuando me preguntan por los pronósticos me disculpo, pues no puedo responderles, no poseo una bola mágica para predecir el futuro. Solo puedo decirles que mientras más disciplinados seamos y mejor nos comportemos, menos contagios tendremos».

El doctor Francisco Durán García no muestra más que sus ojos por encima del nasobuco, pero es fácil percatarse de que su rostro refleja, más que el agotamiento de tantas jornadas de desvelo y preocupación, el deseo de que todos comprendamos mejor lo que debemos hacer.

«Que cada uno se quiera a sí mismo y a los demás y, en consecuencia con ello, actúe. Todos los que continuamos trabajando en medio de la pandemia agradecemos el reconocimiento y hasta los aplausos de las nueve de la noche, pero lo que más necesitamos es que cada cual haga su parte».

Santiaguero rellollo, como se reconoce, Durán creció en el centro de la ciudad caliente, en la calle Santa Rita, a una cuadra de la escalinata de Padre Pico, «un lugar muy conocido en Santiago de Cuba y con valor histórico porque los hechos del 30 de noviembre de 1956 tuvieron lugar por la zona», como él mismo dice.

Hijo de un médico siquiatra y de una estomatóloga, supo de buena tinta sobre los acontecimientos de la lucha contra Batista, «porque él fue combatiente del Movimiento y mi madre, luchadora clandestina. Compartían sus vivencias conmigo y con mi hermana y así crecimos en un hogar de fuertes convicciones revolucionarias, en el que también se hablaba del tío Eduardo García Lavandero, quien fuera acribillado por los esbirros en la calle Vapor».

—¿Quiso seguir los pasos de su padre en la Medicina?

—Supongo que sí, que fue lo que más me llamó la atención. Él era muy pintoresco, como persona y como médico, y la gente lo quería mucho. Me gradué en 1975 en La Habana, en la llamada graduación del Primer Congreso del Partido, después de cursar estudios en el Instituto de Ciencias Básicas y Preclínicas Victoria de Girón y en la Facultad de Ciencias Médicas del hospital Calixto García. Realicé el internado (último año) en la especialidad de Siquiatría, y en plena formación trabajé como tal en el Ejército, etapa de la que recuerdo momentos muy difíciles de mi desempeño.

«Luego hice mi servicio social en Camagüey y de regreso a Santiago de Cuba, tomé el rumbo de la Epidemiología, una rama de la Medicina que permite ejecutar más acciones comunitarias, intervenciones en grandes poblaciones. Requiere mucho estudio porque los agentes transmisores de muchas enfermedades no siempre son los mismos, y hay eventos nuevos, como el de la COVID-19, y cada día emerge una alerta diferente. Es difícil.

«Allí en Santiago, justo el día en el que me examinaba para recibir el título de la especialidad me entregaron la responsabilidad de la campaña de erradicación del Aedes aegypti, en plena efervescencia de la epidemia del dengue de 1981. Luego dirigí el departamento de Desinfección y Control de Vectores, y posteriormente, asumí la dirección del Programa de Prevención y Control del Sida», detalla.

Fueron tiempos de alta complejidad, afirma Durán. Recuerda entonces cuando asumió la dirección del sanatorio en Santiago de Cuba durante tres años. «La gente tenía mucho miedo de la enfermedad. No pocas veces tuve que explicarles a médicos y enfermeros de un policlínico o del cuerpo de guardia de un hospital porque temían atender a una persona confirmada con el VIH, y a la tripulación de un avión que no se alistaba a salir porque uno de sus pasajeros portaba el virus. Fue duro, pero con paciencia y dedicación se logran los mejores resultados».

Luego Durán fungió como rector de la Universidad de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba y fue una etapa, nos cuenta, en la que la docencia se le presentó como una de las aristas más complejas de la profesión. Muchos aún evocan en su ciudad natal los años en los que se desempeñó como director provincial de Salud.

«Santiago es una provincia grande, con características peculiares en su población y con las exigencias de cada programa de salud para cumplir. Tuve un entrenamiento bastante fuerte, supongo, porque fueron años en los que yo respondía por mi territorio, y eso se dice fácil pero no lo es. Otra vez la epidemia del dengue, en 1997, fue una prueba de fuego, entre otras».

Rememora que ante la designación como viceministro del área de Docencia e Investigaciones del Minsap (llamada luego Docencia Médica), se mudó a la capital en 2003, «sin dejar de extrañar al santiaguero campechano que te dice: “Ven, echa pa’ acá, quédate en mi casa… aunque no tenga ni otra cama ni otro plato de comida que ofrecerte”».

—¿Y las congas? El santiaguero se resiste a olvidarlas…

—Por supuesto que no las olvido. Yo también fui joven, y escuché mucha música y disfruté mi juventud. Pero ya te dije que soy un santiaguero rellollo, así que en mi vida también han existido congas y carnavales.

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La epidemiología te obliga a estudiar numerosas enfermedades, algunas de las cuales están erradicadas y eliminadas en Cuba. Por ello, la estancia durante tres años en Angola le ofreció a Durán la oportunidad inigualable de «tocar» aquello de lo que había leído o escuchado.

«Antes había asistido a eventos de carácter internacional celebrados en otros países, como Brasil, pero viajar como jefe de la brigada médica y aceptar la asesoría del ministro de Salud de Angola en esa misión fue invaluable. Ser cubano es ya una garantía de la buena acogida que en ese país se te ofrece, porque allí viven agradecidos de la sangre cubana derramada por su soberanía, como tantas veces me dijeron, pero las responsabilidades fueron muchas y el aprendizaje, inmenso».

Cólera, paludismo, entre otras enfermedades ajenas al contexto cubano en aquel momento, estuvieron muy de cerca del doctor, quien reconoce que años después, cuando se desata el brote de cólera en nuestro país, mucho de lo aprendido allá le sirvió para ponerlo en vigor acá.

«Tengo gratos recuerdos del trabajo de nuestros médicos en ese país lleno de contrastes, donde coexiste la opulencia inimaginable en algunas zonas urbanas y la miseria aplastante en las áreas rurales, pero donde te brindan un plato de funge (mezcla de harina con yuca fermentada, salsa, carne y aceite de palma), con el mayor de los afectos, y donde sé que tanto se quiere a Cuba».

Durán fue después, de vuelta a La Habana, vicedirector primero del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK), «una institución de referencia nacional, regional e internacional, y del que luego me fui a asumir la dirección del departamento de Enfermedades Transmisibles del Minsap».

No puedo contarte en pocos minutos todo lo aprendido allí, dice. «El IPK fue, para mí, como el hospital Calixto García en mi época de estudiante de pregrado. En aquel momento me insistieron en que esa Facultad de Ciencias Médicas era la mejor para el aprendizaje. “Te recuestas a las paredes del hospital y aprendes”, me dijeron. Alguna metáfora similar emplearía para describir todo lo que el IPK ofrece como institución.

«En agosto celebraré seis años como director de Epidemiología del Minsap, responsabilidad que ocupé luego de la que te comentaba anteriormente y que hoy es la que demanda de mí casi las 24 horas del día. Es cierto que algunos momentos en el año son más intensos que otros, pero incluso para controlar las enfermedades y mantener a raya las estadísticas en cada uno de los programas que supervisamos.

«Entre ellos se destacan el de la tuberculosis, el del VIH, el de las enfermedades zoonóticas, el de la lepra, el asociado al Control Sanitario Internacional y el de inmunización. Para ello, hay que trabajar, que es lo que más he hecho en mi vida y es lo que hacen a diario los especialistas que me acompañan en cada una de las áreas de mi dependencia», afirma.

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Padre de tres hijas y abuelo de cinco nietos, Durán revela que ama estar en casa, disfrutando de la familia cada vez que se puede porque cada cual ya tiene su propio camino. «Dos de mis hijas me siguieron los pasos también, más o menos, porque una es médico y otra es estomatóloga. La tercera es pedagoga, y también trabaja mucho, así que nuestros lazos afectivos son fuertes. Nos queremos  aunque no nos vemos muy seguido».

Lo confirmó su actual esposa, Nayra Pujals Victoria, licenciada en Estomatología y profesora del departamento de Educación Posgraduada de la Escuela Nacional de Salud Pública. Ella es la retaguardia que le acompaña. «Lo conocí cuando él era Director Provincial de Salud y yo fui su sustituta en la Universidad de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba.

«Es admirable su capacidad para desempeñarse en todas las responsabilidades, y mucha gente en Santiago lo quiere porque a Durán es muy fácil quererle», nos dice esta mujer a través de una llamada telefónica que hacemos a su casa después de que terminamos nuestro diálogo con el Director de Epidemiología.

No por ser su esposa es bueno todo lo que puede decir de él. «Me dice que soy su peor fiscal a veces pero realmente, y muchos pueden confirmarlo, Durán tiene un corazón muy grande y sacarlo de quicio es una tarea ardua porque su paciencia es casi ilimitada. Tiene carácter, sí, y sabe imponerse, pero sabe cómo hacerlo».

Le tranquiliza saber que él conoce cómo cuidarse, «porque es la persona más pulcra que he conocido y las normas higiénicas las respeta cabalmente». Pero el riesgo es creciente «y él no dejará de trabajar. Apenas duermo porque lo espero despierta, a veces ni come porque prefiere dormir, y aunque llegue a la una o las dos de la madrugada, a las seis ya está en pie», asegura Nayra.

Seguidor de los juegos de béisbol «como cualquier cubano» y zurdo en la cocina «como nadie imagina», Durán se confiesa amante de la natación. «Fíjate, yo pertenecía al equipo de natación de la Universidad, y cada tarde salía de las clases y entrenaba en la piscina del Estadio Universitario. Hubiera sido nadador, nadie sabe. Pero escogí otras aguas…».

Los años pasan, no en vano, y las rutinas de ejercicios varían, aunque hace todo lo posible por mantener ciertas dosis de actividad física. «A veces el cansancio me vence, como en estos tiempos, pero es recomendable mantener una dinámica de vida saludable, y lo intento».

—Por su edad y quizá alguna afección, usted es de los más vulnerables a la COVID-19. Muchos se preocupan por ello…

—Lo soy, no puedo negarlo. Pero me cuido mucho, extremo las medidas higiénicas y evito exponerme. Sin embargo, a mí me corresponde estar en riesgo en cierta medida, aunque a la mayoría de las personas no. Por eso pido una y otra vez que cada cual gane en autorresponsabilidad para evitar que la curva de los contagios crezca.

«No depende solo de los que estamos del lado de acá, porque el éxito contra cualquier epidemia depende de todos. No se puede culpar a la necesidad de hacer cola para comprar comida, pues sabemos que algunos andan por las calles como si la COVID-19 fuera ciencia ficción.

«Me cuido, créeme, todo lo que puedo y más. Es más probable que me gane el agotamiento que este coronavirus, pero lo asumo porque si es para que los demás gocen de buena salud, mi trabajo tendrá sentido. Eso es lo que siempre quiero».

Reproducido de www.cubadebate .cu