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Hipócrita

Especial para En Rojo

No sé si esto le pasa a otra gente, pero durante los insomnios, suelen visitarme las vergüenzas. 

Mentira: sí sé que le pasa a otra gente, a mucha gente. Lo sé porque le pregunté a Google tan pronto escribí la oración anterior y antes de escribir ésta, y la internet me devolvió resultados de todo tipo: confesiones en blogs, sugerencias de terapistas, preguntas (de seguro insomnes) en foros varios, descripciones de libros, y hasta una entrevista con un neurobiólogo que el paywall de la revista no me dejó leer. 

Algunas de estas vergüenzas no me perturban mucho el sueño. Son livianas. Saludan, visitan un rato, se esfuman sin despedirse. Anoche, por ejemplo, pasé un rato con una que podría archivar bajo una categoría amplia de “jibarerías”, en donde recordé, en bastante detalle, cómo en mi segundo año de escuela graduada, en Estados Unidos, un bibliotecario especialista en estudios latinoamericanos me puso a cargo de un pequeño presupuesto para escoger y adquirir libros para la biblioteca. El hombre nunca se quejó, y en serio que casi no recuerdo qué compré y qué dejé de comprar, pero sí recuerdo intuir su decepción, reconocer y lamentar internamente mi falta de mundo y sofisticación, y evitarlo en los pasillos. Esa vergüenza en particular no me atormentó–ni me atormenta–demasiado. Aunque sí me enredó, brevemente, en un remolino de adjetivos acusatorios como “ignorante” y “colá” (mis compañeros eran casi todos blancos, con bachilleratos de universidades famosas) reconocí la memoria en cuestión como un ejemplo del “síndrome del impostor” que ahora está tan de moda, y de paso descubrí que tal vez el problema no era tanto mi jibarería como la gansería del gringo bibliotecario, que me había puesto a trabajar de gratis y encima me había hecho sentir mal.  

Otras vergüenzas son pesadas. Visitan con mayor frecuencia, espantan más el sueño, y están equipadas con tentáculos que les permiten traer consigo memorias de otras vergüenzas y desencadenar pequeñas tormentas de emoción y narrativa. Invaden la imaginación y tensan el cuerpo. Son densas, culposas, y se disfrazan de revelación, de epifanía, de conciencia. 

Así eres, murmuran. Esto eres tú, de esto estás hecha.   

La que empieza, por ejemplo, con la imagen de mi abuela, diciéndome “¡hipócrita!”, en una voz que de algún modo combina grito y susurro, una suerte de rugido ahogado. Mi abuela Can, mi vieja, con sus hermosos y enormes ojos brillando de rabia:la capacidad de prenderlos y disparar con ellos rayos de odio era uno de sus superpoderes. Hipócrita, me dijo. La escucho clarito, aún hoy.  

Yo tenía unos once años, vivía con ellos, mis abuelos, y mi bisabuela, madre de mi abuelo y suegra de mi abuela, estaba a punto de mudarse con nosotros. Aquella mudanza fue todo un drama, con sus actos, capítulos y escenas, aunque en ese momento no me lo parecía: los niños a veces son así, absorben el drama con naturalidad, o más bien parecen hacerlo, siguen comiendo, o jugando, o leyendo, o haciendo la tarea, mientras el mundo se desmorona a su alrededor, y el trauma, cuando lo hay, se les agazapa en algún recoveco interno y espera algún otro momento, alguna otra etapa, para develarse  (y desvelarnos). 

Recuerdo a las dos hermanas de mi abuelo. ¿O eran tres? Una sonreía a veces, la(s) otra(s) no. Nunca las visitábamos, y ellas tampoco nos visitaban a nosotros. Casi ni las veíamos. Pero en esta saga fueron importantes, y las recuerdo dos o tres veces, en la sala de la casa.  Subían la voz. No recuerdo lo que decían pero sí que parecían estar muy molestas con mi abuelo. 

Ahora, claro, me doy cuenta de que el drama era bastante común y hasta vulgar: mi bisabuela estaba anciana, mis tía-abuelas estaban cansadas de cuidarla, y mi abuelo–quien había sido siempre el hijo favorito, mimado y favorecido–se había estado zapateando la responsabilidad. Ahora le tocaba. 

Lo que significa (y esto también era y es muy común) que le tocó no a él sino a su esposa. Como mujer, era ella la que tenía que cuidar de mi bisabuela, su suegra, la encantadora anciana que todavía llamaba a mi abuelo sesentón “hijito adorado”, leía el periódico con lupa y se mecía largamente en el sillón de la marquesina.

Me enseñaron a llamarla “Abuelita Carmen”. Al principio era bastante autosuficiente: se duchaba sola (tal vez con el apoyo de un brazo, el de su nuera, mi abuela, para entrar y salir de la ducha), se vestía sola,  usaba el baño y le decía “no” al pamper

Cuando supe que se mudaría con nosotros, llena de entusiasmo ofrecí compartir mi cuarto con ella. No lo hacía por generosidad. Era todo parte de una elaborada fantasía, un collage de libros y películas, donde me imaginaba una vida muy linda con una viejita en mi habitación, seríamos amigas, sí, nos haríamos trenzas en el pelo, me regalaría sabidurías milenarias, yo le leería novelas en voz alta cuando su vista fallara, cosas así.  Mi abuela me dio las gracias, y me dijo que al principio usarían el cuarto vacío, el cuarto que había sido de mi papá, y que en su momento, cuando fuera necesario, la mudarían al mío para que no durmiera sola. 

Abuelita Carmen se despertaba antes que el sol, y me despertaban a mí sus pasos inconfundibles, arrastrando un poco las zapatillas, camino al baño, pasillo abajo. En casa (como en casi todas las casas clasemedieras de los ochenta) compartíamos un solo baño (eso de los “master bathrooms” vino después) y su lenta peregrinación matutina me obligaba no solo a despertar sino a esperar. Habían pasado ya algunos días, o semanas, de su estancia allí, cuando me topé con el primero de una serie de problemas: el asiento del inodoro lleno de orín, un orín que olía distinto, que olía a edad y enfermedad. Vomité y desde entonces, traté de despertar yo primero, para usar el baño antes que mi bisabuela, cuyos pasos matutinos ahora me causaban horror. Surgió una especie de competencia. Nos levantábamos, ambas, cada vez más temprano. Se instaló entre nosotras cierta desconfianza. Me acusaba con mi abuelo de agresiones bobas e imaginarias, como esconderle las llaves o apagarle la tele. Yo alternaba entre hacerle compañía y evitarla por completo. 

No me pasaba por la mente el esfuerzo que esa larga caminata representaba para la viejita, o que probablemente trataba de despertarse antes que los demás para molestar lo menos posible. No me fijaba ya en su pelo, en su melena larga y plateada, una cabellera gruesa y sedosa que ahora pienso parecía pertenecer a una mujer mucho más joven y que ella misma trenzaba y amarraba en un moño alto como parte de su rutina mañanera.  

Solo me fijaba en mi propio horror. Y recordé con espanto la oferta que le había hecho, a través de mi abuela. Entendí que debía retirar la invitación para compartir cuarto a como diera lugar o sería muy, muy infeliz. 

Se me ocurre ahora que quizás no hacía falta que dijera nada, que mi bisabuela ya estaba instalada, pero en aquel momento pensé que mi papá regresaría, o que el cuarto haría falta para alguna otra cosa,  y que entonces me la encasquetarían a mí…Así que le dije a mi abuela (asustada, con vergüenza) que había cambiado de opinión, que por favor no la metiera en mi cuarto. 

Pocas veces la vi tan furiosa. Hipócrita, me dijo. Hipócrita, repitió. Dos veces, escuché la palabra entonces, y hoy me visita de vez en cuando, en su voz, en su rugido menudo y poderoso, acompañada de sus ojos de fuego y miel. 

A medida que escribo, algo va cambiando. No cambian los hechos, o el contorno básico de la narrativa. Es otra cosa. Pasa que empiezo en la sensación de antigua vergüenza, en los ojos y la voz de mi abuela diciendo “hipócrita”, en esa aversión que de niños les tenemos a veces a los viejos, y de pronto escucho, como si fueran nuevos, los pasos difíciles de mi bisabuela en la oscuridad del pasillo,  y se me ocurre que si no la estudio un poco, si la dejo en simple insomnio, la historia de mi vergüenza trivializa la experiencia de esa mujer orgullosa que se encuentra, de repente, reducida y desubicada, que adora a un hijo que no le hace mucho caso, que recibe cada madrugada como un aviso o presagio del fin. Trivializa además la mía propia, la de esa nena que es egoísta no por maldad sino por miedo, que hoy es una señora que ama y extraña a un hermoso país que se derrumba, una señora que a veces no duerme. 

Los blogueros y las terapistas de la interné, los mismos que validan la “normalidad” de mis vergüenzas insomnes, me resultan, a la hora de atenderlas, bastante  inútiles. Incluso pueden hasta empeorar un poco la cosa, porque recomiendan medidas como  “comer saludablemente” y “hacer ejercicio”, medidas que me provocan, de inmediato, otra vergüenza (muy familiar) de no estar haciendo bien ninguna de esas dos cosas. La mejor “medida” para mí es, al final, esto que estás leyendo. Porque una de mis vergüenzas recientes y recurrentes se trata, precisamente, de no escribir  lo suficiente. Esa trae consigo el temor de haberme quedado sin cosas para decir, o sin el talento necesario para decirlas bien. Me hace rumiar, empantanada, en temas incómodos e insondables como la vejez, la nostalgia y el exilio. 

Es ahí, en medio de uno de esos pantanos, escuchando de nuevo el insulto, “hipócrita”, y resignada a la ausencia de sueño, que decido acercarme a mi vergüenza con algo parecido al cariño, susurrarle está bien, tú ganas, eso soy yo, de ti estoy hecha. Y la invito a escribir.

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