Hostos y los desastres naturales

Por Orlando José Hernández

 

El puertorriqueño Eugenio María Hostos presenció el temblor de tierra de 1873, en Chile, mientras vivía en ese país austral, y escribió una crónica sobre el mismo para la prensa chilena. Hostos contaba entonces 34 años, se dedicaba al periodismo y había estado en Chile desde diciembre del 1871, donde se había desempeñado como redactor del periódico La Patria, de Valparaíso. Su apellido carecía de la preposición “de”, que la familia añadiría después de su muerte en 1903. Y aunque aún no era educacionista—como se decía entonces—, la educación era un tema que le interesaba y al que había dedicado no pocas páginas. Precisamente en Chile, había dictado unas semanas antes sus provocadoras conferencias sobre “La educación científica de la mujer”. 

El evento sísmico, que se conoció también como El Terremoto de La Ligua y Petorca, nombres de los lugares más afectados, fue un movimiento telúrico registrado en la madrugada del 7 de julio de 1873, a las 2:26:20 de la mañana, que afectó la zona central de Chile. Según estimados tuvo una magnitud superior a los 8,0 en la escala Richter. Como resultado de este, las pérdidas humanas y daños a la propiedad fueron considerables. En las ciudades de La Ligua y Limanche destruyó más del 50% de las estructuras. En todo el país murió un total de 106 personas, 304 quedaron heridas y hubo más de 5.000 damnificados. Al parecer el temblor se sintió también con gran fuerza en Santiago, la capital de Chile, y en Valparaíso, segunda ciudad y entonces el puerto principal, aunque sin mayores pérdidas en esas dos ciudades. El movimiento llegó hasta algunos puntos en el Perú, con un leve maremoto en el Callao. 

Benjamín Vicuña Mackenna, que era entonces el intendente, o alcalde, de Santiago, ofreció sus impresiones sobre el suceso en su Ensayo histórico sobre el clima de Chile (1888): No presentaba el año 73 ningún fenómeno anormal en el desarrollo de su invierno, cuando, al amanecer del 7 de julio, en el corazón de aquella estación y encapotado el suelo en una espesa niebla, comenzó a temblar en Santiago con una violencia tan extraordinaria, que produjo un general espanto en la ciudad. En` Valparaiso hubo personas que murieron materialmente de terror, y entre otras la esposa del señor notario Iglesias. Duró el remezón, o más propiamente, la serie de remezones que en tropel se sucedían, cerca de un minuto […] (p. 254).

Hostos escribió una crónica con formato de carta al redactor, que se publicó en el periódico La República, de Santiago (edición del 15 de julio del 1873) en la que se describe el sismo y sus efectos físicos y sicológicos:

Va/paraíso, Julio 12, 1873.

Querido amigo:

Esta tierra no da para sustos, y si ha de continuar temblando, creo que me veré en la necesidad de emigrar más lejos para ponerme a salvo.

Perseguido por los fríos insoportables de esa capital, me trasladé a este puerto donde el clima, siempre benigno, me aseguraba una agradable residencia; pero la tierra se ha puesto por acá demasiado ligera y saltona, hasta el extremo de amenazar nuestras vidas.

El temblor del 7 y los pronósticos de las beatas, han producido un terror y un espanto indescriptible, y como a juicio de muchos la cosa no ha terminado aún, hay una desconfianza y zozobra que cada cual se la pinta con los colores que le place a su imaginación.

Es verdad que el temblor del 7 ha sido un verdadero fenómeno que no todos pueden explicarlo. Aparte del ruido sordo y subterráneo, verdaderamente aterrador, que le precedió y siguió, tuvo un triple movimiento perfectamente sensible y bien marcado. Principió por un sacudimiento recio vertical, en seguida hubo un movimiento más recio aun horizontal en dirección de sur a norte, y en seguida un movimiento de rotación circular que hizo cambiar de colocación a muchos objetos sin perder su puesto ni derribarlos, a pesar de haber arrancado algunos de su puesto fijo a que estaban adheridos. En este se ven cosas muy singulares y dignas de notarse: así, por ejemplo, la estatua de Cochrane ha hecho una conversión sobre la izquierda, a pesar de los pernos de fierro que la afianzan a su base; en el cementerio varios monumentos han hecho igual conversión; varios tubos y chimeneas salientes de los edificios han realizado idéntico movimiento; pero el más curioso de todos, es el del cuartel de policía, que tiene sobre sus terrazas superiores dos o más columnas gruesas de cal y ladrillo como de metro y medio para dar salida al humo. Estas columnas son ochavadas y el temblor cortó una como a doce centímetros más arriba de su base y la hizo girar hasta dejar los ángulos en la mitad de los ochavos sin desnivelarla ni hacerle perder la perpendicular.

Lo mismo ha sucedido en Limanche y Quilota, pueblos que están semi-arruinados, como hemos tenido ocasión de verlos ayer que me trasladé con otros amigos llevados de la curiosidad. En Limanche ha habido puntos en que se han abierto anchas grietas en la tierra, de las que ha salido a borbotones y con abundancia agua turbia, que por la fuerza con que salía, levantaba hasta un pie sobre la superficie de la tierra. La hermosa maestranza del Estado ha quedado en completa ruina, porque si bien algunos e los talleres no han caído, han quedado inútiles sus muros y techos por rasgaduras enormes y roturas, de las que no han escapado ni los cimientos mismos.

Por fin, parece que los sacudimientos de la tierra, que no han cesado hasta hoy, darán paso a la lluvia, pues el barómetro y el aspecto de la atmósfera nos anuncia su aparición en pocas horas más. Un bien muy grande sería que la lluvia concluyese con los temblores, porque así se restablecería la tranquilidad perdida aun para los caracteres más despreocupados y los espíritus más fuertes.

[…] 

Perdone no haya contestado antes su carta de Ud., porque los temblores me tenían tan tímido, que no podía tomar la pluma con tranquilidad.

Su amigo,

H. [Hostos]

Hostos trata otros asuntos en esa misma crónica, pero la cierra reconociendo el efecto inquietante que le produjo la experiencia sísmica. En la última oración reconoce abiertamente el impacto sicológico que tuvo el terremoto en su persona y que no le permitió “tomar la pluma con tranquilidad” durante varios días. Los puertorriqueños del área Sur y del resto del país que en las últimas semanas han padecido problemas emocionales y temores ante la amenaza de que continúen los temblores deben sentirse acompañados por esas declaraciones que son de una honestidad absoluta y un simple testimonio de la vulnerabilidad humana.

En la crónica se menciona un viaje de reconocimiento que hizo Hostos con algunos amigos a la zona afectada por la catástrofe. No fue la única vez que Hostos demostró su gran curiosidad científica por los fenómenos naturales. La lectura de Charles Darwin, traducido al francés por Clemencia Augusta Royer en 1865, a los pocos años de publicado El origen de las especies (1859), fue significativa en la formación científica de Hostos, quien también leyó los trabajos del ecologista pionero John Muir, fundador del Sierra Club en los Estados Unidos.

Narra su hijo Bayoán Lautaro, en el libro Eugenio María de Hostos íntimo, el modo como su padre salió en medio del huracán de San Ciriaco, uno de los más devastadores que ha sufrido Puerto Rico, en la noche del 7 de agosto de 1899, y que tuvo vientos estimados en 140 millas por hora y oficialmente causó más de 3,000 muertes. Para ese tiempo vivía Hostos con su familia en el edificio de la Estación Agronómica de Mayagüez, desde donde dedicaba esfuerzos al Instituto Municipal de esa ciudad y a organizar la Liga de Patriotas. Cuenta Bayoán la fascinación de su padre ante el fenómeno que azotaba la Isla:

¡Qué noche! Mi espíritu se había sacudido tanto… ¡Qué extraordinario espectáculo! Parecía que el mundo se desplomaba sobre nosotros, y que desapareceríamos de él, de un momento a otro. Oscuridad por todas partes, lluvia incesante, viento de velocidad estupenda, crujir de puertas, crepitar de techumbres, ríos de agua en las calles, lagunas en los patios, intranquilidad, susto, expectación. Nada parecía conmover su espíritu imperturbable sino el fenómeno mismo.

¡Al día siguiente qué cuadro de desolación y qué tristeza!, árboles derribados por el viento, casas destechadas, familias enteras sin abrigo, campos talados, ríos desbordados y el viento aún soplaba con desenfrenada velocidad. Todavía el ciclón no había pasado, pero mi padre no pudiendo reprimir su curiosidad se salió al patio de mi casa en momentos en que mi madre le observaba. Él, con la ingénita despreocupación de un niño, y exponiéndose a inesperados golpes del zinc de los techos vecinos, que volaban como hojas de papel, permanecía a campo raso. Mi madre, sin poderse contener y presagiando el peligro que corría él, le dijo: “Hostos, no seas imprudente, ¿no ves el peligro inmenso que te rodea?“ Mi padre contestó con una sonrisa bondadosa: ‘“Inda, no seas buena, déjame gozar este maravilloso espectáculo…”

Establecida la dimensión de la catástrofe, la curiosidad de Hostos tomó un cariz muy distinto y se convirtió en pesadumbre, como evidencian las cartas que envió a sus colaboradores y amigos de Juana Díaz, donde se formó el primer capítulo de la Liga de Patriotas. Pero como habría de observar Hostos durante los 18 meses que pasó en Puerto Rico a partir de setiembre del 1898, los desastres producidos por el colonialismo español y el estadounidense y por nuestras líderes políticos habrían de causar más estragos a nuestro país y a nuestra gente que los desastres naturales.

Orlando José Hernández (ohernandez@hostos.cuny.edu) es investigador de la obra de Hostos y co-facilitador del taller “Hostos luchador por las libertades y derechos”, auspiciado por la Comisión Nacional Conmemoración Hostos 180, Inc.