La esclavitud en Puerto Rico hoy

Por María del Carmen Ojeda/Especial para En Rojo

Cuando hablamos de esclavitud  en Puerto Rico recordamos el 22 de marzo de 1873 como el día de la abolición de la esclavitud.  Algunos años antes, en 1866 varios representantes puertorriqueños llegaron a Madrid en ánimo de demandar algunas reformas liberales. Una de las peticiones fue la abolición. La ponencia de Segundo Ruiz Belvis ante la Junta de Información fue clara y precisa:

 «La esclavitud trasciende todos los órdenes de la vida, desnaturaliza el trabajo, violenta la voluntad, amengua la dignidad humana, abre un abismo entre oprimidos y opresores, erige en ley la fuerza, confunde la coacción con el orden, mata las relaciones recíprocas de derecho de deber las sustituye con odios inextinguibles y profundos, desmoraliza a los unos con la opresión y a los otros con un poder que no tiene, en la realidad de las cosas, otros limites que los de la conciencia individual, emponzoña la moralidad pública que es de mucho más aprecio que cualquier progreso material por considerable que sea, y como resultado de todas estas perturbaciones, las fortunas son inseguras, las rentas se malgastan, la centralización ahoga, la fuerza oprime y el Estado, en fin, no existe ni se muestra, sino para caer sobre los unos y los otroscontodo el peso de su inmensa pesadumbre»  Ramón Menéndez Pidal, Historia de España. Tomo XXIV: La era isabelina y el sexenio democrático (1834-1874)

En el censo de 1860 la población de Puerto Rico sumaba 583,181 habitantes.  De esos, poco más de 300,000 eran blancos. Unos 241,000 eran negros libres.  41, 736 negros eran esclavos. El 7.1% de la población. Habían pasado apenas 12 años del Bando Africano de Juan Prim (1848) que había impuesto reglas aún meas impositivas a los esclavos y severas condenas a los negros que se rebelaran. Juan de la Pezuela, su sucesor, abolió tal bando pero impuso la libreta de jornada que resultaba en algo similar a la esclavitud. Vivas Maldonado, en su Historia de Puerto Rico señala que se llamaba a esta regulación de las relaciones laborales, “la esclavitud blanca”.

Eso es suficiente para saber, entonces, que la esclavitud se desbordó hacia todas las relaciones laborales y que no es de extrañarse que una vez abolida, las relaciones de trabajo continuaban en gran medida manteniendo una suerte de esclavitud. No existía libertad de movimiento y se le descontaba de su jornal su ropa y su manutención.

«Todo ex-esclavo estaba obligado contratarse. Del jornal se descontaban los gastos de manutención y vestidos… Para trasladarse de un punto a otro el liberto obtenía un pase especial extendido por el municipio…», Alberto A. García Menéndez, La abolición de la esclavitud en las Antillas españolas (Cuba y Puerto Rico).

Demos un salto temporal. Estamos en el siglo XXI. ¿Como sonaría la presentación de Segundo Ruiz Belvis hoy, frente al Senado, la Cámara, el Congreso? Pensemos en si existe la esclavitud hoy. Digamos que en Puerto Rico. Más allá de las terribles leyes laborales impuestas en los últimos años que han degradado los derechos bien ganados de los que realmente producen riqueza, ¿qué otras cosas, como decía el prócer en 1866,  violentan la voluntad, amenguanla dignidad humana, abre un abismo entre oprimidos y opresores, confundenla coacción con el orden, matanlas relaciones recíprocas de derecho y de deber y las sustituye con odios inextinguibles y profundos?

Según el Protocolo de las Naciones Unidas para Prevenir, Reprimir y Sancionar la Trata de Personas, Especialmente Mujeres y Niños, la trata de personas se define como:

captación – traslado– transporte – acogidarecepción de una persona utilizando:violencia – amenaza – engaño – rapto– fuerzaabuso de poderabuso de una situación de vulnerabilidad u otros elementos de coacciócon el fin de someterla a explotación y lucrarse con su actividad. Pensemos en los miles de seres humanos que emigran. Pensemos en las salvajes elucubraciones de Donald Trump y su muro. Pero reduzcamos el asunto a Puerto Rico. ¿Existe la explotación humana en Puerto Rico?  ¿Hoy?

No hay duda de que esto ocurre. En muchos niveles una persona explota a otro ser humano, utiliza de forma injusta e indebida, y para su beneficio, el trabajo o las cualidades del ser humano a quien explota. Y hoy,  justo ahora, debajo del radar de las autoridades y de la opinión pública, la pobreza y las organizaciones que de ella se aprovechan obligaa personas a prostituirse. En muchos casos ocurre a cambio de alimentos.

La pandemia, la crisis ¿afecta negativamente a este sistema de explotación? Más bien uno puede pensar que lo facilita. Utilizando las mismas preguntas que permiten identificar víctimas de explotación podríamos preguntarnos, hoy, ¿tiene la persona, la vecina, la amiga, el familiar libertad para dejar su residencia?¿ Quiénes tienen libertad para dejar su lugar de trabajo? ¿Pueden nuestros conocidos desplazarse libremente? ¿Tienelibertad de movimiento? ¿Conocemos alguna persona abusada física, sexual o psicológicamente?

¿A cuántas conocemos cuyas condiciones de empleo y salario son abusivas?¿Cuántas personas que conoces temen que algo malo vaya a sucederle o a algún(a) miembro de su familia si se va?¿Cuántas amigas, vecinas, familiares ya no se comunican con nosotras? ¿Has visto menores acompañados de adultos en lugares en lugares no aptos para menores? En resumen, la explotación está ahí. Ante nuestros ojos. La esclavitud nos rodea. La trata humana es real. ¿Ejemplos?

En 2011 la prensa refiere que la fiscalía federal anunciaba el arresto de un tal Peluquín. Fue acusado de dirigir una red de tráfico sexual de menores. Lo detuvieron cuando llevaba a unas niñas a una residencia en Río Grande. Recuerdo que se mencionó que entre sus clientes se hallaban jueces, abogados prominentes, políticos y artistas.

El 6 de noviembre de ese año Peluquín anunciaba que se declararía culpable. Mes y medio después los federales retiraban los cargos. ¿Qué ocurrió en ese mes y medio en el que el acusado pasó de declararse culpable a que se le desestimaran los cargos?

Hace unos seis años, una joven mujer de Fajardo aspirante a actriz aceptó una oferta de trabajo relacionada a su sueño en Miami. Allí mediante coacción y fraude fue obligada a realizar trabajos que violentaban su  dignidad humana. Por meses su familia la dio por desaparecida. La encontraron en la cárcel, en Florida. Había cometido un delito menor -alteración a la paz en un restaurante- para que, una vez presa y paradójicamente segura, pudiese alertar sobre esa red de explotación.

Son sólo  dos ejemplos relativamente recientes de que en Puerto Rico existe ese “negocio” ilegal. De hecho, la trata es la segunda empresa criminal más grande en el mundo. Generaba en el 2008 más de 32 mil millones de dólares al año en ganancias para los traficantes (International Labour Office [ILO], 2008; Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito [UNODC], s.f.).No hay razones para pensar que esto no sea igual o peor 12 años después. Una persona es víctima de la trata aunque en un inicio haya aceptado consciente y autónomamente la oferta del tratante (OIM, 2010).Y en el caso de menores ni siquiera tiene que existir fraude o coacción. No es raro que ocurra. Es una empresa criminal en la que participan empresarios que  tienen negocios legales, muchos de los cuales funcionan como “frontes” del negocio criminal. Recientemente, lo relacionado a Yatea y a “empresarios exitosos” comunicándose con menores ofreciendo descaradamente ser “sugar daddys” es apenas la punta del iceberg.

Aunque la trata humana se vincula generalmente con el tráfico de drogas son dos asuntos diferentes. La trata esclaviza a seres humanos, son ellas y ellos el producto que se comercia. Hay muchas formas de prevenirla. Luchar, abogar, y hacer lo necesario para tener una sociedad más justa e igualitaria. Pero, quizás hay un modo más radical. Sin clientes no hay trata humana. Sin clientes no hay explotación sexual de menores. Educarse, asumirse como ser humano, respetar la libertad y la dignidad de todas y todos. Por ahí se empieza.

La autora es estudiante graduada de teatro y organizadora comunitaria en Estados Unidos.