Había una vez Guaynabo (Fragmentos)

Por Rafael Acevedo/ En Rojo

Al borde de la urbanización, antes de que existiera la avenida Martínez Nadal, estaba el monte. Antes de llegar a la montaña, quizás es un mogote, había una fábrica de calzoncillos. Algunos de nosotros pensamos que terminaríamos trabajando ahí el resto de nuestras vidas. Una cómoda incomodidad laboral. No ocurrió así. Aquella fábrica se fue a la mierda, como muchas aún antes de que desaparecieran las 936.

Al tope de la montaña estaba el transmisor de WBMJ que transmitía rock en inglés. Y allí cerca estaba una escuela con un enorme jardín de juegos. Le decíamos El Creative. Crieitif. Los fines de semana abría a los nativos, nosotros. Los empleados hablaban en inglés entre ellos. Y con nosotros a veces compartían algunos gringuitos y gringuitas. Allí estuvo, por alguna razón misteriosa, un chimpancé en una jaula. Era un masturbador compulsivo y siempre me pregunté por qué carajo estaba ese animal allí. ¿Qué castigo penaba? ¿Sería un castigo para los estudiantes? El asunto es que no había falda pasando que el chimpancé no usara de excusa para su extraño ritual. Y allí estábamos, decenas de niños y niñas, mirando aquel espectáculo de la naturaleza. Duró algunos meses. La leyenda dice que escapó como el famoso Yuyo. Para mí que murió en uno de esos aguaceros que se rajaban en los veranos. Un rayo tiene que haberlo matado en aquella jaula al tope de columpios y máquinas con adefesios que daban vueltas como timones.

En alguno de esos veranos, Junior, Luis, el comedor de lagartijos, Papotito, Chico y mi hermano José, nos preparábamos como para la guerra y cruzábamos el monte como si fuese el Amazonas. Caminábamos hasta el río, descubriendo enredaderas de parcha, barrancos, y el pasto que cortaba como navajas brazos y piernas.

En el camino hablábamos del fin del mundo, de la guerra de Vietnam, que aún estaba en sus últimos estertores. Nos preparábamos para algo. Nunca supimos para qué. Nunca me atrevería a decir que nos preparábamos para la vida.

El río era el desagüe en el que lanzaban el aceite usado las gasolineras y los talleres de mecánica. Desperdicios de pintura de los hojalateros, y allí se bañaban algunos de nosotros. Siempre me quedaba en la orilla, pensando en que meterse en aquel río produciría en mí mutaciones de varios tipos. A mí me bastaba con ser increíblemente miope y que el sol estuviese calentándome los ojos a través de las lupas que tenía por espejuelos. Leer tanto me jodió la cabeza, creo. El asunto es que allí se refrescaban los más aventureros: el comedor de lagartijos y Marco, que luego me confesó que lo hacía por ver a los demás desnudarse y yo me reía de su picardía y él me decía, tú nunca quisiste quitarte la ropa. Y no, realmente nunca quise meterme en aquel caldo de aceite, pintura, thinner, y agua de lluvia.

Luego regresábamos a casa. Preparados para la guerra, el fin del mundo o el regreso a la escuela pública.

***

En una de aquellas caminatas, cerca del río, vimos un parque de béisbol. Era una especie de espejismo. Un diamante perfecto. La grama verde bien cuidada. La cerca de alambre eslabonado, también verde,  protegida arriba por unos tubos de goma amarilla. Como las grandes ligas. Parecía que nunca, nadie, había jugado allí. Nos quedamos admirando aquella aparición. 

Entonces apareció aquel muchacho. Tenía el pelo largo, unas tenis converse rojas, nuevas. Y unas muñequeras de felpa como las que usaban los peloteros de los Mets, que entonces, 1969, era mi equipo favorito. Era mayor que nosotros. Parecía un estudiante de escuela superior. Tenía cigarrillos en el bolsillo de la camisa. “Ese es el parque de mis viejos”, dijo. No fue arrogante ni quiso lanzarnos a la cara aquel dato tan alucinante. Lo dijo como quien dice “estos cigarrillos los compré en la gasolinera de Machargo”. Según él, aquél era el parque Passalacqua, que sus padres habían mandado a hacer a ver si él se interesaba por jugar algo. Pero a él lo que le interesaba era el ballet. Así que, para no contrariar, comenzó a practicar las artes marciales, que era como bailar pero aprendías a defenderte. Nosotros sospechamos de él, porque tenía cigarrillos, tenía un parque, era karateca y quería ser bailarín. Algo no entendimos, así que nos despedimos y seguimos en dirección al río. Passalacqua nos siguió, sin embargo. En silencio. Fumando. Dimos la vuelta sin llegar al río y pensamos en la avenida Esmeralda como el lugar en el que podríamos deshacernos de aquel extraño. Sin embargo, en algún momento, el muchacho no estaba ya con nosotros. Alguien estaba sobre un caballo a lo lejos. Pensé que era él pero no habría modo de asegurarlo.

Nunca pude olvidar aquel parque en medio del monte. Imaginé que podíamos formar dos equipos de la calles Sonata, Tornasol, Baldomar, Paréntesis. Jugar allí, en aquel estadio sería un sueño hecho realidad. Nunca ocurrió. 

De regreso a la escuela pensé que quizás podría encontrar a aquel chamaco preguntándole a los que estaban en Intermedia o Superior. Pero apenas conocía a estudiantes de mi propia escuela elemental. Y mis hermanos mayores tenían cosas que hacer más importantes que encontrar al dueño de un parque de pelota que solo habíamos visto nosotros. Con el tiempo pensé que quizás solo lo había visto yo.

***

Crucé el muro de bloques y alambre eslabonado. Para eso había que esquivar las espinas del árbol de limón de cabro. Del árbol colgaba una fruta más agria que los lunes. Alguna vez mi madre las usó para marinar carnes.  Mi abuela paterna, una de las pocas veces que pudo venir a visitarnos, miró el árbol y nos dijo que el jugo se usaba para quemaduras y cicatrices. Mi viejo los sábados agarraba uno de aquellos limones arrugados y lo partía en dos, lo exprimía y con azúcar y un poco de hielo hacía un frappé de toronja sin toronjas.

Crucé el muro de bloques y alambre eslabonado esquivando las espinas del árbol de falsas toronjas. Así pasaba la invisible frontera de la calle Sonata a la calle Tornasol. Allí estaba Luis en el patio de su casa. Pero no tenía guante ni ganas de jugar pelota. Estaba torturando lagartijos. Les cortaba el rabo. Entre el pulgar y el índice agarraba una hoja de afeitar nueva, de dos filos. Las gillette se vendían como si fueran palillos de dientes, en unos sobres de papel que parecían cartas muy pequeñas y ominosas. Con ella cortaba de un solo tajo la cola. Yo había leído entre los libros de mi padre que la lagartija se desprende voluntariamente de la cola para entretener a los depredadores mientras ella escapa. Este no era el caso. Estaba atrapada por un animal más grande, Luis, que no había identificado como depredador. No abandonó su rabo. Se lo cortó Luis que con una mueca extraña. Levantaba el lado izquierdo de su boca como si estuviese sufriendo un derrame cerebral. 

Miraba aquel rabo moviéndose solo y me causaba un terror íntimo que me cuidaba de no expresar.  ¿Sabría esa cola que estaba sola en el mundo? ¿Tendría conciencia? Pensaba entonces en aquella película de Frankenstein que mi hermano Néstor había doblado al español con palabras malas y que hacía reír hasta a las monjas que venían a verla en casa, divertidas, como si estuvieran cometiendo un pecadito.

Pero Luis no se quedaba en eso. Le cortaba las patas. A mí se me ponía la piel de gallina. Entonces me ponía a pensar en béisbol pero aquellas patas sin cuerpo eran más fuertes que mi intención de enajenarme. Entonces procedía, con aquella mueca y unos gemidos de horror falso, a cortarle la cabeza.

Aguanté las ganas de vomitar. La cabeza se movía sola. Aquel cuerpo era ahora un rompecabezas de órganos. Me levanté del suelo como un resorte. “Si no vamos a jugar pelota me voy a casa”.  Luis me pidió esperar. Que iba a buscar un poco de gasolina de la cortadora de grama para quemar el lagartijo de modo que no sufriera. 

Aproveché que fue a buscar el combustible y crucé el muro de bloques y alambre eslabonado. No pude esquivar las espinas. Agarré un limón de cabro, lo mordí desesperado. La boca se lleno de un fuerte sabor agrio. Escupí las dos heridas en el antebrazo. El jugo de la fruta servía para cicatrizar. La saliva tiene algo de antibiótico. Esa tarde no cené. Había unos pedacitos de carne junto con el arroz. Tuve ganas de vomitar.

Algunos años después, cuando Luis había dejado la escuela y yo estaba listo para entrar a la universidad, se apareció por casa. Hacía años que no lo veía. Me llamó desde la acera. Salí y allí estaba con una bola de baloncesto. Que si quería hacer unos tiritos en la cancha de Parkville. Estuve a punto de decirle que sí. ¡Qué carajo! me vendría bien un poco de sol y ejercicio. Le pedí la bola. La dribleé un poco y miré su rostro. Sonreía con un solo lado de la boca. “Tengo una rodilla lastimada, otro día”, le dije. Le devolví el balón. Me alejé dando otras explicaciones falsas sin darle la espalda. El se quedó muy serio, la vista fija en mis ojos. Entré. Cerré la puerta luego de despedirme. Respiré por unos segundos hasta que se fue el escalofrío. Por una rendija de la dura puerta de madera en la entrada vi que permanecía allí en la acera. Entonces me encabroné. Respiré hondo y decidí mandarlo al carajo. Un, dos, tres, abrí la puerta. Se había ido. Jamás volvimos a hablar. Lo vi unas dos o tres veces más. “Se murió Luis” me dijo muchos años después una vecina. A su hermano menor si llegué a verlo frente a la puerta de una tienda por departamentos. Estaba pidiendo dinero. Había perdido una pierna.

***

Era el camino Alejandrino una estrecha calle con un puente. Un río atravesaba la ruta. Cada lluvia persistente inundaba los alrededores. El puente se hacía un monumento al poder de la naturaleza. Al borde de la carretera, subiendo la cuesta, había una decena de casas construidas al borde de la loma. Largos pilotes sostenían las estructuras. Me parecían largas patas de garzas. 

Muchas veces me sorprendí pensando que no me hubiera gustado vivir allí, en aquellas casas colgantes del camino. Tendrían una vista preciosa a la hondonada que daba al río pero mi imaginación alimentada por el cine y las lecturas bíblicas esperaban el terremoto o el tremendo deslave.

Una tarde corrió el rumor de que a una de aquellas casas se le había fracturado una pata y había rodado loma abajo, con todo y familia. Yo quise correr a ver el desastre, eran apenas 10 minutos de trote para llegar allí. Por supuesto, mi madre, sobreprotectora, me lo impidió. Yo tendría diez años. Quizás menos.  Así que tuve que esperar a la mañana, cuando llegaban los periódicos. Así se confirmaban las noticias hace medio siglo. En las mañanas. Abrí la puerta muy temprano y allí estaban la botellas de leche y el periódico. Era verdad. Una casa se había deslizado barranca abajo. No recuerdo cuantos muertos. Recuerdo haber pensado que mi miedo era real. Concreto. Aquellas patas de garza sosteniendo casas eran muy frágiles. Imaginé que la casa habría temblado y una madre y una niña, vestidas de azul, volaban por los aires mientras la casa se hacía un montón de piedras. Vestidas de azul quizás porque irían al cielo. Porque la virgen de brazos abiertos como para dar un abrazo en el cuarto de madre tenía un manto azul. Yo no sé.

El camino Alejandrino se convirtió en carretera. La Academia Wesleyana se hacía cada vez más grande ocupando el espacio de las lomas. Rodearon a la barra y al colmadito. El patio de ambos negocios pasó a ser el patio de la Academia. El río seguía sobrepasando el puente en la temporada de las lluvias. 

Casi medio siglo después, regreso allí. Vivo en aquella loma. En un edificio de apartamentos que tiene 25 pisos. Justo al lado de otro que tiene más o menos la misma cantidad de pisos. El área de la piscina tiene una línea amarilla porque el gazebo amenaza con caer barranco abajo. Allí, justo donde hace algunas décadas rodó una casa hasta el fondo de la quebrada. Solo yo lo recuerdo. Ni siquiera mis hermanos ni mi madre lo recuerdan. Busco en periódicos viejos y nada. 

En las mañanas, mientras preparo café, miro por la ventana hacia el barranco pensando en las jodidas vueltas que da la vida. Y que en el cuarto de mi madre, la virgen de manto azul tiene los brazos juntos en oración.