La democracia es un bolero o el lloriqueo de las primarias

Por Rafael Acevedo/En Rojo

Ustedes tienen que haber leído en decenas de ocasiones a alguna gente que desconfía del proceso electoral en Puerto Rico. Otras decenas de veces tienen que haber escuchado, leído y hasta vociferado ustedes mismos que en la hija del mar y el sol no hay democracia. Yo lo he hecho. Es que cada vez que me entero de que alguna mente preclara afirma en algún lugar -preferiblemente las redes sociales- “que en las primarias del 9 de agosto se erosionó la democracia” pienso en la invasión del General Miles, en Blanton Winship, en la constitución del ELA, el Congreso de los EEUU, en Natalie Jaresko, en el comodoro Brown, en el juramento de Pierluisi en el verano del ’19 y no sé si reírme o llorar hasta que se erosionen mis mejillas como en el poema en el que Salicio y Nemoroso se lamentan dulcemente disfrazados de pastores.

En El despertar de la historia, Alain Badiou propone que aceptar los mecanismos formales de lo que hemos dado en llamar democracia es una ilusión que impide una verdadera transformación radical en las relaciones capitalistas.  No voy a entrar en una discusión filosófica sobre la proposición de Badiou porque él es francés, profesor emérito de la École Normale Supérieure, y van a pensar que soy un parejero. Pero me gustaría detenerme un poco en la cuestión de la ilusión.

Cuando se habla de democracia en Puerto Rico escucho como fondo musical un bolero de Héctor Urdaneta interpretado por el incomparable Gilberto Monroig, “Simplemente una ilusión”.  La palabra ilusión viene del latín illusus, participio del verbo illudere (burlarse, mofarse). Se forma -mediante prefijo- del verbo lúdere (jugar).  En el español contemporáneo tiene al menos dos acepciones que bailan bolero pegadito con engaño y esperanza. Sin embargo, seamos sinceros, después de tantas décadas en ese ejercicio formal de elecciones, primarias, referéndums y plebiscitos ¿quiénes son ilusos? ¿quiénes son ilusionistas? ¿qué es ilusorio?

A estas preguntas filosófico-políticas las enfrento con algo de poesía, que para mí es un modo de reflexionar que se aleja de los límites del lenguaje cotidiano y del científico:

La angustia de querer salvar la brecha

entre una pregunta y una respuesta.

La respuesta nunca contesta la pregunta.

Encontramos más placer en la angustia que en el falso sosiego de la respuesta.
Actuamos como si llegáramos a algún sitio 
pero sabemos que regresaremos a la incertidumbre.
¿Quién puede vivir sin angustia?

¿Qué quiero decir? Que no creo que haya muchos ilusos sino más bien muchos que no se atreven a aceptar la realidad, la testarudez de los hechos. Del mismo modo que el discurso del bolero, en el que el hablante se niega a aceptar la irreparable pérdida del amor -la certeza y la estabilidad- elaborando esta fantasía de que el objeto amoroso volverá y se restablecerá el orden erótico afectivo -o las desiguales relaciones de poder- los ‘electores’ prefieren asumir la ‘ilusión’ democrática porque les provee una relativa sensación de estabilidad. Sabemos que la clase política es una recua de ilusionistas.  Sabemos que cuando individuos como Pierluisi, Vázquez, Bhatia, Rivera Schatz u otros de esa ralea hablan de un atentado contra la ‘democracia’ están señalando el fin de una precaria dominación. Lo que les incomoda es que no supieron mantener intacta la ilusión de poder. Y la ‘oposición política’ se esmelena (se desmelena con esmero) porque no tiene la capacidad -o la urgencia-  de  crear nuevos sortilegios adecuados a nuestra situación política.  Cuando milicianos del proceso electoral como Edwin Mundo aparecen en cámara exasperados ante la pérdida de su negocio personal nada esencial ha sido erosionado, nada ‘democrático’ se ha visto lesionado. Solo ha sufrido un poco el negocio entre bandas criminales cuyo frente (fronte) es el quehacer político partidista.

¿Qué quiero decir? Que lo que pasó en las primarias es parte de una idiotez. Etimológicamente, parte de un negocio propio de la clase política que solo atiende a sus intereses. Pero este negocio se cubre con mitos. La estadidad, la unión permanente, el soberanismo. Lo que se pide a una ilusión, es que se apodere de nuestra percepción por completo. Una ilusión amalgama a un pueblo. Quiero hacer la salvedad que uso el concepto de idiotez a partir de su etimología. No digo con esto que los que participan en elecciones son idiotas en el sentido de que son tontos. No. Son víctimas de una ilusión. Y todos hemos sido víctimas de una ilusión. Para eso están los boleros, la esperanza en revoluciones, en la estadidad, en los perreos combativos. Los idiotas son los que esperan administrar un presupuesto y lo hacen a partir de la creencia en la economía especulativa, en las clasificaciones AA, BB, C y otras lindezas.

Sí, todo es más complejo y a la vez, más fácil de explicar.  Aquí no ocurrió un ‘ultraje a la democracia’  el domingo 9 de agosto de 2020. Eso está ocurriendo desde hace décadas. No hay un secreto sino una siniestra aceptación tácita a la colonia, a la institucionalidad de esa relación asimétrica. Ninguno de los quejicas que participó en las primarias de esas dos empresas PNP, PPD, tiene una real intención de fortalecer la democracia porque sin duda serían anticolonialistas,  estarían en contra de la privatización, no pertenecerían a empresas criminales. No se ven bien con esos cuentos. Los escucho y oigo de fondillito musical aquel bolero que mencioné al principio:

Una dulce voz a cada instante

Me susurra en el oido Mmmmm, mmmmm,

Toda la verdad de tu secreto

Que no sabes que yo sé.

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