Escribir es preferir la realidad: Presentación de Aterrizar no es regreso, de Xavier Valcárcel

Por Marta Jazmín García

Después de un huracán urge la reconstrucción. Encontrar alimento, agua, energías, techos. Así también recuperar la familia, los amigos, las horas de cotidianidad y encuentro fracturadas, las ganas de seguir. Reconstruir es también diseminar la memoria, compaginarla con otras. Retribuirla con escenas concretas que superen los límites del tiempo y de la percepción. 

 Huracán es una palabra de origen amerindio vinculada a las palabras dios, destrucción, justicia y malignidad. En el Caribe, cuando los niños aprenden a manejar un idioma, rápido descubren sus múltiples significados. Yo, por ejemplo; las primeras historias que escuché en mi casa tenían que ver con huracanes. San Felipe, repitió por muchos años mi abuelo. Como si en el gesto de contar repetidamente pudiera configurarse una escritura, decía: “era muy niño: nos escondimos en una barraca. los hombres de la familia aguantábamos el techo con sogas.” Y ciertamente la oralidad en el tema de los huracanes ocupaba y sigue ocupando un lugar inamovible en el imaginario cultural puertorriqueño. “San Ciriaco, San Ciprián, Santa Clara, conforman toda una mitología de huracanes. Entonces Hugo, mi primera experiencia con seis años en 1989, y que Xavier menciona también como su primera. Y así es que uno coincide en los desastres como un inventario alternativo de ganancias. 

Para el escritor Edgardo Rodríguez Juliá, el género de la crónica es una mezcla muy urgente de lo narrado con lo pensado. En otras palabras, la realidad es lo que veo y también lo que no alcanzo a ver. De ahí la urgencia de compilar y de ensamblar las vivencias. Poder nombrar eso que veo, reconociendo aquello que excede mis límites. Solo en el reconocimiento de los puntos ciegos alcanzamos una mayor perspectiva.

Aterrizar no es regreso, (Ediciones Alayubia, 2019) sugiere desde el título, imposibilidad, tensión e incompletud. El narrador protagonista discurre entre sus experiencias y las muchas posibilidades de contarlas. Por eso, quizás como una representación de los alcances de la escritura, las primeras páginas del libro desvirtúan la pretensión de capturar con justicia los afectos, las despedidas, los recibimientos, todas esas evanescencias porque en ningún plano son cuantificables:

“Dijo que quería tomar visuales mientras hacia mis maletas, mientras recorría las calles y me movía en trenes por última vez, incluso habló de la posibilidad de montarse en el avión conmigo. cosa de atestiguar el vuelo, el aterrizaje y el resto de lo que aconteciera del otro lado. Luis es puertorriqueño. Le dije que sí sin pensarlo, pero entonces lo imaginé siguiendo de cerca mis abrazos en el aeropuerto, subiendo conmigo a Cayey, conociendo a mi familia, entrevistándolos. Aquello de no querer escucharme, no querer verme ni ver lo que estaba haciendo, sumado a algo de orgullo, incidió en el asunto y desistí.”

De entrada sabemos que estamos delante de otra historia. De aquella a la que no es posible darle “like” o “share” porque no tiene seguidores, sino participantes. ¿Cuántos estarán dispuestos a contar su experiencia? ¿Cuántos pueden valorar también las páginas en blanco de su perspectiva; saber que existe un diálogo con otras páginas y que estas pueden completar las nuestras?

Pero no solo es esta reflexión metadiscursiva lo que hace de esta crónica una pieza necesaria y, entre otras, precursora, dentro de lo que podemos identificar como una poética de los huracanes. Recientemente surgió la controversia por el documental After María que, independientemente de los criterios de cada cual, finalmente se trató de una visión entre tantas, publicadas y desconocidas; una aportación más en este enmarañado panorama de narrativas rotas por recuperar. Así, el protagonista de Aterrizar no es regreso reafirma la importancia de la documentación como ejercicio de rescate frente al silenciamiento y la homogeneización, frente al clasismo y esos afilados límites de la memoria. 

Si no se escribe a tiempo la realidad, toca la ficción, y yo prefiero lo primero. Suficiente con el caos y la trama en que se vive. Además, uno vive en narrativa todo el tiempo, ilimitadamente. Hay que asumirlo y escribir. Escribir antes de olvidar. Porque uno vive, paralelamente, olvidando.

Conjuntamente con la temática del huracán y como espacio paralelo de narración, aparece la palabra fracaso. “También es arduo conquistarlo”, dice el poeta Edwin Rendon. Y es que si hay algo que añade un especial valor a la problemática de un contexto devastado es el preámbulo de una devastación personal que define a toda una generación de jóvenes profesionales y diplomados, quienes no encuentran espacios en donde poner en práctica los arbitrarios conceptos de derrota y triunfo. En esta crónica, el personaje es un escritor y un conocedor del arte que busca trabajo en multinacionales y que, en cierta medida, suprime su preparación y potencial, tanto profesionales como artísticos. En un trabajo que consigue en Nueva York, Xavier tropieza con Micaela, una chica madrileña −una desconocida− que le insta a sobrevivir la trampa de la mercadotecnia, sobre todo, porque así corresponde a los poetas. Por mi parte, como lectora, investigadora y practicante de la literatura, me vi en esa escena asimilando dos trabajos a tiempo parcial, por contrato. Inventando una completud salarial tan parecida, por insegura y frágil, al contorno de una taza quebrada que ha sido cosida minuciosamente por sus grietas. Sobre este asunto, el pasado 26 de mayo, la crítica Carmen Dolores Hernández destacó el deterioro que ha sufrido la educación superior en Puerto Rico, a cuentas de justificar la permanencia o bien, el desembolso económico de los estudiantes más allá de los criterios de competitividad, crecimiento académico y talento. Por esto, la distorsión del paisaje es el Huracán y también la recolocación de los valores: un escritor busca trabajo en una tienda donde escasean las palabras; una tienda en Nueva York ofrece una playa de simulación para fotos que deben subir a las redes. Un poeta intenta soportar esos silencios.

El huracán son casas destruidas, familias exiliadas y separadas, meses sin luz eléctrica ni agua. El huracán es también una crisis de los afectos, la separación, aún más violenta, entre lo que es y lo que debería ser. El huracán es una metáfora de la realidad y viceversa. Toda la crónica sucede en esos tonos. El narrador reconoce su vulnerabilidad, misma que se puede considerar otro personaje dentro del texto. A todos los quebranta la separación, pero cada uno tiene sus propios medios de supervivencia. El tratamiento de estos temas refleja un especial cuidado y respeto por la unicidad, valorada como una aportación social y discursiva. Justamente, las perspectivas de la subjetividad fundamentan al género de la crónica y así, este hermoso inventario de pérdidas y reflexiones personales es un gesto arriesgado y sobre todo honesto, que sobresale de manera contestataria frente a una insistente crítica a las perspectivas del yo, que en palabras del escritor Julián Marías reflejan la tendencia egocentrista y limitada de estos tiempos. Lejos de tales interpretaciones, Aterrizar no es regreso es la experiencia de un individuo cuya mirada nos permite apreciar sus vínculos y afectos. Porque es urgente nombrar ese tipo de devastación. Porque el amor se quiebra y se posterga. Ejercer un oficio de remuneración justa y proporcional a la preparación y el talento, es cada vez menos asequible. Lo efímero se vuelve más natural y cotidiano. Se regresa de un viaje de emprendimiento con la misma maleta y escasez del principio. El desastre se alarga. ¿Desde qué otro lugar sino es el propio visor y cuerpo, podemos transcribir esas fracturas? Ciertamente la realidad es generacional. Las formas de interpretarla también. Lo personal es político. ¿Desde qué otra emergencia sobrevivir sino desde el llanto a escondidas, en una ciudad ajena, en un cuarto improvisado; uno de esos pequeños vientres que tienen los edificios, siempre dispuestos a engendrar y a postergar los nacimientos? En uno de los diálogos del libro, el personaje responde a esta confrontación: 

¿A qué se debe este fracaso? ¿A qué se lo atribuyes? -preguntó una trabajadora social al fin. 

-No sé, no salió. Lo intenté, pero no lo logré. 

– Y por qué piensas que el fracaso es tuyo?

-Porque no es de nadie más. 

Acercarse a estas páginas es un repaso de las cifras, de las fechas, de la complicidad, de los desencuentros, de la concatenación de heroísmos y de tragedias que provocó el huracán. También es un inventario de poemas, de poetas y de silencios. Se trata de una mirada honesta y por lo mismo, incompleta, y por lo tanto, sugerente; porque invita a la continuación por parte de los lectores. 

Pocos libros he leído con los que me pueda identificar tanto, literal y metafóricamente. Leí sabiendo que el narrador es Xavier Valcárcel y que las experiencias son de Xavier Valcárcel. Pero casi era como escribir conjuntamente con su relato, con esa invitación constante: “escribir es preferir la realidad”. Si bien la mirada particular siempre es única y reveladora, lo que puede apreciar un poeta es aún más profundo. Por eso en este libro los acontecimientos, la temporalidad tangible, son al mismo tiempo metáforas y personajes: el huracán, la realidad, la tienda de las velas, Candle Power, contrapartida y reflejo de un país a oscuras, los llorones tapiceros. Allí están delante del narrador y también de los lectores prestos a ser sentidos y también, decodificados. 

Quizás la belleza sean los aeropuertos vacíos, como reza un título del poeta Jorge Posada. Quizás aterrizar no sea regreso. Por eso, nos queda recopilar todas las experiencias posibles. Cada una es importante. Cada una es la de todos. “Hay que asumirlo y escribir”. Es hora de devolvernos a nosotros mismos.

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