La falacia del concepto “administrar la colonia”

 

 

Debate fraternal con el Post Antillano

Por Ángel (Chuco)G. Quintero Rivera/Especial para CLARIDAD

            El diario digital Post Antillanose unió hace varios años a la larga trayectoria de Claridad y a otros valiosos esfuerzos más recientes, como 80 grados, en la muy loable misión de ofrecer al público lector puertorriqueño una información y opiniones comúnmente ausentes de la prensa comercial. No compite, sino más bien complementa los otros medios, pues su formato consiste en tres comentarios cortos de los aconteceres diarios cada mañana y cada tarde. Su director, el compañero Daniel Nina, merece nuestro agradecimiento por esta iniciativa, además de por todas sus otras contribuciones en libros sobre nuestra realidad, historia y cultura popular.

Me imagino que, para mantener la naturaleza de su formato, el Post Antillano(y cito verbalmente a Nina) “no es para entrar en debates con los que aquí de forma regular plasmamos ideas”.No permitir el debate, constituye una seria limitación al diálogo tan necesario para los que nos definimos de izquierda, sobre todo cuando los escritos del Post Antillano son con mucha frecuencia intencionalmente provocativos y polémicos.

            Espero a través de Claridad ampliar el diálogo respecto a un concepto muy manoseado en el Post Antillano,pero también presente en numerosos escritos de la tradición independentista, pues lo considero limitante. Se trata del concepto de “administrar la colonia” como forma de minusvalorar la participación electoral en busca del apoyo de mayorías para lograr la representación democrática que conduzca a ocupar puestos públicos. Si bien podría quizá referir este a algunos políticos de los dos partidos principales, el Post Antillano lo ha usado constantemente en estos últimos meses para definir al Movimiento Victoria Ciudadana (MVC).Es absolutamente legítimo discutir si es correcta o no la estrategia de un movimiento liderado por independentistas y soberanistas de buscar consensos con personas que prefieren otras opciones de statuspara quebrar la larga y pesada cárcel ideológica del bipartidismo y abogar por unas políticas públicas que en lugar de responder a los grandes intereses económicos estén pensadas para el ciudadano común y para un Puerto Rico más justo, solidario y humano. Lo que me parece incorrecto es evadir ese importante y legítimo debate simplemente descalificando a los que piensan que es una estrategia correcta con el concepto (convertido en epíteto o insulto) de que solo buscan “administrar la colonia”.

Recordemos, por ejemplo, la importancia del trabajo hacia el consenso del movimiento “Todo Puerto Rico con Vieques” liderado también por independentistas (especialmente el Ché Paraliticci) que no solo aceptó, sino además alimentó los posibles endosos de personas no independentistas para lograr liberar a Vieques de la Marina de guerra. No por esa búsqueda de consensos -sin perder el liderato y protagonismo- vamos a ponerle el “san Benito” de “colonizado”. “Todo Puerto Rico con Vieques” tiene ya un sitial de honor en la historia contemporánea del país, en su compleja y difícil lucha contra la colonialidad.

Y es que en estos tiempos post Foucault, ya no vemos el poder, como en la época de Max Weber o de Albizu, concentrado en el Estado (que en el caso de una colonia significaría en la metrópolis colonial), sino diseminado en diversas instancias de la vida. Los micro-poderes se manifiestan en las relaciones de género, en las relaciones salariales, y en muchas otras instancias del intercambio social e interpersonal. Añadiendo a estas nuevas concepciones las enseñanzas de Aníbal Quijano, la colonialidad del poder no estaría sólo en la relación jurídica metrópoli – colonia, sino en múltiples instancias de la cotidianidad y del saber.

Como Daniel Nina, el PIP, el movimiento hostosiano, y como muchos activistas y simpatizantes de Victoria Ciudadana quisiera que Puerto Rico lograra alcanzar su independencia. Pero en nuestra incompleta y deficiente, pero valorada democracia, las elecciones no son plebiscitarias, como ha querido el PNP fraudulentamente convertir estas últimas ante su desastrosa administración. Las elecciones son para elegir nuestros representantes y funcionarios que estarán a cargo de elaborar las políticas públicas que la colonia nos permite. No son muchas, pero suficientes en la microfísica del poder como para afectar la cotidianidad, el día a día de numerosos puertorriqueños. Menospreciar esa cotidianidad frente al ordenamiento jurídico añorado denota una lastimosa insensibilidad a los avatares de la vida.

Unos ejemplos evidentes nos pueden ayudar a entender mejor la falacia del menosprecio a las políticas públicas por el concepto de “administrar la colonia”. Cuando se creó la Procuraduría de la Mujer gracias a la lucha de organizaciones feministas, la labor de María Dolores “Tati” Fernós sentó las bases para unas relaciones más equitativas y justas de las mujeres frente al Estado. ¿Sería correcto despachar su labor como que “estaba administrando la colonia”? Cuando Georgie Rosario dirigió el Departamento de recreación y deportes, y trabajó políticas para una mayor democratización de la actividad deportiva que tocaron a tantos niños y jóvenes, ¿estaba sencillamente “administrando la colonia”?  Cuando mi padre Ángel Quintero Alfaro desarrolló junto a todo un grupo de innovadores maestros y profesores universitarios una serie de nuevos programas educativos que -como me expresan a menudo tantas personas- cambiaron la vida de estudiantes de estratos sociales “desventajados” ¿sería justo despachar su obra como que “estaba administrando la colonia”?

Puede a uno gustarle o no la candidata a la gobernación de Movimiento Victoria Ciudadana, pero un debate serio sobre las alternativas políticas de Puerto Rico hoy tiene que aceptar que el MVC es mucho más que su candidata a la gobernación. De hecho, contrario a la tradición política de los dos partidos tradicionales en el país la presidenta del movimiento no es la candidata a gobernadora, sino Ana Irma Rivera Lassen, una mujer negra y feminista, como no hay nada semejante en ningún otro de los partidos, lo que ya denota que se trata de una política distinta. El MVC ha desarrollado una política que denominan “Red de redes” con una amplia participación ciudadana a base de las ubicaciones sociales de sus prácticas laborales y sus acercamientos políticos: red de colectividades, red de trabajadores de la cultura, red de educadores, red de trabajadores de la salud, red de la diáspora, red de economistas… etc. Estas están elaborando desde abajo el Programa de las políticas públicas que se han de impulsar. Menospreciar olímpicamente el arduo trabajo de tantos buenos puertorriqueños que aspiran a un Puerto Rico más justo, participativo, democrático y solidario, como si sólo aspiraran a “administrar la colonia” no propicia conversaciones y discusiones serias en torno a las más convenientes rutas hacia la independencia y, añadiría yo, al socialismo que le daría a la independencia sentido.

En la edición del pasado lunes 7 de septiembre en la tarde, Nina celebra en el Post Antillano la acción de un grupo de puertorriqueños residentes en los Estados Unidos de reclamar la independencia de Puerto Rico (“Dile sí a la independencia, los boricuas de la diáspora la endosan”). Omitió mencionar parte fundamental de la noticia: el líder de Puertorriqueños Unidos en Acción le ofreció al presidente Trump hacerle campaña a favor si éste se compromete con la Independencia. Pero es que (sobre todo en la visión más abarcadora de la colonialidad) además de puertorriqueños somos humanos del planeta Tierra, cuyo futuro mismo se encuentra amenazado por las políticas de Trump. Darle prioridad a nuestra puertorriqueñidad sobre nuestra humanidad denota una estrechez de mira que más que motivo de celebración es motivo de preocupación. Trump, claro, le hará caso omiso, pero de hipotéticamente concretarse sería muchísimo peor que el pacto posibilita de Muñoz Rivera con el partido monárquico de Sagasta a finales del siglo XIX.

Invito a los queridos compañeros del Post Antillano a repensar lo que nos piden que pensemos.

 

 

 

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