Islas en venta

 

Por Laurie Garriga / Especial para En Rojo

En los últimos días se han publicado noticias que especulan sobre la posible transacción de compra y venta de Groenlandia. El presidente Trump, no sé sabe bien si a nivel personal o en representación de su gobierno, ha mostrado interés por la inmensa isla del Ártico, en principio, y según en su escueto comentario, porque se trata de una ganga inmobiliaria.

La reacción general ha sido burlarse, ignorar o darle pichón a sus comentarios. El premier de Groenlandia y la primera ministra de Dinamarca lo han despachado y han dicho que el interés del presidente es “absurdo”. La isla, región autónoma pero ligada al reino de Dinamarca, “no está a la venta”.

Algunos medios nos recuerdan que la empresa de comprar territorios que “pertenecen” a otros países no es tan extraña para Estados Unidos. Y, para refrescar las memorias porosas y esos datos que se olvidan en la clase de historia, evocan la adquisición de Louisiana (Francia) en 1803, de Alaska (Rusia) en 1867, y las ‘Antillas Danesas’ (Dinamarca), renombradas U.S. Virgin Islands, en 1925. Las tierras invadidas no aparecen en la enumeración.

Las relaciones tirantes entre China y Estados Unidos han llevado a especular que el interés por comprar –o hacer el aguaje de– Groenlandia radica en los ricos depósitos de metales raros o tierras raras (“rare-earth metals”)1 que posee la isla y que son utilizados en computadoras, celulares y carros eléctricos. El gobierno norteamericano podría estar buscando otros suelos y otros suplidores de donde adquirir estos metales que han sido provistos por empresas chinas (en la minería de su país) o por su explotación de suelos africanos.

El poder especulativo que ha levantado la riqueza de la minería groelandesa ha generado divisiones locales. Hace cinco años el parlamento de la isla levantó la prohibición de la minería de metales raros que había estado vigente por casi 30 años. En aquel momento, se justificaba la acción porque generaría empleos e impulsaría en una “economía verde local”. La premier de entonces argüía que Groenlandia no debía ser una víctima pasiva del cambio climático, al cual es especialmente vulnerable.

El censo indica que en Groenlandia habitan unas 50,000 personas, cuyos asentamientos se distribuyen en varios pueblos costeros. La mayoría son de origen inuit y un porciento menor, europeo. La isla, la segunda más grande del mundo luego de Australia, es, como Puerto Rico, un archipiélago. Tiene una red de islas circundantes, fauna, flora y glaciales directamente susceptibles al impacto del calentamiento global.

El lenguaje periodístico me ha parecido escalofriante. Al recordarnos, sin querer queriendo, del expansionismo estadounidense y la disposición que han extendido los países poderosos del mundo para aplacar antojos suyos y de aquellos, parecen ahondar en la retórica del hambre implacable de los lobos feroces o tal vez de los buitres que andan sueltos y pisándose los talones. Si no es Trump, será otro autodenominado “desarrollador” que se aproveche. Groenlandia debilita leyes y se hace parte del juego queriendo tener agencia y protagonismo. Está por verse si ha generado un impacto laboral local beneficioso a largo plazo o si ha podido detener, en algún grado, el calentamiento global con este tipo de economía y empresarismo “verde”. No ha faltado tiempo para que en el área suroeste de la isla se iniciasen operaciones mineras por parte de compañías extranjeras.

¿Nos suena de algo? La historia reciente de Puerto Rico está plagada de laxitudes que han sabido seducir al buitre foráneo. Este tipo de actitud de ‘agarra y gana’ ha generado también una especie endémica de chupacabras que, por ejemplo, desde sus puestos públicos debilita el mapa de calificación o uso de terrenos y con su demagogia paternalista dice que es para nuestro bien, una oportunidad de crecimiento y de expansión económica. O en palabras de Trump, que se trata de una ganga. Pero en esta época pos936, de Armagedón climático, posMaría, posJunta, en una isla llena de ruinas, en esta época de desenmascarar las ramificaciones de la corrupción y sacar a gobernantes y sus gabinetes, ¿cuál es la ganga? ¿cuál es la ficción de desreglamentar más terrenos y costas sin apenas consultar a sus ciudadanos? Ya sin la ilusión del cemento o de la prosperidad de hace décadas, ¿se trata de un ‘repeat performance’ de fanáticos perdidos?

La semana pasada leía un ensayo de una historiadora puertorriqueña cuyo epígrafe, atribuido a Ángel Rivero Méndez, me parece que viene a cuento. Escrito a principios del siglo pasado ahonda sobre sus preocupaciones por la isla de Puerto Rico en medio del destino manifiesto gringo leía: “Las islas en las grandes crisis de las guerras y cuando llega la hora de pagar indemnizaciones… son el menudo, los nickels que llevan las grandes naciones en los bolsillos”. Me pregunto, ¿a cuáles Trumps locales o extranjeros nos debemos ahora? ¿En los bolsillos de quiénes estamos? ¿Cuál es el nuevo-viejo eslogan? ¿A cuál crisis venidera nos suscribimos?