Estamos Unidos de Am(ores)érica

Por Mari Mari Narváez / Especial para En Rojo

Volví a Estados Unidos. Nada especial en eso. Viajo acá múltiples veces al año, casi siempre por trabajo. Esta vez me tocó ir a la Universidad del Sur de California (USC), donde recibí un “fellowship” junto a una serie de activistas. Soy la única puertorriqueña del grupo y se nota.

Sé de qué se trata este ritual. Trataré de integrarme al grupo lo mejor posible. Haré todas esas cositas que se inventan acá para acelerar la intimidad: los icebreakers, las dinámicas de grupo, los life maps, los check-ins, el énfasis en especificar cuáles son tus pronouns. Seré parte pero no perteneceré. Lo bueno es que tampoco es mi interés pertenecer lo que se dice pertenecer, y creo que tampoco necesariamente sea la expectativa de muchos acá. Pero me provoca mirar esta relación tan contradictoria más a fondo porque creo que no lo hacemos lo suficiente. Me refiero a nosotras, las independentistas.

La realidad es que tenemos cada vez más vínculos con Estados Unidos. Primero, la familia. En mi caso, mis dos primas hermanas (más hermanas que primas) viven “allá”. También, lo más cercano que tengo a una hijita, se trasladó a ese país a raíz del huracán María. Igualmente, una amiga que no es puertorriqueña pero que es como una hermana, y su hija, que es mi ahijada, viven allá. Así que una parte grande de mi corazón está en ese país. A eso súmele que, en Nueva York especialmente, tengo grandes amistades, casi pero no todas boricuas. También allá tengo muchos aliados profesionales, algunos de los cuales, con el tiempo, también se convierten en amigas y amigos.

Estudié acá en dos ocasiones. Quisiera haber aprendido mejor el francés o cualquier otro lenguaje pero fue inglés lo que aprendí como segundo idioma, al igual que tantos de ustedes. Puedo imaginar y hasta crear en esa lengua. Ese poder no es poca cosa. Siento devoción febril por la ciudad de Nueva Orleans, por ciertos lugares de Nuevo México y California donde me he aventurado con mi amor. Tengo afectos grandes en Filadelfia. Siento cariño por Boston, Houston y Miami. Me gustaría ser más como San Francisco y tener tiempo y dinero para visitar más los viñedos y bosques de árboles milenarios en California. Uno de mis sueños de viajera es ir a todos los parques nacionales de Estados Unidos, especialmente al Gran Cañón del Colorado, y me hace mucha ilusión conocer Maine, Vermont, Portland, Seattle y Alaska.

No puedo contar las veces que he viajado a Nueva York. Allí, a fuerza de memorias, he cavado amor profundo. Y aún siendo una ciudad de personas de todas partes del mundo, ciudad también boricua por excelencia (hay quien dice que el Bronx es la capital de Puerto Rico) yo me bajo del avión en JFK y siempre siento esta extranjería poderosa. No importa si estoy en la calle más abarrotada de Manhattan u observando esos céspedes perfectos que se riegan solos en los suburbios de este país. Siempre me siento profundamente extranjera. A veces incluso más que en otros lugares del mundo.

Es obvio que nuestra relación con Estados Unidos es y será paradójica y conflictiva siempre, por su naturaleza imperial-colonial. Pero eso no significa que no hayan unos afectos, unas emociones, un corredor de experiencias compartidas y –lo más importante– casi 6 millones de puertorriqueños que son nuestra familia, regada por todo ese país.

Como independentista, la mayoría de los estadistas me provoca vergüenza ajena. Pero eso no significa que no los entienda. Sí que los entiendo. No es la primera vez que lo digo. Hace año y medio, estábamos en Caracas visitando a mis padrinos. Ellos reunieron en la casa a un grupo de periodistas, historiadores y otras amistades para que vinieran a conversar. En la sobremesa, uno de ellos quiso humillarnos con un comentario acerca de la supuesta eterna sumisión de Puerto Rico hacia Estados Unidos (como si ellos en Venezuela hubiesen sido tan revolucionarios toda la vida). Con un tono despectivo, nos sacó en cara que la mayoría de los puertorriqueños quería la estadidad. Mi compañero, que tiene sus momentos heroicos, le contestó muy tranquilamente: “Bueno, es lógico. Si a ti te preguntan ‘¿Cómo tú quieres vivir? Como en Venezuela y Cuba o como en Estados Unidos: ¿qué tú contestas?”. El hombre se quedó pasmadísimo y no volvió a joder en toda la noche. Obviamente, mi compañero estaba siendo cínico pero también tenía razón. A manera simple, eso es lo que pasa con muchos estadistas. En Estados Unidos todo parece tan abundante y moderno y limpio y funcional, que a cualquiera se le llenan los ojos. Muchos podemos aspirar a una mayor equidad pero nadie aspira a vivir en la precariedad, que es el precio que han pagado Cuba y Venezuela por defender la equidad. Yo misma, que estudié en Estados Unidos y vengo muy a menudo, llevo cuatro días dando vueltas por el campus de USC y me he impresionado brutalmente con la planta física, los recursos, la escala de esta monstruosa universidad que alberga a 47,500 estudiantes y cuenta con todo lo que se pueda imaginar: desde numerosos y extravagantes laboratorios en todas las facultades, bibliotecas, edificios inmensos, bandas, conciertos, actividades culturales inagotables, equipos deportivos, parques de cuanta cosa, hasta restaurantes y tiendas de lujo. Así mismo cuesta. $60 mil dólares al año, para ser específica. A mí, si me dan a escoger, no lo pienso dos veces: me quedo con la Universidad de Puerto Rico, más humildona pero mucho más querendona y accesible (ahora menos, claro, por los aumentos). Este lujo de acá tiene un precio muy alto que me resulta incluso innecesario. Los recursos y la planta física de una universidad son importantes pero, entre la extravagancia y la posibilidad, me quedo con la última. Camino por este campus y me siento completamente tercermundista. Pero a orgullo. Este exceso me obliga a poner las cosas en perspectiva. ¿A qué aspiramos? Yo no aspiro a esto. Pero entiendo a mucha gente que piensa que puede y debe aspirar a ello.

Dicho esto, tampoco es justo ignorar que Estados Unidos también es un imaginario alternativo de seguridad económica para todos, incluyéndonos a las independentistas. Cuando pienso en todo lo que podría pasarme o me está pasando ya en Puerto Rico, en el fondo de la mente siempre sé que, si las cosas se ponen color de hormiga brava, puedo irme a Estados Unidos. Allá la economía, aún con todos sus problemas de inequidad, es pujante y, si estás educada y tienes experiencia, vas a encontrar posibilidades. A muchos no nos gusta la idea de volver a vivir “allá” pero al menos tenemos esa posibilidad. Ya el 14% de nosotros tomó esa decisión en los últimos diez años.

Claro, bajo la independencia, nuestra economía podría desarrollar, lo que eventualmente, si lo hiciéramos bien, nos legaría un país con crecimiento económico, saludable, productivo, equitativo, en el que muchos menos de nosotros necesitaríamos un plan de escape. Pero eso está sujeto a que logremos la independencia y a que su gobierno electo sea uno sensato y competente, algo que nadie puede asegurar.

El otro día me enteré de que las Bahamas, un país libre, tiene un acuerdo de movimiento con Estados Unidos. Su ciudadanía puede ir y venir sin necesidad de visas (siempre y cuando no tenga antecedentes penales).

Aún cuando hemos reconocido la centralidad de la Diáspora en nuestras luchas y en nuestro futuro como país, creo que muchas independentistas no hemos podido interpretar y reconocer correcta y, sobre todo, honestamente los signos de nuestra relación con Estados Unidos. Como muchas de ustedes, yo seré independentista febril hasta el día que me muera. Pero, también como independentista, creo cada vez más importante enfatizar en ofrecerle a nuestro país –especialmente a los estadistas y a los estadolibristas (los que queden)– la voluntad y el compromiso de luchar por una independencia con libertad de movimiento a Estados Unidos. Este es un derecho universal, al igual que el derecho a la reunificación familiar. El hecho de que existan casi 6 millones de puertorriqueños en ese país, precisamente por la migración masiva que han provocado las políticas de muerte del colonialismo, es razón más que suficiente para la negociación de un pacto bilateral de libre circulación o movimiento. Mucho más que eso nos debe ese país, que algún día tendrá que retribuirnos por todo lo perdido.