La aparición de Santa Rosa en Lares*.

Romántica novela de amor de la época en que Betances predicaba la Revolución. Letra del himno que para la fecha se cantaba por los conspiradores de Aguadilla.

Por Enrique Méndez Classen

Adiós muchacho; que Dios te acompañe! Nada de locuras, ¿sabes? ¡mucho juicio! Nada de perder la cabeza, ¿oyes? —Nada temas muchacha. Todo por ti, ¿sabes? Lo demás, todo me importa un pito. Adiós.

Extraña manera de despedirse unos amantes, hubiera pensado quien hubiera oído el corto diálogo anterior. Pero ella era así, a gusto de los enamorados; aunque sus padres les habían aconsejado que no se tratasen así, de muchachos.

Y el bravo mozo al decir adiós a su amada, principió a bajar pro la veredita de la pendiente que a la quebrada por ellos tan amada conducía desde el cabezo de la colina en que la muchacha habíase quedado junto a su bohío, mirando estática al joven al verlo partir cuesta abajo.

“—Esta Rosa, iban pensando el joven mientras bajaba, siempre exhalando su perfume. ¡Santa muchacha! Es tan virgen como Santa Rosa, su protectora, la Rosa de Lima y la santa de Puerto Rico, cuyo nombre llevan con tanto orgullo estos lugares.

“—Este Flor, quedóse pensando la joven, al permanecer clavada en la tierra como si en ella se hundiera, es flor que no deja de exhalar su aroma nunca, nunca. Muchacho honrado, caballeroso y bueno, si los hay. Jamás trashoguero, siempre se halla activo en primera línea en toda empresa noble. Es tan cabal y completo como el sano patrón de este pueblo.

Y al decir esto, y como la frondosa vegetación del paraje la impidiera ver a su amado, la joven campesina levantó la vista de la hondonada en que la quebrada perpetuamente bisbisaba algo así como una oración ante el altar de la colina en la que la joven virgen aparecía como una visión celestial, y la fijó e el pequeño pueblo de Lares, el que a tiro de onda desde el hogar de la virgen y sobre otra colina que hacía vis-a-vis con la del hogar de la joven era entonces poco más que un villorrio, allá para la época de esta verídica narración; esto es, hacia mediados de la sexta década del siglo pasado.

Quien hubiera visto a esta pareja de enamorados cuando así pensaban cosas tan bellas el uno del otro, habría tenido que ver que de aquella rosa, que eso era la muchacha a aquella flor, que eso era el muchacho, el arco iris del amor había tendido su maravillosa policromía que aparecer debía ante los ojos del vidente afortunado que les contemplara, cono el nimbo de hostia que ambas almas estuvieran elevando hacia el Dios de todas las grandezas del espíritu.

Bajando, bajando, iba Flor acercándose a la quebrada donde tantas veces había coronado de flores silvestres la adorada cabeza de su amada.

Orando, orando, había quedado la joven en el mismo sitio desde donde viera desaparecer a su amor por entre el boscaje lujurioso de la colina, húmedos sus bellos ojos con el divino rocío de la emoción más pura.

De pronto, y como para que Rosa redoblara el místico ardor de sus preces, el tañido de la campana del Angelus llegó a los oídos de la joven desde la pobre iglesia del villorrio, el que ante la vista de la virgen aparecía como la cabeza de un pajarillo tímido y tembloroso al asomarse al borde de su nido, oculto entre el esplendor de la floresta lareña.

¡Quién te ve hoy, Lares, si hubiera podido verte entonces para contemplarte luego, tres o cuatro años después de esa hora del Angelus en la que Rosa oraba! ¡Qué profunda admiración, qué sublime asombro no hubieran conmovido su alma al ver que aquel pobre pajarillo, trémulo y asustadizo, y apenas sin poder salir aún de su nido, un día de gloria para la independencia de los pueblos oprimidos, había querido trasmutarse en águila caudal, tan sólo por haber sentido en su pecho indefenso la ráfaga del heroísmo ante el anhelo de una patria libre!

Ah…. 1865, año del doliente tañido del Angelus de Rosa; ah! …. 1868, año del grito desgarrador de Lares lanzado al cielo inclemente de su destino ante el desgarramiento de la libertad herida y hollada! Ah… pero, y desde el 68 para acá?… ¡Ah, cuántas flores ya para convertirse en polvo y cenizas sobre el túmulo de esa libertad inalcanzable! y el Fénix de ese anhelo hecho cenizas… ¡cuánto tarda, cuánto tarda aún en desplegar sus alas!

……………………………………………………………………………………………

……………………………………………………………………………………………

Flor estaba ya casi al borde de la quebrada y a ella se acercaba cantando mientras acompañaba su cántico con la guitarra jíbara que en sus brazos llevaba. Una joven que se hallaba proveyéndose del agua cristalina de un surtidor que venía del seno pródigo de la montaña y que se vertía acariciador en la quebrada, al oír el canto del joven huyó arisca a esconderse en el boscaje, para desde él, furtivamente, ver y oír al gallardo trovador que tan hermosamente cantaba a su amor.

Llegado que hubo al borde de la quebrada, Flor, después de beber en una hoja de malanga el agua hialina del mínimo cantarino raudal, hijo del seno de la montaña y hermano secretista de la quebrada, hilo aquel de agua que la gente había bautizado con el gráfico nombre de ‘chorro de Santa Rosa”, (y cuentan que o hubo sacrilegio en el bautismo), sintiendo que su frente se abrasaba en inexplicable ardor lavó su rostro con el supremo líquido que como leche de su opulento pecho le daba la montaña bienhechora a su hija la quebrada, rumorosa de fecunda gratitud. Luego, el animoso joven saltando de piedra en piedra, llegó al borde opuesto de la quebrada y dando el frene a la colina donde había quedado orando su amada, rompió de nuevo a cantar. Y al hacerlo, su mirada recorría dominadora y desafiante el campo al que se enfrentaba su gesto de retardar lanzando al dueño de aquellas tierras en que por desgracia suya vivía su amada.

Y flor cantó así:

Dentro de poco, un domingo,

voy a echar mi gallino

al famoso gallo pava

del dueño de estos dominios.

Ese señor de estas tierras

dice no haber mujer buena…

que no me toque a mi Rosa

si no quié morder la arena.

Que mire bien lo que hará

mi gallino con su pava…

que así mismo yo le haré

si de mi Rosa se alaba.

Al extinguirse la última nota del canto, Flor volvió cara hacia Lares y empezó a repechar la colina cuya vereda había de conducirle a la rasa o llano cimero de la eminencia e que se asentaba el villorrio lareño. Si en aquel momento hubiera vuelto su vista hacia atrás, habría visto como Juana, la joven amiga de Rosa, haciendo aspavientos y repullos salía de su escondrijo en la maleza que se había internado para oírle cantar ¡Cuán lejos estaba el buen muchacho de imaginarse que pronto, muy pronto, tal vez aquella misma tarde había de saber su novia lo que ya bullía en su mente con tonalidades de tempestad!

Aunque Rosa tenía absoluta fe y confianza en la rectitud de los sanos principios de moralidad de Flor, así como en su inagotable bondad que le hacía bien querido por todos, no dejaba de reconocer que el joven tenía en su brillante incólume carácter un lado flaco: el de su pasión por la política. En cuanto a esta noble inclinación de su amado, Rosa nunca pudo hacerle vacilar ni un ápice. “La tria ante todo, Rosa”, le decía él siempre, cortando así, de plano, toda discusión sobre ese punto. Y la joven consciente de la férrea firmeza de patriotismo, se contentaba con decirle deprecatoriamente y con santo ungimiento, cada vez que el amado se ausentaba para un viaje: “mucho cuidado, muchacho, ¿sabes? Nada de locuras, ni de perder la cabeza”. Y esto tenía que hacerlo ella por lo menos dos veces al mes; porque Flor, negociante en varios artículos comerciales muy solicitaos en Aguadilla, hacía frecuentes viajes a aquella plaza llevando a ella tabonuco, café, sogas de majagua para el ganado, etc., todo lo cual lo conseguía en Lares a precios altamente convenientes para su realización en Aguadilla derivando así del negocio pingliies ganancias. Aprovechándose de esos viajes, Flor se ponía siempre en contacto con los patriotas de Aguadilla, que como todos los de la Isla, influenciados ya por la propaganda patriótica de Betances y Ruiz Belvis, comenzaban a entrar de lleno en los preparativos para la acción revolucionaria a que, así lo aseguraban ellos, habrialos de llamar Betances pronto.

En el viaje que había ocasionado la despedida de Flor, según hemos visto, el muchacho había conseguido la letra de un himno revolucionario que ya cantaba secretamente en Aguadilla, y cuya música, por tener el muchacho gran oído y magníficas aptitudes vocales para los cantos populares, se había aprendido con la mayor facilidad.

Como Flor se tardara algo más que lo acostumbrado por él en regresar de Aguadilla, Rosa estaba sumamente intranquila con la tardanza de su amado y sostenía frecuentes e intrigantes diálogos con su amiga Juana, tratando de averiguar por ella algo más de lo que su amiga le había relatado acerca de las copias cantadas por Flor la tarde de su despedida. Una inquietud lacerante le roía las entrañas. No se explicaba no se explicaba ni podía poner claro el desafío de Flor a don Pepín. Don Pepín, joven muy rico, dueño de la heredad donde ella vivía con su padre que era uno de los arrimados de la finca, nunca había tratado de dirigirse a ella reclamándola de amores. La gente lo tenía, no sin razón, por un Don Juan irresistible que no se paraba en pelillos cuando de pescar muchachas guapas se trataba. Pero la verdad era que a ella, no por asomo la había cortejado el ricacho, quizás porque él sabía de las malas pulgas que se gastaba el mozo. Los celos de Flor eran por lo tanto infundados, decía la muchacha. Pero es que don Pepín le tenía ojeriza a Flor. ¿Por qué? A ella le había dado a entender que todo era por mor de la política. Don Pepín era hijo de un noble español, amigo desinteresado de los puertorriqueños, que al morir había dejado a su hijo único una cuantiosa fortuna en tierras y otros valiosísimos bienes. Y la gente decía que el hijo no se parecía al padre en nada que se refiriera a nobleza de sentimientos. Si su padre se había granjeado el afecto y amor de los puertorriqueños por la defensa que de ellos siempre hacía, su hijo era enemigo de sus paisanos. ¡Dios solamente sabía por qué!

. . .

Perdida en un mara de amargas conjeturas, Rosa esperaba ansiosamente el retorno de su amado para aclarar con él el enigma en que se debatía desolada. Por fin llegó el día en que pudo tenerlo otra vez a su lado. Pero nada en claro pudo sacarle al amado que hizo cuanto pudo para tranquilizarla. Ella, sin embargo, llegó a comprender que la política entraba por mucho en la tirria que entre si se gastaban ambos jóvenes. Y Rosa volvió de nuevo a la carga tratando de alejar a su amado de la vorágine de su pasión patriótica. “Eso te perderá Flor, y nos perderá a los dos”, le decía. “Nos perderá ante los ateos de la patria; pero nos salvará ante Dios”, le respondía el muchacho. Fue entonces que el joven para ganarse la confianza y despreocupación de su amada, gran admiradora de la hermosa voz de su novio, creyó oportuno enamorarla para que oyera el himno patriótico que había aprendido en Aguadilla. Accedió la joven a oírlo, no sin cierta zozobra. Flor, guitarra en mano, cantó con el mayor entusiasmo el famoso himno, cuya letra héla aquí. Lástima que el lector no pueda apreciar la música, que era arrebatadora, como obra maestra que era de un insigne pianista y compositor portorrqueño. Y Flor cantó así:

El grito audaz de Lares

resuena en la montaña

y al oírlo resurge

el alma de Aguaybana.

El eco en la montaña,

repite el grito fuerte

que por el indio dice:

o libertad o muerte!

El eco en la montaña,

repite el grito fuerte

que por el indio dice:

o libertad o muerte!

La noble sangre indiana

que el invasor vertiera,

le dice al borinqueño,

que triunfe o que muera.

Así el dolor del paria

que al indio hirió malvado,

en triunfo ora de yergue

en nuestro brazo airado.

La luz de Borinquén

al invasor ya ciega,

y ve el león que es

un sol nuestra bandera.

Y aire, mar y tierra

se unan al riqueño,

para decirle al mundo

que gloria es ya su sueño.

CORO

Arriba, borinqueños;

Arriba cara al sol’

es hora que el verbo sea carne

que al triunfo se ofrezca en loor!

Patriotas arriba, y de cara al (sol,

es hora que alcemos invictos

la patria hacia el triunfo;

y en triunfo el honor”.

Al terminar el canto, Rosa estaba estupefacta. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas como un raudal de perlas sobre la nieve de un blanco joyero; que estuche de preciosidades, y no otra cosa era el divino rostro de la joven. Y un temblor sagrado agitaba su cuerpo entero…Mas… su prometido tuvo que saber muy pronto, para su mal y el de su fervoroso patriotismo, que no era nada de emoción patriótica lo que tan magnificamente sagrado había cambiado de pronto el natural apacible y mago de la virgen. Era que Rosa presentía algo muy poderoso y fuerte que le arrebata a su bien amado; el patriotismo; esa acción y visión portentosa de los cielos que arrebata las almas de entre las miserias de la vida para exaltarlas a soles de la libertad. ¿Qué cadenas habrá que no se derritan al contacto de ese fuego sagrado de lo invisible y la inmortalidad?

Pocos días después en que Rosa pasara por ese para ella tan torturante incidente, había de ocurrir otro que le habría de afectar más profundamente sacudiendo su espíritu de trágica manera. Verdad es que ni por asomo ella podía presentirlo; pero precisamente, tal vez por eso fue más cruel para ella, porque legó a sus oídos agrandado por la voz pública o la murmuración de los desocupados. Fue verdaderamente una desgracia para ella y su amado lo que había ocurrido a poca distancia del villorrio y en el camino que del mismo conducía a Aguadilla, esto es en el sitio llamado “repajo del cementerio”, que en aquella época estaba más cerca del poblado que lo que está en la actualidad. En una jugada de gallos que tuviera lugar en dicho sitio, el gallino de Flor había primero tumbado por la cuerda y luego matado de bomba al pava de don Pepito. Este, encolerizado por su mala suerte, había acometido con un puñal a Flor, el que en defensa propia había tenido que herir malamente al tenorio desgracia en que Flor se veía envuelto involuntariamente, los amigos y partidarios del muchacho lograron llevarse el joven para esconderlo e impedir que así fuera preso por el crimen que forzosamente había tenido que cometer.

Al llegar a oídos de Rosa la terrible noticia agrandada por la vocinglería de los noticiarios piloneros, bien así como bola de nieve al rodar ventisquero abajo, se la había hecho creer por los correveidiles del caso, alarmistas/de oficio, que Flor había dado muerte a don Pepito por mor de los celos.

A punto estuvo la pobre muchacha de morir de pavor. A no ser por Juana, su entrañable amiga, ayudada por otras buenas compañeras de la joven, Rosa hubiera parado en volverse loca. Pero Juana logró convencerla de que no había ocurrido tal muerte; y que sólo se trataba de una riña más o menos enconada entre los dos rivales políticos por mor de una pelea de gallos. Y la buena amiga de Rosa le repetía sin cesar que no creyera que no creyera ninguna de aquellas pajarotas o bolas que le venían a contar los malintencionados que salían de los mentidores del pueblo para venir a intranquilizarla. Y la buena amiga de la infeliz Rosa la explicaba lo que los buenos amigos de Flor habían hecho con él. Y la recomendaba que tuviera calma; que todo se arreglaría para que el muchacho no fuera a la cárcel. Gracias, pues, a Juana, Rosa logró tranquilizarse y se resignó a esperar los acontecimientos.

No tardaron éstos, sin embargo en desarrollarse desventuradamente para ella. Flor había sido hecho prisionero, no sin que lo defendieran valientemente sus compañeros y simpatizadores de la causa patriótica que el muchacho defendía, amigos valerosos del muchacho que le habían hecho frente a los urbanos o chuceros municipales, única policía existente entonces en casi todas las poblaciones de la isla especialmente en las del interior de la misma, los que habían sido movilizados en los pueblos vecinos para acudir a Lares a cazar al peligroso insurrecto como ya se le llamaba a Flor, precursor de Manolo el Leñero del eminente Lloréns Torres.

Horas terribles las que pasó Rosa al cerciorarse de la verdad de la prisión de Flor. Algo, sin embargo, pudieron tranquilizarla sus amigos al jurarle que rescatarían a Flor de las manos de los urbanos encargados de conducirlo a Aguadilla, que no podían ser otros que los chuceros de Lares, ya que los demás habían regresado a sus respectivas localidad. ¿Qué iban a hacer dos individuos armados solamente con chuzos contra ellos provistos de excelentes machetes? Y Rosa se tranquilizó bastante, aunque luego se preguntaba horrorizada: “bueno… y luego qué? Luego se proveería lo necesario, contestaban los juramentados amigos de Flor. Pero Rosa no podía conciliar el sueño.

Una noche, la anterior al día en que se decía que Flor bajaría para Aguadilla, Rosa se revolvía nerviosamente en su lecho en el que le parecía estar en un horno al rojo vivo. De pronto, y mientras clamaba por el auxilio de Santa Rosa, saltó del lecho y silenciosamente salió de su casa. ¿A dónde iba la infeliz? Sin titubear, y sin que se estremeciera por lo que iba a hacer, Rosa se dirigió a la quebrada. Mientras bajaba hacia ella, la joven iba hablando con la santa. Y le decía que solamente iba a refrescar su frente con el agua de la quebrada y a aplacar el ardor de su garganta y pecho con el agua del chorro que también lo llevaba. ¡Oh, si! Ella tenía la seguridad de que aquella agua iba a ser milagrosa para curar el terrible mal moral que la agarrotaba. Si, la santa la curaría de aquella ansiedad cruel. Santa Rosa haría el milagro y tal vez si ella no iba a ser la única que del milagro se beneficiara. Otros también encontrarían la paz del alma en aquellas aguas que la santa iba a bendecir.

Como si la santa estuviera oyendo las súplicas de su devota, Rosa se detuvo absorta, paralizada por un deslumbramiento celeste que ante ella surgiera y en medio del cual se la apareció la bienaventurada portorriqueña Santa Rosa de Lima, que así gozaba de la gloria y de la gracia de Dios. Y Rosa oyó cuando la santa le dijo: “tu fe te salva y lo salvará a él. No dejes que le cambien el nombre a esta agua. Yo las bendeciré en el nombre de Dios”. Y la visión desapareció. Rosa, que de rodillas había escuchado a la virgen, se levantó sintiendo como si en su pecho albergara el poder soberano de los cielos que en aquella hora brillaban sobre su cabeza con los resplandores de la eternidad.

Rosa no sabía que aquel mismo día su amado iba a ser conducido preso a Aguadilla. No obstante ignorar lo que iba a suceder, y a pesar de la promesa de la santa, Rosa sentía, sin que pudiera remediarlo una inquietud agobiante. Por la mañana, el aspecto del cielo, cargado de negros nubarrones hacia el oriente, nuncios de una tempestad que se avecinaba, contribuyó a aumentar su congoja. El aire que respiraba parecía asfixiarla. Hizo un supremo esfuerzo, invocó a la santa y se tranquilizó, a pesar de que el tiempo seguía amenazando con una tempestad. Y sosegada con la promesa de la santa se resignó. Horas más tarde, la tempestad ya rugía en el espacio y sobre la tierra. Mas Rosa no se explicaba por qué se sentía fortalecida como por una influencia divina. Y ella, tan temerosa siempre ante fenómenos atmosféricos de aquella naturaleza, no sintió el menos miedo por el que estaba presenciando. Todo lo contrario; sentía como si una voz interior le aseguraba que toda aquella convulsión de la naturaleza venía a libertarla de las torturas y convulsiones del dolor que su alma había experimentado y tendría aún que experimentar.

Dos días después de la visión que Rosa había tenido, todo el mundo en Lares se hacía lenguas comentando la liberación de Flor a mano de sus amigos. El famoso suceso había tenido lugar durante la tempestad que se había desencadenado sobre aquella parte de la isla, y que había sorprendido en su camino a los urbanos o chuceros que conducían preso a Flor, camino a Aguadilla. Un grupo de amigos del muchacho aprovechándose del pavor de los urbanos ante el terrible temporal, los habían asaltado, machete en mano, y libertado al prisionero. Cuando la noticia llegó a oídos de Rosa, la joven cayó de rodillas, murmurando: “Milagro, milagro, Santa Rosa lo ha libertado”. “La santa cumplió su promesa”. Así lo creyeron todos; y el milagro de la santa corrió de boca en boca, levantando un clamor de bendiciones.

Rosa soñó poco después con la santa, la que le encargó que procurara que no se le cambiara por otro el nombre de la quebrada y el surtidor, porque si tal cosa sucedía, las aguas perderían la virtud curativa que ella les había impartido por voluntad de Dios. Rosa al despertar del sueño, y sintiendo que no habría de volver a ver otra vez a su amado, hizo un voto de castidad y prometió a la santa dedicarse al servicio de la humanidad doliente y a pedir limosna para los pobres y desamparados.

En otro sueño que con la santa tuvo, ésta le dijo que dentro de poco se habría de descubrir de entre la vegetación de aquellos alrededores, una creación o formación natural que había de mostrar al mundo su imagen y que procurara que nadie la alterara o destruyera. Y así sucedió, porque a los pocos días de ese augurio, unos trabajadores que hacían un desmonte por aquellos contornos cercanos al sitio en que la santa se le había aparecido a Rosa, salieron voceando como poseídos de un estupor religioso: “milagro, milagro, Santa Rosa ha dejado su imagen en la piedra: aquí está su imagen”. Y efectivamente, en aquella roca, que todos veían arrobados en transporte religioso, se veía perfectamente un rostro de mujer, creación o formación geológica, tan acaba como si hubiera sido la obra de una mano hábil que hubiera tallado la imagen en la roca que había quedado al descubierto al hacerse el desmonte. Rosa al contemplar la imagen cayó de rodillas exclamando: “Juro ante ti, oh santa bendita, que he de profesar de monja en un convento de la capital”. Así fue. A los pocos días, Rosa salía para San Juan a cumplir su voto.

Un sacerdote al que ella hubo de referirle el milagro, vino a Lares en misión apostólica pocos días después, y en un sermón predicado en la iglesia del pueblo, dijo, aludiendo a la quebrada y al ojo de agua, su compañero, así como la imagen de la roca, que el día en que se les despojara del nombre con que eran conocidos, que era el nombre de la santa, cesarían las virtudes curativas del agua del surtidor, perdiendo así los moradores de Lares el divino beneficio del milagro.

Y a la fe que el cura ese tenía razón porque desde que principió a llamarse a la imagen, “la pastora” a la corriente de las aguas, la “quebrada de los muertos” y al ojo de agua “el chorro de Nicolasa”,…. pues, ¡apaga y vámonos”, “murió el cochino” como se dice vulgarmente, y se fue el milagro a vagar por malas canastas, que es decir por los cerros de Ubeada, dejando con tres palmos de narices a los cerritos de Lares.

También dijo el cura mentao (y esto sí que tenía razón de sobra) que “pueblo que olvida sus narraciones, leyendas, costumbres y rasgos peculiares de su carácter, para adoptar los de gente extraña, es pueblo que está llamado a ver su personalidad caérsele a pedazos de puro carcomida por el comején del exotismo”.

Hasta aquí la leyenda lareña “La Aparición de Santa Rosa”.

Y ahora dos palabras para cerrar estas divagaciones por el campo de los recuerdos legendarios: ese cura tenía razón porque las narraciones y leyendas populares basadas en hechos gloriosos son la historia de los pueblos lo que los afluentes de los ríos; esto es, que sin esos afluentes no entran los ríos al mar, respetados por el mar. Y en el caso de los pueblos, ese mar es la vida de los pueblos; y ese respeto es el respeto de la Historia.

Aplíquese el cuento el pueblo que se salga de su cuento, que es como salirse del cuadrante. Y que aproveche la lección.

* Leyendas Puertorriqueñas, publicado en el periódico EL MUNDOel domingo 24 de abril de 1938 .

Artículo anteriorMiel que me das: “De fiesta” – Anacreonte
Artículo siguienteCuba celebrará XIIIConvención Internacional sobre Medio Ambiente