Esta impía substancia de granito

Sofia I. Cardona / Especial para En Rojo

Un año antes de morir de cáncer, en 1892, Alice James escribía en su diario acerca de «esta impía substancia de granito que llevo en mi pecho».”  –Susan Sontag, 

La enfermedad y sus metáforas

Para hablar de esto he pensado en muchas cosas y no puedo decirlas todas claramente. Tal vez por eso me ha dado tanto trabajo decidirme a escribir. He tratado varias veces, y cada vez empiezo distinto y en otro punto de la historia. También está la opción de no escribir nada, para olvidar, para que dentro de poco todo quede atrás, disuelto, inexistente. Aún así mi silencio no evitaría las rebeliones del cuerpo y, sobre todo, las discrepancias entre lo que imagino – siempre futuro, siempre lejana posibilidad– y lo que pudiera verdaderamente sucederme.

“Malignancy”

“Malignancy” es una palabra que no suele encontrarse en los resultados de laboratorio. El corazón se me encoge en el pecho y la joven tramita los papeles mientras hiperventilo, perpleja y suspendida frente al mostrador. No sé qué cara he puesto pero hay silencio en la sala. Salgo a la calle y todo se me resbala de las manos. Siento que hay más luz esa mañana. Hago una llamada, detenida en la acera, y recojo los papeles que se me han caído al suelo. Una mujer pasa presurosa, me ofrece galletitas a peso y yo no le respondo porque no puedo hablar. Sigo detenida en la acera abrazada a mis papeles. Espero y me doy cuenta de que esto es real. Ella me mira apenada mientras se aleja, como si ella y yo habitáramos la misma casa.

Mi cuerpo y el veneno

Ese día pensaba en mi pecho, mi pecho de leche, el pecho izquierdo, hundido y necesitado de alimentos, pecho hinchado, doliente, entonces rebosante de leche y mi bebé que sonreía, mi bebé que lo abandonaba después de mirar arriba las ramas de los árboles, lo dejaba y me sonreía con su boquita llena de leche. Ese pecho, ahora pequeño y blando, contiene la semilla de una muerte y de una posible muerte que combato. La semilla no tiene la culpa. Su función es crecer y propagarse, su fuerza de vida es camino de la muerte, pero no lo sabe. No sabe ni siente ni piensa lo que daña, y crece, crece sin parar.

Pronto beberé veneno, me digo, pronto entrará en mí una fuente de muerte, muerte para esa semilla, pero también para mis vivas células. Esa muerte que me dará vida. Es raro.

Puede que torbellino sea la mejor palabra para describir el estado de esos días. Todo lo demás se achica y se pierde en el fondo, y entro en un juego del que apenas conozco las reglas. Mi cuerpo no es mi cuerpo en estos días. Se que no ha sido su intención, que es el destino. Mi cuerpo también es inocente. Se también que a él le gustaría estar sano para mí. 

Pobrecito tumor

Pienso en el tumor y me compadezco de él. Quiere vivir, pero no sabe cómo. No está organizado, va contra las reglas, ocupa espacio en mi cuerpo, se nutre de mí y me ataca, su fuente de vida. No cumple función alguna en mi organismo, porque no está articulado en ningún sistema vital. El tumor no entiende o entiende demasiado: es invasivo, agresivo, triple negativo, pobremente diferenciado. Me fascinan los términos del diagnóstico. Me distraigo con estas cosas. 

Lo descubrí una tarde, echada en la butaca mientras descansaba. Esto es diferente, esto puede ser algo más serio, me dije. Me hice los exámenes de rigor, me aseguraron que estaba bien, desconfié de los análisis y las máquinas, nos esforzamos mejor y poco tiempo después lo encontrábamos como si fuera un nuevo planeta en la galaxia. (Y aquí añado para mis queridas lectoras: sean cuidadosas y obstinadas, anímense a preguntar e insistir, no teman que las tilden de maniáticas e hipocondriacas.)


Pronto beberé veneno, me digo, pronto entrará en mí una fuente de muerte, muerte para esa semilla, pero también para mis vivas células. Esa muerte que me dará vida. Es raro.

Estuve semanas sintiéndome caminar al borde de un abismo. El borde es ancho y seguro; creía de verdad que era ancho y seguro, que me llevaría sana y salva al otro lado. El otro lado es el de vuelta a mi antiguo ser, puede que maltratado, mutilado, herido, pero de vuelta al mundo, a otras prioridades.

En ocasiones no sé si me sugestiono o verdaderamente el cuerpo se ha vuelto vulnerable. A veces pensaba que estaba tan saludable que el cáncer seguiría creciendo fortalecido, invadiendo el espacio en el que se encontraba, entusiasmado por la vida que sentía alrededor, feliz por estar a mi lado: mi siniestro compañero.

Un mundo paralelo

Los días se viven a otra velocidad, con otras texturas, la vista puesta en el objetivo, como en una cacería. No puedo expresar con claridad lo que está pasando. Solo me consta que son días en los que vivo de forma diferente. Me esfuerzo por sentirme bien, por cuidar el cuerpo como si fuera de otra persona, por proteger a esa criatura nueva que ahora soy yo. 

Salgo de casa y me detengo en la calle. No hay nadie alrededor, puedo detenerme sin llamar la atención y trato de escuchar el mundo. Esta mañana formo parte del cosmos, me digo, y me da gracia la frase y el tono eufórico con el que lo susurro: formo parte de un mundo que aún no he conocido y ningún tiempo será suficiente. Estoy más dispersa que nunca, viviendo una realidad paralela, la de los sobrevivientes, pendientes de las instrucciones y advertencias, moviéndome cautelosamente entre mucha gente vulnerable y agobiada. Sólo a nosotras nos consta la amenaza, pero todos estamos convocados a la danza.