Esos tristes ratones tan humanos

Por Carlos R. Alberty Fragoso/Especial para En Rojo

En Novosibirsk, Rusia, hay una escultura en honor al ratón de laboratorio: la figura de un gran ratón con espejuelos redondos y dos grandes agujas tejiendo una cadena de ADN. Es el homenaje del Instituto de Citología y Genética a este animalito. ¿Sentido reconocimiento o profunda culpa? Es curiosa la imagen porque en realidad es el ser humano el que investiga y son los ratones los que sufren las investigaciones. La estatua da una imagen distinta de lo real, como si el ratón –humanizado–, y como una “doñita”, fuera el sujeto de la acción y no su objeto. 

A simple vista, los ratones parecen tan distintos a los seres humanos y, sin embargo, qué sorpresa, el genoma ratonil tiene más del 95% de coincidencia con el del ser humano. Son nuestros hermanos en más de un 95 por ciento.

Ahora imagínese que usted es tan pequeño que mide 5 centímetros y su casita es una jaula o cuadrilátero transparente. Mira a su alrededor y ve largos pasillos con cientos de estantes con muchas casitas igual que la suya, así como en una gran almacén de zapatos. Parece que no está solo, tiene una gran familia de cientos, miles de hermanos. Resulta que un buen día, a los tres de nacido, llegan unos señores con las cabezas tapadas con redecillas o algo parecido como los empleados de cafetería y todo el cuerpo cubierto de ropas especiales desde la cara hasta los zapatos. Llegan, lo cogen a usted y le inyectan algo que usted no conoce. Después esperan las consecuencias. Pero estas varían dependiendo de lo que le inyectaron, puede ser fiebre, dolor, escalofríos, vómitos, temblores, parálisis, pérdida de memoria, de sueño, entre otras opciones. En otros casos, usted ni se entera de cúando llegan los señores de las ropas especiales. Antes de su nacimiento, en el estado embrionario, ya le habían incluido en su cuerpo la extraña sustancia. Su destino ya estaba escrito. Un día, poco después, usted está tan débil que no puede caminar, las patitas no le responden, los ojos no atinan a enfocar. Finalmente usted muere. También hay otras historias de “éxito” relativo pues resulta que no le han inyectado nada y son otros de sus hermanos los que enfrentarán los dolores que le hayan asignado. El problema entonces es qué harán con usted cuando se haya cumplido su destino. En muchos casos, una breve torcedura de cuello le pone punto final a su pequeña historia. Claro, esto es una versión libre y simple de lo que sucede en la realidad. Solo en el Reino Unido, en el Mary Lyon Centre hay 56,000 ratones. Pueden ustedes sacar un cálculo aproximado de las bajas.

Según el diccionario, el origen griego del significado de la palabra “mártir” es “testigo”. Si bien los ratones de laboratorio no mueren por ninguna fe ni creencias suyas, sí son testigos del sufrimiento al que los someten por el progreso de investigaciones científicas. (Alguien podría decir, como lo hizo Ernesto Sábato en su día, que en cierto modo la ciencia sí es un tipo de creencia o genera el culto de sí misma, pero eso es otro asunto.) No obstante el tema es complejo porque sabemos que sin el sufrimiento de millones de ratones no se hubieran hecho grandes avances en busca de terapias, vacunas y medicinas. Aquí la gran pregunta es si nuestra especie, si el ser humano, tiene derecho a someter a otras especies al sufrimiento para adelantar sus propósitos médico-científicos. Claro está, la pregunta va al centro de la creencia en nuestra superioridad bajo la cual todo el planeta debe estar sometido.

Desde el comienzo de los tiempos el ser humano ha entendido que puede disponer de los otros animales a su antojo. Salvo, tal vez, en ciertos contextos culturales o religiosos como el hinduismo, los animales han estado sometidos a las necesidades, deseos y hasta extravagancias del ser humano. Pero tal vez ha llegado el tiempo de repensar a herencia.

El concepto de “animal sintiente” se abre paso en nuestros días. Nos dice Miguel Ibáñez, profesor de la Universidad Complutende de Madrid: “Ser sintiente” significa ser consciente y sentir emociones como placer y dolor, gracias a las cuales los animales podemos sobrevivir en un mundo lleno de sensaciones” (“Informe: Fundamentos científicos de las nuevas políticas de bienestar animal”, 29 de noviembre de 2015). En dicho Informe, el profesor Ibáñez concluye: “Existen datos científicos suficientes para admitir que el dolor y el sufrimiento en los otros animales son experiencias conscientes, a nivel perceptivo y emocional, tan aversivas como para importarnos prevenirlas y aliviarlas”. Ya en varios países se ha aprobado y se discute legislación para la protección de los animales y minimizar el sufrimiento que les causamos (España, México, Argentina, Colombia). En Nueva Zelanda, por ejemplo, se ha aprobado legislación para prohibir los experimentos con fines de la industria de cosméticos. 

Ahora vean este dato los que piensen que los otros animales no piensan ni sienten.                

Hace poco encontré en la Internet los hallazgos de un experimento con ratas de laboratorio en los que se constataba su sentido de altruismo y solidaridad. Resulta que colocan a un grupo de ratas en un caja, pero hay una que está atrapada en otro compartimento. Las compañeras pueden verla y oír sus quejidos. Hay una puertecita que las separa. Las ratas, inteligentes como son, encuentran el modo de abrir la puertecita y liberar a la prisionera. Pero la cosa no acaba ahí. Los investigadores quisieron ir más allá y colocaron un distractor o una diabólica tentación: chocolate. La situación ahora posee una disyuntiva: o liberar a la compañera o comerse el chocolate. La mayoría de las ratas opta por liberar la compañera y luego compartir con ella la golosina. No sé si tales resultados también se puedan ver en la población de ratones, pero los chiquitines no tienen por qué ser menos altruistas ni más chocolatistas que las ratas. Sabemos que en el transcurso de nuestra Historia ha habido especímenes que han preferido el “chocolate”. (Aunque también es cierto que otros han preferido liberar al compañero.)

En vista del historial humano, demasiado humano de nuestra especie, ante el tratamiento que por mucho tiempo les hemos dado a los otros animales, no basta disculparnos y mostrar nuestro agradecimiento con estatuas. (Además, ¿cómo uno se disculpa con los ratones?) Es preciso tomar medidas para acabar o minimizar su sufrimiento. Después de todo ellos, los otros animales, no tienen la culpa de que nosotros los humanos hayamos surgido en esta Tierra para fastidiarles la vida.