Julio 1868

 

En el verano de 1868, los preparativos para para un intento de insurrección independentista estaban bien adelantados y efervescentes.

Nos dice el historiador Lidio Cruz Monclova –no independentista– (Historia de Puerto Rico, Siglo XIX, Tomo 1):

Al acrecentamiento y [con]solidación del movimiento revolucionario, que venía desenvolviéndose al rescoldo del secreto, contribuyeron en mayor o menor proporción, diversos factores.

En primer término debe colocarse la persistente labor de propaganda realizada por los revolucionarios. Según las circulares, hojas, volantes, periódicos y proclamas, que resumen sustancialmente su ideología, los separatistas señalaban como razón básica de la independencia, el derecho de los puertorriqueños a gobernarse por sí mismos. Propugnaban que constituyendo Puerto Rico una entidad geográfica, histórica, social y cultural, debía constituir también también una entidad política soberana. Que después de tres y medio siglos de coloniaje, Puerto Rico había adquirido la mayoridad necesaria para emanciparse de la tutela de España. Que si las Trece Colonias norteamericanas se habían emancipado de Inglaterra y las colonias hispanoamericanas lo habían logrado de España, Puerto Rico, con igual derecho, debía y podía hacer lo mismo. Que todos los hombres habían nacido libres. Que los ingleses, franceses, norteamericanos, mexicanos, venezolanos y dominicanos lo eran, y, que ninguno de aquéllos tenía mejor ni mayor derecho para serlo que los puertorriqueños. Que Puerto Rico no debía esperar nada de los gobiernos de España por la ignorancia desdeñosa con que trataban la Isla y mucho menos de los gobiernos de Isabel II, porque estos mismos le habían cerrado las puertas de la representación nacional a los representantes insulares. Que a los puertorriqueños se le habían prometido leyes especiales propias para hacer su felicidad, pero de hecho eran gobernados por los llamados Bandos de Policía y Buen Gobierno que eran precisamente la negación de ese derecho. Que las facultades dictatoriales otorgadas al gobernador en 1825 y todavía vigentes, constituían la máxima expresión de la tiranía. Que la región rentística de la Isla era detestable. Que jamás había existido perecuación o igualdad en los tributos. Que los puertorriqueños vivían en su propia tierra relegados a segundo plano. Que el monopolio económico de España en general y de los españoles en particular, estrangulaba la industria y el comercio nativos. Que el mejor gobierno monáquico español resultaría inferior al gobierno democrático de la República de Puerto Rico. …

Al propio tiempo, los separatistas proclamaban como aspiraciones suyas, la derogación del sistema de libretas impuesto por el general Pezuela a las masas jornaleras y la abolición inmediata de la esclavitud.

Otro factor fue el temporal de 29 de octubre anterior, cuyos deprimentes efectos, sociales y económicos supieron aprovechar los agitadores separatistas.

[Frente al reclutamiento intentado por los independentistas] … los liberales, ratificando su fe en la fuerza de las ideas y en la eficacia de la propaganda pacífica de las mismas, declinaron la invitación, respondiendo que, aparte de la diferencia de aspiraciones entre uno y otro sector, su criterio político preconizaba el método evolutivo y era ajeno a las transformaciones bruscas. [p. 441]