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Hacia una poética fronteriza: El único refugio son los párpados de Marta Jazmín García

 

Por Federico Irizarry/Especial para En Rojo

La antología El único refugio son los párpados(2020) de Marta Jazmín García reúne treintaitrés poemas que, más allá de conformar un mero compilado, constituyen el valioso registro de una poética orgánica, madura y coherente. Los textos que la componen están organizados en torno de una instancia cardinal y sostenida a lo largo de su recorrido. Me refiero a  la constancia subyacente de unlímiteque, a la manera de un eje estructurador, mantiene una tirantez enriquecedora entre antípodas: un adentro y un afuera -esos pliegues de la existencia- contrapuestos en el contexto de un careo irreductible. En el espesor de la tensión aludida se genera una significativa aspiración a un espacio intimista que apuesta por una interiorización de señas renovadoras capaz de superar la precariedad o la hostilidad  amenazantes que advienen del exterior. En el marco de ese espacio limítrofe queda articulada, a su vez, una subjetividad fronteriza marcada problemáticamente por ciertos niveles de resistencia y por un poderoso anhelo introspectivo. En el poema titulado “Súbita carencia”, el sujeto enunciador afirma tener por dominio, desde la falta, “un lugar ajeno / dentro de los párpados (…) un lugar y otro lugar / al mismo tiempo, opuestos / como la sed y el limo” (54). En estos versos se hace posible leer la impronta de una contradicción meritoria que atañe al espíritu medianero que impregna el libro: en la tentativa de subjetivar un espacio divergente, el sujeto activa un mecanismo de (re)territorialización en la misma medida en que queda desterritorializado. Algo muy similar acontece en otros textos, tales como “Las cosas que no sucederán” y “Conversación entre antípodas”. “Arder también es mojarse” (23) se afirma en este último: una densidad oximorónica deviene de este afán por cercar el fuego.

¿Cómo se construyen ese afuera y ese adentro en esta antología? En principio, el afuera, en estos textos, suele estar configurado por una suerte de bestiario -culebras, arañas, pájaros- que refiere críticamente a la irrupción de lo real, tan amenazante como el lenguaje que lo nombra. En el poema “No sé otra forma de decir”, texto que da comienzo al libro, ello queda expresado puntualmente de la siguiente manera: “Sé muy bien que la realidad sucede / primero que sus nombres / y que antes de la formación del mundo / ya habitaban los miedos / en la boca”; a lo cual añade: “El lenguaje siempre ha sido eso: / una procesión de animales peligrosos / que no nos atrevemos / morder” (15-16). Puede decirse que en estos versos subyacen una toma de conciencia y un posicionamiento ciertamente discordantes: por un lado, se percibe en el sujeto que toma la palabra la asunción de un desengaño (o, al menos, de una sospecha) ante un lenguaje incapaz de someter con efectividad tranquilizadora un mundo desfundamentado que le precede desde su origen; por otro lado, sin embargo, se advierte una postura de perplejidad ante la amenaza de ese lenguaje que, por fallido, redunda en un terror desestabilizador que cancela el potencial correctivo en que debería derivar. En relación con lo antedicho, suscribo la afirmación de Adalber Salas Hernández, quien, en el prólogo de la antología, afirma lúcidamente que la poesía de Marta Jazmín García no obra en función de una doma de esa falla inmanejable del lenguaje ya que sería una tarea inútil, sino que tiene el propósito de ahondar en la misma (7). Ahondamiento y conciencia son, entonces, las instancias primordiales que se desprenden de este afuera hostil caracterizado por la presencia de una realidad atemorizante y un leguaje frustrado; por lo que resulta pertinente recurrir al poema “Signos del agua”: “estar conscientes / de la hondura / nos mantiene al borde” (58). Aquí bordees otra forme de decir límite, ese lugar de extremos irreductibles; el núcleo duro a partir del cual se organiza la poética de esta antología.

El adentro, por otro lado, si bien está articulado también por una incertidumbre, la misma está marcada por una indeterminación de ribetes positivos. Es una suerte de tabula rasa que, configurada a manera de vacío, es imaginada -no obstante su persistente ambigüedad- como la posibilidad de un espacio generatriz de sentidos inéditos. El interior, en esa medida, toma en ocasiones el cariz de un vientre. Así se constata en los poemas “Tautología” y “Engendro”. La importancia de esta imagen radica en la connotación de fertilidad que implica; pues, localiza su oquedad en el marco de una indeterminación que puede llegar a ser productiva o renovadora. Puestos en diálogo, “Sapiencias” y “En el cuerpo de un hombre”, dos textos de coloración erótica, son un buen punto de partida para evidenciarlo. En el primero se dice: “Cuando estás dentro de mí / no sé si naces / o llegas del pasado. / No sé si el deseo se hunde / o deviene externo…” (22); en el segundo: “Cabalgarlo es el regreso” (56). La duda en el primer poema y la regresión en el segundo repercuten en un despunte de ambivalencia que, si bien se debe a la persistencia fallida de un deseo de interiorizar lo externo, tiene finalmente el propósito de suscitar un desgaste lo suficientemente poderoso como para lograr un vaciamiento que posibilite el grado cero de las perturbaciones que les embargan con tal de exponer las circunstancias para que la palabra reaparezca desde la nada. Así se sugiere en el poema titulado “Último día”: “-Hágase el principio. / -Hágase la nada. / El mundo / siempre ha existido / por una palabra” (40-41).

Como se ha dicho, entre el adentro y el afuera, en torno de los cuales se articula el despliegue discursivo de la antología, existe una instancia fronteriza desde donde se produce el apalabramiento del sujeto enunciador. En ese sentido, el poema “Umbral” resulta verdaderamente significativo. El título advierte la zona liminar en que está ubicado este sujeto. En términos de Bajtín, el umbral es el cronotopo que da cuenta de una vislumbre: el del presagio de una crisis (399); el del espacio en que se vive el tiempo de una espera bajo la impronta de un colapso al cual el sujeto, en este caso particular, se resiste a raíz de una apuesta mayor (“Todo está detenido y en espera”, dice). El espacio interior, en su oscuridad iluminadora (para ser fiel al trasfondo oximonórico del que se valen estos textos) resulta una opción. Cito, al respecto, el final del poema “Umbral”: El único refugio / son los párpados” (34).

En el contexto de una época en que priman tanto la noción del simulacro como la del artificio estético y las escrituras fugaces, El único refugio son los párpadosresulta un libro valioso y honesto. En sus páginas anida una poesía que, sin perder la emotividad, piensa en las honduras del ser hasta dar cuenta del develamiento de una verdad interior que nos desafía como lectores. Al respecto, Eduardo García ha dicho en alguna ocasión algo que muy bien puede prestarse para el abordaje comprensivo de la poesía de Marta Jazmín García: que la naturaleza de lo poético reside en cercar el misterio, en abordarlo oblicuamente, de través, para que escenifique una verdad que de ningún otro modo puede mostrársenos.

Referencia:

Bajtín, Mijaíl. “Las formas del tiempo y del cronotopo en la novela” (237-409), en Teoría y         estética de la novela. Madrid: Taurus, 1989.

García, Eduardo. “Poesía e Introspección: Nuevos mitos para la sensibilidad contemporánea”.            http://www.eduardogarcia.eu/index_archivos/Page986.htm

García, Marta Jazmín. El único refugio son los párpados. Bogotá: El Taller Blanco,          2020.

 

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