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Fábulas de Conejo y Cazador

 

Ahora la luz dispara.

La luz para ahora ahí, al cabo de la línea por la que ha subido hasta llegar, asestando sus golpes, a los cuerpos quietos.

Y la luz repara, ahora, en ellos.

Cazador se incorpora, codos contra tierra: alza la vista y la pasa por la tela tibia que le rodea, viendo como sólo él ve, viendo del único modo que conoce ver, disolviendo el lienzo del deseo con su pincelada ocular.

Los ojos de Cazador son dos fanales sin par, ocelos de belleza insondable.

Los ojos de Cazador consumen luz y halan presa, mientras le ruegan a Ella, en nombre de su dueño, que lo posea.

Conejo despierta en estertor leve.  Sabe que no está sola: siente al otro del mismo modo que siente los dejos tremulentos del deseo hace poco silenciado, ahora agazapado, en espera de la vuelta.

Ella se mueve.  Ve que algo oscila en la pupila de Cazador, por un instante tan corto que podría parecer espejismo: un salto diminuto como el pálpito de una estrella.

El logra hablar. Tú, suelta en raspe sordo, y el arco de su voz entra en punzada en la carne, y Ella cree perderse.  Se acerca.

Ya saben, cuando Ella por fin se posa y toma su asiento donde debe para montar lo frágil oscuro, lo que sólo es para ellos en luz y telar.

Cazador entumece, agradecido ya.  Asiente y anuncia en su mirada fija.  Ella recuerda que agradecer es también suplicar, es también creer.  Revuelve palabras: danke, denke, gracias, gracia.

Merced.

Agradecer es súplica.

Ahora la luz huye, ahora la manta, a lo hondo.

 

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Hambre.  Un hambre como tromba de viento.

Un hambre que grita en abismo, el hambre que Ella siente ahora, desde que el tener la carne hizo la última estampida sobre su deseo, así, en rasgue de azada.

Ella ya sabe que suele pasar así.  El halar ciego, un caer en picada, la pulpa rota.  Y entonces el pliegue abierto, ahora en retirada, y la piel que duerme dulce, la daga otra vez limpia.  Las formas quietas, la calma que aún derrama ecos cada vez más tenues, que mudan en azul hasta casi desaparecer, hasta declarar que ya, por fin, es saciedad.  Así engañan los cuerpos.

Conejo no entiende esto: cada vez que ocurre lo recibe como algo nuevo en su pelaje sin memoria.  Pero Ella sabe que suele pasar así, y por eso cuando el hambre le arranca el gemido y la hala, como cada vez, hacia la ría que anuncia el fluir, se deja llevar sin cesura.

Se deja llevar, y se acerca a él en ese arribo eterno.

Cazador abre los ojos.  Siente el presente que despierta, el presente que ya no es suyo porque siempre fue de Ella, aun cuando no tenía palabra, aun cuando no había cacería, ni corriente, ni bosque.  Aun antes de sus manos, aun antes de que supiera que darlo era su labor.  El presente despierta, y Cazador ve que Ella lo busca, que repta hasta alcanzarlo, hasta llegar a su justo alimento.

Cerca de la quebrada que avanza, no muy lejos de allí, una rama cierra su folio verde.  Junto a la raíz expuesta de un árbol, lejos de allí, una clepsidra yace rota, seca ya.

Ajena al tiempo, ella lo cubre, hambre y ámbar en un solo halar continuo, repetido, buscando otra vez ese abrir, buscando sacar la ofrenda.

Cazador cierra los ojos.  Y ahí, la primera lágrima.

Laten.

Y entonces, todo a la vez: el golpe, el presente que estalla, la leche que alimenta, la que bebe entera cada vez que el hambre abre.  La caída en pozo hondo, el eco que palpita, la tromba adorada que, por fin, por un instante quieto, se duerme.

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Atrapado en la tela que se ciñe sobre su cuerpo, Cazador cesa todo movimiento.  Está quieto por un instante: consciente de que pronto ya no podrá ver, se apresta a escuchar, atento al moverse de una brizna, al romper de un paso sobre la hierba.  El óleo de la ceguera va creciendo en riegue.  Cazador ha soltado el arco antes de caer, y la flecha yace a su lado en ángulo durmiente.

Sabe que su presa está cerca, pero ya no puede ver.  Un instante antes de que el deseo lo cubriera en su atrape, la tenía en la mira y podía divisar el punto justo de su entrada.  Un instante antes habría podido acercarse al lente, lanzar su flecha precisa, tener la carne.  Pero de nada vale forcejear ahora.  Inmóvil y ciego, Cazador sólo puede ansiar, y escuchar.

Y entonces un susurro trepa por su costado, llega a su oído, se aloja ahí el tiempo necesario para que Cazador entienda que Ella está, que aguarda, que sólo es cuestión de rasgar la tela y extenderse, y arribar.

Cazador rompe su trampa hilada. Sabe lo que debe hacer, como lo ha sabido en cada cacería: su propio hueso y carne se alzan para agarrar el arco.  Su flecha, tensa con la certeza de vibrar, se posa recta.  Cazador la toca, siente su extensión, sonríe.  La suelta.

En un instante, el vuelo, el golpe certero, el romper.  Cazador se acerca a Ella y aprieta la carne caliente, siente el latido del animal cazado; la estrecha contra sí y cree caer.

La sostiene mientras abre.  Hurgando en furia, Cazador pierde la razón.  Muerde, ciego.

Devora.  Un ruego suena.

Y entonces, como debe hacer, se abre.  Gruñe en derrame entero, saciado ya, presto a darse ahora entero. Convencido de que lo que ha devorado ahora lo consume, Cazador se arquea, y su cuello queda al descubierto.  En su error, espera a que Ella trepe lenta y se anide allí, quieta y palpitante.

Pero Cazador se equivoca.  Conejo no está ahí, no lo ha estado en todo este instante largo y macizo. Volcado en sí mismo, su deseo ahora quieto de nuevo, abre los ojos.  Y por fin la divisa, al otro lado del bosque.  Ella lo ha visto todo.

Conejo se acerca entonces.  Pronto, un nuevo arribo.

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