La historia del abuelo cubano  que murió como vivió

 

Por Mari Mari Narváez / Especial para En Rojo

Como ya han llegado esos días del cuatrienio en que debo huirle a la radio AM, me puse a escuchar un podcast, Marullo, con Ana Teresa Toro, Silverio Pérez y Pedro Reina. El otro día, hablaban sobre el género de la entrevista. La conversación estaba buena y me encontré tratando de contestar algunas de las preguntas que se hacían. A quiénes les hubiese gustado poder entrevistar, fue una de ellas y me quedé pensando mientras deambulaba en el auto por un callejón santurcino, buscando alargar el tiempo para no tener que abandonar la conversación. 

¿A quién quise entrevistar y no pude? A Miguel Ángel Duque de Estrada, el gran ‘Duque’. 

Sí que lo entrevisté muchas veces (por eso sabía que tenía que entrevistarlo de verdad). La última vez que fui a Cuba contacté a un crew para ir a filmarlo. Pero cuando llegué a su casa a convencerlo de hacer la entrevista, él, cariñoso y honrado pero también evasivo, me pidió que lo dejáramos para mi próximo viaje. No lo dijimos pero él y yo lo sabíamos que, muy probablemente, mi próximo viaje ya sería muy tarde. 

Duque era ya viejo cuando llegué a su casa frente al malecón de La Habana en 1997, de la mano de mi madre, Evelyn. Yo tenía 19 años. Mami me había advertido que Duque era un viejo gruñón pero ellos eran amigos de muchos años, de cuando coincidían en foros internacionales con la Asociación Americana de Juristas. Mami tenía la gran virtud de entrar al corazón de cualquiera con su espontaneidad y una alegría realmente descomunal, irrepetible. Yo venía para quedarme un tiempo en La Habana y él nos alojó una semana, tiempo que mama estaría conmigo ayudándome a acomodarme.

Pronto nos encontramos acompañando a Duque en su roncito de medio día, escuchando sus cuentos increíbles sobre la Revolución cubana en la que participó como joven barbudo. 

 Al triunfo de la Revolución, cuando Fidel Castro nombró al Che Guevara comandante de la fortaleza de La Cabaña en La Habana, donde tenían a los prisioneros capturados en el combate, a Duque se le nombró fiscal. Él sería el encargado de los “tribunales revolucionarios”. Nos habló mucho sobre los tribunales, cuyo proceso tenía documentado. Decía que no solo eran necesarios por lo obvio, que luego de una revolución contra un estado tan sanguinario como el de Fulgencio Batista había que enjuiciar a todos esos torturadores, violadores, saqueadores de campesinos, entre otros. También eran imprescindibles porque, si el nuevo gobierno revolucionario no asumía la difícil tarea de enjuiciar a estas personas, el pueblo tomaría la justicia en sus manos y lo haría a su manera. 

Algunos de esos juicios culminaron en fusilamientos. Duque tenía la documentación de cuántos exactamente. “Muchísimos menos que los que dicen en Miami”, contaba. Mi recuerdo de sus conversaciones es que no llegaban a los setenta pero habría que estudiar su documentación. Él siempre defendió su labor como fiscal revolucionario y aseguraba que los juicios no habían sido sumarios, que se les había garantizado a todos los acusados su derecho a la defensa y a un debido proceso, acceso a sus guías espirituales, y que los juicios eran todos abiertos a la prensa, incluso transmitidos por televisión, si mal no recuerdo. 

Los propios capturados, sabiéndose vencidos en una guerra, sabían lo que enfrentarían. Siempre recordaba a un militar prisionero que había tenido un alto rango durante el régimen de Batista. Era uno de los más odiados por los campesinos y por el pueblo en general, por las torturas y abusos a los que los había sometido durante la guerra. “Cuando se anunció su sentencia de muerte, el Capitán solo me hizo una petición”, abundó Duque en la última visita que le hice. “Quería dirigir su propio pelotón de fusilamiento. Era una cuestión de honor para él, morir como militar. Y se le concedió”. 

De joven, Duque nunca se casó ni tuvo hijos. Vivió siempre con su madre, a quien cuidó, y luego solo en su hermosa casona en el Vedado. Cuando mami y yo estuvimos allá, nos enamoramos de Magali, una camagüeyana que le cocinaba y lo acompañaba por ratos. Y empezamos una campaña para que Duque también se enamorara de ella. O más bien para que se diera cuenta de que la quería de ese modo. El éxito de nuestra campaña fue rotundo. Años después, en uno de mis regresos a La Habana, Duque y Magali se habían casado. Vivieron felices durante años hasta que ella, muy tristemente para él, falleció por un cáncer. 

Mientras viví en Cuba, si pasaban unos días y no iba a visitar a Duque, él me llamaba para que pasara a verlo. Cuando llegaba, nos sentábamos en la sala con los ventanales abiertos y él servía sus tres roncitos ‘estraight’: uno para Magali (todavía no eran pareja), uno para él y otro para mí. Yo alucinaba pues me parecía un trago fuertísimo para tan tempranas horas pero eventualmente entendí que Duque siempre iba a servir su roncito. Luego de una buena conversación que iba desde las últimas noticias cubanas, boricuas e internacionales hasta sus cuadros, pintados por un gran amigo suyo que él veneraba pero que a mí no me parecía un artista muy interesante en lo absoluto, me obligaba a comer cantidades inhumanas de croquetas, carnero, huevos (que guardaban para mis visitas), arroz con frijoles, ensalada de tomates y dulce de lechosa, todo hecho por Magali.

La realidad es que ni Duque tenía nietas ni yo abuelos. Mi abuelo paterno murió cuando yo era niña y mi abuela materna recién acababa de morir cuando me mudé a Cuba. Sin proponérnoslo, se convirtió en mi abuelo cubano. Me llevaba en su Lada prehistórico a hacer mis cosas, llamaba al médico para que viniera a verme si me enfermaba, me lavaban la ropa en su casa, me llevaba a las librerías de pesos cubanos, a comer en el barrio chino cuando me antojaba. Nunca permitió que me sintiera sola en Cuba. Era mi abuelo en funciones y así se lo reconocí muchas veces en vida. 

Duque era como casi todos los revolucionarios de su edad que yo he conocido en mi vida (no cuento a mi padre entre estos). Tenía su cassette. Sus posturas eran siempre más o menos predecibles. Respondían a su espíritu e historia revolucionaria. Aunque crítico como todo cubano, al final siempre apoyaba todo lo que hacía Fidel. Dedicó su vida entera a la revolución cubana. Sin embargo, creo que había quedado en una especie de olvido histórico. Al gobierno de Cuba no le gustaba llamar la atención sobre la figura de Duque por lo que él representaba: el lado desagradable de la Revolución, excesivamente explotado y exagerado por sus enemigos. Era una parte de la historia que era mejor dejar guardada, al menos esa era la interpretación que hacía Duque, y creo que fue por eso, por su profunda lealtad a la Revolución, que no quiso que lo filmara. Él, sin embargo, entendía que la historia de lo acontecido en La Cabaña era importante, precisamente por los valores éticos que, basados en lo que ellos denominaban la “justicia revolucionaria”, habían animado el espinoso proceso. 

Regresé muchas veces a Cuba en los 20 años que siguieron aquel primer encuentro con mi abuelo en 1997. Nunca le avisaba de antemano. Me gustaba llegar, pararme en la calle frente a su casa y empezar a gritarle “Duque, Duque… Llegué”. Él se asomaba por el ventanal y el vecindario entero podía disfrutar la sonrisota feliz del viejo gruñón revolucionario. Bajaba las escaleras con una alegría renovada para abrirme la puerta, y me recibía como quien llevaba años esperando. 

(Miguel Ángel Duque de Estrada falleció el 1 de noviembre de 2017 en La Habana, Cuba, a los 90 años).