Estados Unidos camino a noviembre de 2020: La batalla no es solo por la Casa Blanca

 

Por: José R. Oro

El sistema político más cacareado del mundo no es ni tan simple ni tan trasparente, ni mucho menos tan democrático como se proclama a plena voz. La mayor parte de los estadounidenses no lo conocen a cabalidad, aunque parezca sorprendente.

Estados Unidos tiene un Gobierno de tipo federal con autoridades electas a nivel federal (nacional), estatal y local. El presidente es elegido a través de colegios electorales en cada uno de los 50 estados y, como vimos en 2016, Trump pudo ser electo a pesar de obtener casi tres millones de votos menos, lo cual niega de hecho la voluntad del pueblo.

El poder ejecutivo (Presidencia) y el legislativo (Congreso) son elegidos por separado. La elección presidencial debe tener lugar el mismo día en todo el país; las elecciones al Congreso ocurren junto con las presidenciales, cada cuatro años, y como parte de las llamadas “elecciones intermedias”, dos años después.

El Congreso tiene dos cámaras: el Senado y la Cámara de Representantes.

Para las elecciones al Congreso, los miembros de la Cámara de Representantes, que son elegidos para un periodo de dos años, deben tener al menos 25 años, ser ciudadanos estadounidenses durante al menos siete años y ser residentes del estado que representan.

Los senadores, que son elegidos por seis años, deben tener al menos 30 años, ser ciudadanos de Estados Unidos durante un mínimo de nueve años y residir en el estado que representan.

Los gobernadores estaduales deben cumplir con variados requisitos, en dependencia del estado.

En las elecciones del 3 de noviembre serán también electos 13 gobernadores (11 de estados y dos de territorios, en este caso Puerto Rico y Samoa), junto al binomio presidente /vicepresidente, 35 senadores y 435 representantes.

En la actualidad, el Partido Republicano controla la Presidencia, el Senado (53 versus 47) y las gobernaciones (26 versus 24), mientras que el Partido Demócrata controla la Cámara de Representantes, con una ventaja de 37 escaños.

Mientras que sobre el enfrentamiento por la Presidencia se ha escrito y discutido mucho, sobre los otros, importantes desafíos contra el fascismo resurgido y encabezado por el actual Gobierno estadounidense, se conoce mucho menos. Los resultados de la lucha en el Congreso de Washington DC y en las gobernaciones de los estados tendrán un impacto en cómo evoluciona el poder que tiene el fascismo hoy en día, con Trump en la Casa Blanca y el control del Senado, en Estados Unidos.

 

En el Congreso

 

El Senado de Estados Unidos está compuesto por 100 miembros (senadores), dos por cada estado, independientemente de su población. Así, Wyoming, con menos de 600 000 habitantes, tiene la misma cantidad de senadores (2) que California, con 40 millones.

Cuando faltan unos 180 días para las elecciones, el camino de los demócratas hacia la mayoría en el Senado depende principalmente de cuatro estados: Arizona, Colorado, Maine y Carolina del Norte, donde los actuales senadores republicanos están luchando contra opositores demócratas populares y con campañas bien financiadas.

Los demócratas necesitan cambiar el color de tres o cuatro escaños, dependiendo de qué partido gane la Casa Blanca en noviembre, para tomar el control del Senado. Pesan mucho la batalla por la Presidencia y la repercusión de la actual pandemia de COVID–19, que ha alterado el ciclo electoral y se perfila como quizás la variable mayor en 2020.

Si se percibe públicamente un ambiente favorable en torno al presidente Trump, quizás los republicanos conserven la mayoría en el Senado. Si en octubre el mandatario está como hoy, muy debatido y criticado, entonces los demócratas tendrían altas posibilidades de ganar la Cámara Alta.

Lo mismo sucederá con la percepción popular acerca de cómo la Casa Blanca republicana y los gobernadores y congresistas (de uno u otro partido) manejan el enfrentamiento a la pandemia, la mayor crisis social de nuestra época.

El objetivo aparentemente más asequible para la oposición a Trump puede estar en Colorado, donde el senador Cory Gardner (R) se enfrenta a John Hickenlooper, un popular exgobernador demócrata del estado, con vasto apoyo. Los demócratas también consideran muy probable derrotar en Arizona a la senadora Martha McSally (R), quien ocupó el escaño vacante del difunto senador John McCain y tiene que enfrentarse a un poderoso candidato de oposición, el astronauta retirado Mark Kelly, quien es muy respetado.

En Maine, los demócratas se enfrentan a la senadora Susan Collins (R), cuyo voto para confirmar al juez de la Corte Suprema Brett Kavanaugh en 2017, en medio de acusaciones de mala conducta sexual, generó un aluvión de ira en el pueblo, y que está en desventaja frente a la muy admirada líder demócrata Sara Gideon. En Carolina del Norte, buscan vencer al senador Thom Tillis (R), quien se enfrentará al candidato demócrata Cal Cunningham, pero encuestas recientes anuncian una decisión apretada.

 

El hecho de no ganar uno de los cuatro escaños mencionados (Arizona, Colorado, Maine o Carolina del Norte), y una posible pérdida por parte del senador demócrata Doug Jones en Alabama, podría afectar las posibilidades del Partido Demócrata para recuperar el control del Senado en 2021. Si Trump pierde la reelección, los demócratas necesitarían solo tres puestos más, por poseer el vicepresidente un voto decisivo en caso de empate

Pero se espera que en Iowa –donde la senadora ultraderechista Joni Ernst (R), conocida por recibir cuantiosas sumas en donaciones de la Asociación Nacional del Rifle, es cada vez más vulnerable– y en otros estados como Montana, Texas y Kentucky,  pueda haber una victoria demócrata. Con uno de ellos donde sean derrotados los republicanos, el Partido Demócrata ganara control del Senado.

De hecho, los candidatos demócratas, sobre todos los que son reconocidos como anti–Trump, han recaudado más dinero para sus campañas que los oponentes republicanos; incluso, en algunos estados de tradición republicana.

Con la excepción de Alabama, los republicanos tienen pocas oportunidades de mejorar en 2020. De ellos, 23 senadores tendrán que exponer sus curules, en comparación con solo una docena de los demócratas.

Para decirlo en pocas palabras, los republicanos tienen serias probabilidades de perder el control del Senado en las elecciones de noviembre de 2020.

Entretanto, en la Cámara de Representantes, hoy el baluarte anti–Trump, cada estado tiene una representación proporcional a su población. El estado más poblado, California, cuenta con 53 representantes.

El número total de representantes está fijado actualmente en 435. Son elegidos por el voto directo de sus distritos electorales en los estados, por dos años, y hay elecciones a la Cámara de Representantes todos los años pares. El Partido Demócrata tiene 233 representantes; el Partido Republicano, 197.

 

La Cámara de Representantes es fuertemente anti–Trump, y no se ven grandes cambios en ese sentido después de las elecciones de noviembre, cuando los 435 escaños serán parte del escrutinio popular. Puede que la mayoría demócrata se mantenga, o que se reduzca ligeramente, pero no es probable un cambio a manos republicanas, acorde con el sentimiento popular actual.

Los gobernadores de los estados

En el caso de las gobernaciones estaduales, no se prevén grandes cambios. Es posible que los republicanos pierdan en Nuevo Hampshire y que la proporción de gobernadores pase a estar igualada, 25 a 25. Se debe observar que importantísimos estados como California, Nueva York e Illinois permanecerán en manos demócratas, con una visible intención de sus gobernadores de propugnar activamente el fin del bloqueo contra Cuba.

El ámbito de la oposición a Trump incluye también a destacados políticos republicanos como el senador y excandidato presidencial Mitt Romney, el exsenador Jeff Flake, la políticamente poderosa familia McCain y otros muchos destacados republicanos, entre los que vale la pena mencionar al grupo llamado Proyecto Lincoln (declaradamente concentrado en evitar la reelección del mandatario), que pueden  cambiar el panorama electoral en varios estados tradicionalmente republicanos.

El fascismo estadounidense representado por Trump y sus sicarios tiene que enfrentarse al creciente voto femenino y al de las minorías étnicas; al de quienes proponen un sustancial incremento en la salud pública y mejores oportunidades económicas en la educación superior; a quienes votan por una radical corte del presupuesto militar y de inteligencia, y por elevar el salario mínimo.

Esta no será una batalla a secas entre demócratas y republicanos (muchas veces con posiciones políticas y sociales indistinguibles), sino entre fascismo y antifascismo, y tendrá muchas facetas e incluso posiciones a veces encontradas entre sus participantes, que se oponen a Trump y están unidos en el deber de salvar a Estados Unidos y al mundo de la barbarie fascista.

Una aplastante mayoría de quienes se oponen a Trump a nivel presidencial y a sus correligionarios en el Congreso y las gobernaciones estaduales, están opuestos al cruel bloqueo anticubano.

En ese espectro están desde quienes desean restablecer el nivel de relaciones bilaterales que dejó el expresidente Barack Obama hasta aquellos que plantean la eliminación total e incondicional del bloqueo. En cuanto a la libertad de los estadounidenses para viajar a Cuba sin obstáculos, eliminar toda restricción es un sentimiento prácticamente unánime.

El autor es ingeniero cubano residente en Estados Unidos. Reproducido de www.cubadebate.cu