La mafia democrática: El gobierno es cosa nostra*

Por Rafah Acevedo/En Rojo

Los nombres y apellidos de la corrupción 

Se ha repetido en muchas ocasiones. El gobierno de Puerto Rico es corrupto. Desde el siglo XIX podemos leer en artículos de prensa el aserto. Eso no debe extrañar a nadie. Ya éramos colonia. Y la colonia desde mediados del siglo XX se cataloga como un “crimen contra la humanidad”. De modo que todos los días, desde hace tiempo, podemos decir sin lugar a dudas que el gobierno que ejerce su autoridad sobre los ciudadanos puertorriqueños ha sido corrupto.

Esa normalización no tiene que aceptarse de manera peregrina. Uno puede indignarse ante esa realidad porque lo que es injusto lo es por un minuto o por 500 años. Sin embargo, es justo destacar que la discusión sobre “la corrupción” en Puerto Rico se acelera en el año 2000, como si fuera una ucronía, o una profecía del pasado, o un juego de palabras que se hace tendencia de moda cada tres décadas como un guión basado en un cuento de Borges. 

Por aquel año Guillermo Gil Bonar en conferencia de prensa dijo: “La corrupción en Puerto Rico tiene nombre y apellido y se llama Partido Nuevo Progresista”. Recordamos que aquellas investigaciones bajo la incumbencia de Pedro Rosselló fueron celebradas por los independentistas. David Noriega, ese legislador y comentarista que tanta falta nos hace, investigó varios casos que refirió a fiscalía federal. Sin embargo, quienes más celebraron fueron los miembros del PPD quien en aquel río revuelto ganaron como pescadores oportunistas.

El siglo XXI, inició con aquellos barruntos pero Gil Bonar se equivocaba. La corrupción parecía tener más apellidos que un rey español. Rosselló, apellido de alcurnia, se unió a los apellidos Acevedo Vilá (PPD) y bajo la administración García Padilla las investigaciones no fueron pocas. Recordemos los anaudis y perellós de la vida política.

Hoy, cuando la presión sobre Trump se acentúa ante pedidos delirantes del anexionismo, cambian los personajes. Hay otro director del FBI. Nombran a otro fiscal federal cuyo antiguo jefe era Gil Bonar. Y ahí aparecen los títeres propios de la commedia dell’arte. Ahí surgen en los medios estos jóvenes emprendedores que asumen actitudes propias de la cosa nostra con nomencltura del trap a insultarse unos a otros como sicarios de la oligarquía criolla. ¿No parece esto un episodio más de una serie sobre el crimen organizado en un territorio estadounidense en el Caribe? Será que la colonia y el capitalismo son, de suyo, organizaciones mafiosas. Y más apellidos, Maldonado, Sánchez, Rodríguez, Fortuño (como un rayo que no cesa).

El capitalismo y la colonia como crimen organizado

El primer investigador académico que se ocupó del crimen organizado en Estados Unidos, John Landesco, investigó a principios del siglo pasado el crimen organizado en EEUU señaló que los extorsionadores y mafiosos “no siempre imponen por la fuerza su intervención en una industria o en una organización sindical. Frecuentemente, se les invita a ello porque se desea obtener sus servicios” (John Landesco, Organized Crime in Chicago, Chicago, Chicago University Press, 1968) Para Landesco, “los gángsters llevan a cabo por medios ilegítimos lo que es una tendencia normal en los negocios legítimos “. Una de las cosas que se solicita en estas agrupaciones criminales es lealtad absoluta al capo. Cuando en estos días el Secretario de Asuntos Públicos del gobierno de Ricky Rosselló, Anthony Maceira, afirma que “volarán cabezas” de aquellos que no sean leales a Ricky sonó un poco a The Sopranos. Cuando el subsecretario de la gobernación, Erik Rolón, afirmó en la prensa local, en un ejercicio de tortura a la sintaxis que:

“No podemos permitir que haya en el gobierno personas que no sean leales al gobernador o a la administración central. No penalizamos lo que dijo, (el exsecretario de Hacienda) sino la forma y manera en que se realizó esa desinformación. Esto es como una milicia. Aquí hay una cadena de rango y el líder prioritario debe saber información para poder actuar. En la medida que actuó de la forma en que lo hizo, privó al gobierno local de tomar alguna acción que pudimos haberlo hecho a tiempo”

¿No parece Rolón un vocero de las juventudes neonazis? ¿En serio un funcionario gubernamental dijo que el gobierno opera “como una milicia”? ¿Juraron fidelidad a la Constitución o al rango? A mí me suena a mafia. Se defienden los intereses de la empresa (PNP) y los funcionarios que establecen relaciones con contratistas deben defender, aún usando la intimidación, esos clientes protegidos.

Por otro lado, para que esas relaciones mafiosas –acuerdos de colusión– sean efectivas deben mantenerse por un tiempo razonable. Estos acuerdos mafiosos permiten repartirse el mercado y, en casos de crisis, repartirse donaciones o asignaciones de fondos federales. Para estas cosas hay cuotas, y ventas de taquillas, y ofrecimientos de empleo, como cuando algún alcalde es el que decide quién trabaja en el verano. 

¿Pero las relaciones mafiosas duraderas son todas relacionadas a la intimidación? Claro que no. Las organizaciones criminales (PPD, PNP) se reparten clientes y donantes. Esto permite que en los cambios de administración, los leales sigan en la nómina. 

¿Acaso no hay leyes desde hace más de un siglo que tienen visos de mafia? ¿No parece eso la Ley Jones? ¿No permite ese monopolio que se beneficien pocos mientras los consumidores/ciudadanos deben pagar altos precios?

El mafioso democrático

¿La rama judicial o la flamante Secretaria de Justicia investigarán la alegada mafia institucional a la que hace referencia el señor Raúl Maldonado? Seguramente no. Porque es institucional. Sería como si los criminales se investigaran así mismos en busca de actividades criminales. Sería como si el mercado se regulara a sí mismo. Sería como el cabro velando las lechugas. ¿Se investiga la corrupción? Bueno, no es una práctica muy americana. En 1950, la Comisión Kefauver, presidida por el senador por Tennessee, Carey Estes Kefauver, adujo que la prioridad del gobierno debería ser luchar contra las actividades propiamente criminales que contra las actividades de protección, corrupción y colusión. Buenas noticias para los “cabilderos”, ¿no?. 

En un buen artículo, del que saco muchas conclusiones, Luis M. Linde (Mafia como política, política como mafia) explica el concepto de “mafiosidad democrática” de Gambetta, la mafia como industria de la protección. 

La característica crucial de los servicios que vende la mafia es que, a diferencia de lo que hace –o se supone que hace, o intenta hacer– un Estado respetable, en el que impera una ley igual para todos y se protegen por igual todos los derechos legítimos, la protección mafiosa proporciona ámbitos de impunidad, desigualdad y privilegio para los clientes, amigos y cómplices a expensas de los demás.

¿No es esa una característica de nuestra clase política? ¿No son clientesm amigos, cómplices, hijos talentosos, parejas, privilegiados? Hay otras características. Afirma Linde: 

Otra característica es la siguiente: los políticos actúan con autonomía respecto a sus mandatarios, los electores, ignorando o despreciando, siempre que es posible, cualquier limitación relativa a su propia legitimidad o representatividad, así como la legitimidad y representatividad del adversario; es decir, actúan sin respeto hacia las instituciones, ni leal­tad hacia su papel y funciones, tratando de obtener de ellas el máximo beneficio partidista posible.

¿Y los políticos justos, incorruptibles, dónde están? Ocupando sus espacios precarios. La mafiosidad democrática legisla a favor de sus organizaciones. Eso es lo que permite que el PNP gane las elecciones con un 43% de los votos en una elección en la que hubo una abstención de más del 40% y gobierne como si hubiera recibido el 90% de los votos. Con poder sobre las cámaras legislativas y con capacidad de nombrar a todos los funcionarios “de confianza”. Esa mafia de ambos partidos es la que impide que en la isla se establezcan alianzas entre partidos. Pero, a fin de cuentas, ¿en qué queda nuestra apariencia democrática si por 38 años se repite desde la ONU que Puerto Rico tiene derecho a su autodeterminación e independencia sin que eso mueva a EEUU ni a la sociedad civil a transformar el status quo? ¿En qué queda nuestra apariencia democrática cuando Obama seleccionó a unos miembros con graves conflictos de intereses, a “controlar” el ejercicio fiscal en la isla? ¿Cómo es que un tribunal norteamericano concluye que esos nombramientos son ilegales pero no procede a resolver ese acto ilegal? ¿Es democrático que José Carrión III, por quien nadie votó en Puerto Rico, tome decisiones sobre el diario vivir de los ciudadanos? 

Vuelvo a citar a Linde y su modelo de estado de influencia mafiosa:

Lo que hemos llamado “modelo político de influencia mafiosa” puede describir una forma de actuación en sistemas democráticos que respetando, aparentemente, sus restricciones y procedimientos, conspira al límite de la legalidad para ignorarlas y violarlas, tratando, ante todo, de asegurarse el mantenimiento en el poder. El modelo criminal mafioso puede ser una representación del Estado depredador. El modelo político de “influencia mafiosa” puede ser su imagen desvaída, escurridiza, no siempre criminal, pero no menos real, en los sistemas democráticos. Y el “mafioso democrático”, su protagonista.

Los mafiosos democráticos son los miembros, en general, de nuestra clase política. La misma colonia es una actividad criminal diaria. El político que ignora la legalidad, la ética, la dignidad humana, abriendo las puertas al capitalismo depredador en momentos de crisis es un mafioso asesino. Dejar morir a ciudadanos es un crimen. Conspirar para hacer ricos a los amigos/clientes es criminal. Cuando esa práctica se lleva a cabo mientras el país sufre una catástrofe y trata de sobrevivir es un acto genocida. Una vergonzosa política de la muerte. Mafia y necropolítica son hermanas.

No celebro el intecambio de insultos entre Maldonado, hijo; Rosselló hijo; Rivera Schatz; Sobrino; Rolón; etcétera. Las pesquisas federales han logrado que algunos salten del barco. Algún funcionario será mangó bajito y le echarán unos meses por algún fraude, una extorsión, un desvío de fondos. Pero los federicos no vienen a salvarnos de la corrupción. Vienen a agarrar por las pelotas a dos o tres, no para que canten con voz de soprano, sino para que se tranquilicen. Vienen a azuzar los perros contra otros perros. Vienen a cambiar las cosas para dejarlas iguales. Ricky y sus amigos del alma saltan de un avión pero todos tienen paracaídas. Tienen impunidad. Si el norte fuera acabar con la corrupción cerraban el kiosco que se monta precisamente con fraude, extorsión y desvío de fondos. Eso es lo que le da estabilidad al gobierno territorial. A mí estas peleas entre mafiosos no me alegran. Me divierten al principio y después me entristecen. Me entristece que he visto lo mismo desde que tengo conciencia. Y que no veo cambio sino recrudecimiento de ese estilo. El gobierno es farándula. La farándula y los buenos samaritanos son el frente de la mafia institucional mentada. Lo que me sorprende es que no produzcan una serie en Netflix. Estoy seguro que dirían que no nos representan. Ojalá.

 

*Bibliografía disponible. Tomo como referencia básica el artículo Mafia como política, política como mafia de Luis M. Linde, en la Revista de Libros, segunda época, #120, diciembre, 2006.