Juan Ramón Jiménez ¿Qué diría hoy de la Universidad?

 

Por Rafael Acevedo/En Rojo

Han pasado muchos años desde que la Escuela Normal en Fajardo que comenzó en septiembre de 1899 con 20 alumnos. La invasión norteamericana, por supuesto, incluye una visión educativa que sirva a sus intereses. Esa escuela de Fajardo es el germen del desarrollo de una universidad que se establece cuatro años después. Sobre ello nos comenta Rafael Aragunde:

Como toda Universidad, la Universidad de Puerto Rico le debe su nacimiento a eventos extrauniversitarios. Su fundación en el 1903 y sus primeros años de existencia son reconocidos como actos del gobierno estadounidense que atendiendo su proyecto de expansión de la educación elemental en Puerto Rico, necesitaban de la preparación de maestros y maestras. De modo que cuando se funda, el único departamento que operaba era el que preparaba pedágogos. ( Sobre lo Universitario y la Universidad de Puerto Rico, p.96)

En su primera década de existencia la Universidad de Puerto Rico, que para los efectos prácticos seguía siendo una Escuela Normal, contaba con solo dos profesores puertorriqueños en una facultad de treinta y cuatro profesores. A mediados de su segunda década comienza de una manera más organizada y programática, una universidad “panamericana”. Su impulsor era el rector Por otro lado, en 1925, bajo el rector Benner se traen ilustres profesores del exterior, particularmente del mundo hispánico. La cantidad de profesores estadounidenses se va reduciendo y se establece en 1927 el Departamento de Estudios Hispánicos, abriendo surcos al desarrollo del estudio de la literatura puertorriqueña.

La visión del rector Thomas E. Benner planteaba una institución que sirviera de puente cultural entre las dos Américas. Para Eugenio Fernandez Méndez (La Universidad Pan­Americana, 1975) son Benner y Antonio R. Barceló los ideólogos principales en difundir esa estrategia. Se trataba, a fin de cuentas, de dos pueblos que eran similares “el uno por la bandera, el otro por la sangre. ” y la isla, hasta geográficamente, estaba en el justo medio.

Ya en la década de los ’40 el Partido Popular Democrático se transforma en la máquina que reproduce el discurso de ese puente entre dos mundos a partir de un aparato administrativo moderno como el ELA.

En medio de ese entramado ideológico me parece ver al poeta Juan Ramón Jiménez. Vinculado a Puerto Rico por sus amores juveniles y por su matrimonio con Zenobia Camprubí Aymar -hija de una puertorriqueña- logra venir a la isla en 1936 como conferenciante para asistir a la publicación y distribución de un libro suyo en las escuelas. Conoce la Universidad. Poco después se traslada a Cuba, a Washington, Miami, hasta su regreso definitivo a Puerto Rico. En la isla ] vivía -abatido por la muerte de zenobia- cuando en 1956 recibe el Premio Nobel de literatura. El rector de la Universidad de Puerto Rico, Jaime Benítez, viaja a representarlo.

Si revisamos Isla de la Simpatía en su frescura fragmentaria, encontraremos varias instancias en las que el poeta se refiere a la Universidad de Puerto Rico con entusiasmo y agradecimiento. No deja de llamar la atención, sin embargo, que el bardo asume el discurso del panamericanismo con convencimiento. Adjunto, como ejemplo, una larga cita que un diálogo para La Prensa en 1953:

1. Pregunta: ¿Qué opinión tiene usted de la contribución de la Universidad de Puerto Rico al desenvolvimiento cultural no ya de la propia Isla sino también en el Continente?.

Respuesta: La Universidad de Puerto Rico y su compañera la de Miami, creo que pueden contribuir de modo muy particular al problema de la cultura continental americana. Aunque lo he escrito ya varias veces, repito que cada continente tiene un alma corrida y esa alma tiene muchos escondrijos. Puerto Rico y La Florida son dos fronteras de intercambio; y a los estudiantes americohispanos les es más fácil venir a una de estas dos universidades que a otras. Este aflujo de estudiantes hay que cultivarlo en Puerto Rico.

Cuando nosotros estábamos en Miami, nos preguntaban amigos nuestros de New York:«¿Cómo están ustedes en una universidad tan nueva como la Miami? ¿No estarían mejor en la universidad histórica del Norte?» Yo les contestaba que en una universidad nueva había mucho más que hacer que en una selecta, y que para mí lo que cuenta en todo lo de esta vida es el campo de ilusión que cada cosa pueda ofrecerme. Pues lo que decía yo de la Universidad de Miami, lo digo de la de Puerto Rico. Aquí hay mucho campo. No es ésta una universidad para parásitos de la tradición. Yo puedo recibir de ella tanto como puedo darle, es decir, mucho. Los estudiantes puertorriqueños son extraordinariamente dinámicos y le obligan a uno al dinamismo.

2.Pregunta: ¿Qué papel cree usted que debe desempeñar la Universidad de Puerto Rico en estos momentos, o cuál sería el fin que debía fijarse en el futuro?

Respuesta: La Universidad de Puerto Rico, por la doble población puertorriqueña y norteamericana de la Isla de la Simpatía, nombre que yo le doy a Puerto Rico, puede sumar una cultura doble que puede influir sin duda alguna en el continente tanto como en la Isla y tanto en toda Americohispania, como en todos los Estados Unidos. Ya los Estados Unidos reciben una gran influencia de la pintura mejicana, por ejemplo. Y en cuanto a la influencia de toda la música popular americohispánica y de su danza, todos los Estados Unidos están llenos de ella. Si una puertorriqueña se casa con un norteamericano, ella lo humaniza; y si una norteamericana se casa con un puertorriqueño, él la diviniza. En los dos casos los norteamericanos queda exaltado. Como es sabido las mezclas humanas diferentes dan siempre en el hombre como en los demás animales, los mejores resultados, y en este caso el trópico tiene mucho que dar.

El hecho de que esta Universidad tenga un Rector tan decidido, vigilante y ambicioso es de gran importancia para Puerto Rico. La Universidad es la institución más importante de la isla. Salvada la situación política razonablemente, con el mutuo respeto de profesores y alumnos, la Universidad sería un verdadero oasis de unidad gozosa. La gente de Puerto Rico es abierta y comunicativa, y una universidad está hecha siempre de vasos comunicantes.

3. Pregunta: ¿Desearía usted hacer alguna manifestación acerca del Cincuentenario de la Universidad?

Respuesta: Es indudable que en sus cincuenta años de vida, la Universidad de Puerto Rico se ha desarrollado de una manera sorprendente. Eso lo puedo decir yo porque la vi en 1936. A mí me gustó estar en ella. Todos mis deseos encuentran eco inmediato en el rector, en los profesores y en los estudiantes que conozco. Quise hacer una páginas literarias de los estudiantes en al revista suya y ahora necesito ya doble cantidad de páginas. Propuse unos cuadernos de cultura y cultivo para los estudiantes también, y ya se están imprimiendo los primeros. Indiqué la necesidad de aumentar el museo universitario con salas dedicadas a buenas reproducciones de obras maestras de la pintura y la escultura universales, y ya vienen de camino los primeros cuadros y esculturas. Mi seminario sobre el siglo Modernista, me deleita porque tengo un público encantador. Además, y esto en principalísimo, la Universidad de Puerto Rico es una de las más limpias que yo conozco, y da gusto ver a sus estudiantes llegar por la mañana al campo universitario, tan vistosos, alertas y sonrientes. Y sea dicho de camino, ¡qué muchachas tan simpáticas! (En cuanto a los muchachos ellas lo sabrán). Todo es alegría y felicidad entre ellos.

A mí me parece que después de diez años, la Universidad de Puerto Rico, si los profesores quieren, puede ser una de las primeras de Americohispania y una de las mejores de los Estados Unidos.

Puerto Rico y Miami como fronteras de intercambio. Salvada la situación política “razonablemente” con la fundación del Estado Libre Asociado la universidad es el espacio para el desarrollo de esa “cultura doble” con la que parece hacer paráfrasis de Benner y Barceló.

Solo presento estas palabras de Juan Ramón para iniciar diálogos sobre la Universidad y su proyecto. La mirada prospectiva del premio Nobel fue optimista. Quería Juan Ramón, y ‘si los profesores quieren” que se convirtiera la institución en una de las primeras de Americohispania y una de las mejores de EEUU”. No puede dudarse que la UPR alcanzó niveles de excelencia a pesar de que sufrió el lastre de la política partidista. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en lo que diría hoy Jiménez sobre la Universidad. O sobre los efectos y resultados de ese modo de entender la importancia de la institución. ¿Qué papel desempeña hoy la Universidad de Puerto Rico para los intereses de la clase política que administra el país? ¿De qué modo ha afectado a su permanencia y desarrollo su vínculo absoluto a los vaivenes político partidistas? ¿Cómo han cambiado los intereses de la metrópoli con respecto a la educación de nosotros, ‘los nativos”? Imagino al poeta, lleno de buenas intenciones y honestamente comprometido con el desarrollo de la universidad como proponente de la ampliación de su museo, como conferenciante, educador, fundador y director de revistas, ajeno a los vaivenes de la política insular. Tampoco es difícil imaginarlo condescendiente ante los imperativos de la política norteamericana de convertir a Puerto Rico en esta simpática colonia en el Caribe preparado científicos e intelectuales que sirvan de puente entre dos culturas. Pienso en estas cosas mientras comienza un semestre en el que no sabemos con certeza qué pasara con esta institución que ha sido atacada duramente por intereses que nada tienen que ver con educación, ciencia, pensamiento, sino con pagar deudas en las que incurrió esa clase política que la ha usado de botín.