Hostos. Memoria presente

 En la Zona Colonial de la ciudad de Santo Domingo, capital de la  República Dominicana, se encuentra el Panteón de la Patria. En ese edificio que data del siglo XVIII descansan los restos de personas que han tenido un lugar importante en su historia. El Panteón se encuentra en la calle de Las Damas y muy cerca de la plaza de España. Ese es el lugar en el que ese país honra a los héroes de esa patria.

Allí, invariablemente y como quien ceremonialmente visita su templo, o más apropiado, quien inicia cada visita con un saludo diplomático formal, entraba Alberto en cada oportunidad que tuvimos de visitar esa capital. Y fueron muchas. Apenas nos registrábamos en un hotel que le queda muy cerca, sin hacer otra cosa antes, le acompañaba a ese saludo personal. Distinta a la visita que se hace a un templo, la de Alberto era una visita a una parte de la historia de la isla vecina a la que se sentía hermanado por razones personales, de historia y convicción política, como lo fueron muchas cosas en su vida.

 A ese lugar de honor entrábamos a dar una vuelta, observar los saludos de la guardia permanente en el sitio, caminar por el centro y al final virar a la izquierda para detenernos un rato, a veces en silencio, otras compartiendo su pensamiento sobre Hostos. Frente al lugar prominente donde ese pueblo hermano coloca al puertorriqueño Eugenio María de Hostos. En alguna ocasión coincidimos en esa visita con la fecha en la que los niños dominicanos con una ceremonia formal en el Panteón Nacional celebran la presencia e importancia de Hostos en su país. Es siempre un lugar que conmueve al visitarlo y recordar que nosotros no tenemos uno y sobre todo pensar en el por qué.

En un día como hoy -11 de enero de 2021-, y en otras fechas los escolares, padres y maestros y otros cientos de personas visitan el lugar deteniéndose frente al monumento en su honor. Impresiona estar allí cuando eso sucede y al mismo tiempo nos acompañaba la tristeza al recordar que veníamos de la isla donde nació Hostos, a la que amó, en la que luchó por sacar de la ignorancia y encontrar un futuro mejor y dónde no se le reconoce en su importancia ni sus hijos aún le rinden como pueblo ese honor ciudadano.

Sin embargo, no todo es tristeza porque Hostos se sentía más presente cada vez que aprovechábamos otras celebraciones patrias del país para visitar el lugar donde en ocasiones Alberto se tropezaba con algún compañero de luchas políticas estudiantiles o internacionalistas. En esas ocasiones invariablemente se compartían horas poniéndose al día con los detalles de la política de ambas islas. Hostos sigue reuniendo a muchos, ya sea con sus ideas o con su presencia en la historia de muchos.

Esos días terminábamos felices porque en cierto modo sentíamos, que además de participar de unos encuentros y abrazos del entusiasmo, remirábamos las ideas que permanecen de distintos modos en nuestras identidades. Queríamos pensar y quiero pensar que en las coincidencias en la historia y en el presente, la hermandad y los afectos que nos amarran a los tres en lo común, esas ideas muy materiales antillanistas que se ven y se sienten, son las que posibilitan el alcanzar los sueños de estas tres islas. Funcionan además como definición central de lo que somos y queremos ser, y que siguen vivas.

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