La marcha hacia la vacuna Parte II

 

Especial para En Rojo

La historia de la erradicación de la polio en Santo Domingo, me recuerda a la novela de García Márquez, Crónica de una muerte anunciada, por su inversión de la formula tradicional del género detectivesco, en que la víctima, el asesino, y el crimen son conocidos, y el misterio es el por qué. En la historia de la vacuna el polio es víctima pero también verdugo; como azote de la infancia, y monstruo predador de cuerpos, este personaje exige la aparición de un valiente dispuesto a penetrar el laberinto y administrar el golpe fatal.  Que lo eliminen no da causa a la consternación. El asesino en esta historia es héroe; pero no es un individuo, sino una colectividad. Como en la Crónica, lo interesante es que se sabe todo, menos lo más central, que en este caso no es el por qué, sino el cómo.

El problema y su solución eran completamente evidentes. Las vacunas existían, y la vacuna de Sabin, la oral, del virus vivo, era muy barata y de uso generalizado en el país.  Las experiencias de otros lugares habían demostrado que amplia cobertura en la población infantil era un camino sólido hacia la erradicación. ¿Por qué a veces entendemos los problemas, sabemos cuáles son las soluciones, y no logramos aplicarlas? Amiro Pérez Mera, médico y epidemiólogo había estudiado esta clase de problemas bajo la tutela del Dr. John B. Grant, en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Puerto Rico. Amiro solía decir que dejar que una persona se enfermara, habiendo los medios para evitarlo, era un crimen. Entendía que eran las condiciones generales que impedían abordar el problema del polio, y otros semejantes. El sistema, la pobreza de la gente, la falta de educación, la falta de recursos, materiales y humanos, la falta de iniciativa. Todas las generalidades no eran conducentes a que se eliminara un mal para el cual ya existía una solución completamente aplicable.

Amiro soñó por años en la creación de programas que atacaran ciertos problemas básicos: se imaginó iniciativas; participó en evaluaciones y proyectos de diseño; y se acercó en muchas ocasiones a la Secretaría de Salud Pública a proponer que se cambiara el momento en que se administraban las vacunas.  Se leyó el Arte de la Guerra de rabo a cabo cinco veces de corrido, porque pensaba que se requería el genio militar de un Sun Tzu para vencer la inercia del sistema. Accidentes del destino y del afecto familiar, lo puso en la mira del candidato a presidente, Salvador Jorge Blanco. Salvador le pidió que ayudara, con sus ideas y aspiraciones a redactar los planes de salud que serían parte de la plataforma de su campaña presidencial. Cuando Jorge Blanco ganó las elecciones, causó cierto revuelo al nombrar a Amiro, que no era del partido, de Secretario de Salud Pública. Los otros miembros del nuevo gabinete de gobierno acabaron por aceptarlo solo en virtud de su estatus de primo segundo de la mujer del presidente. En nuestro país, el nepotismo es netamente perdonable; la meritocracia, jamás.

Los principios nunca son fáciles.  Al momento de la toma de posesión de Jorge Blanco en Agosto de 1982, el gobierno anterior ya se había despachado el presupuesto anual completo. La primera medida ejecutiva fue recortar los presupuestos nacionales por un veinte porciento.  Cuando Amiro intentó abordar el tema del polio, no logró provocar ningún interés; la cosa era tan seria que los ministros se habían tenido que bajar sus propios sueldos, y nadie estaba de humor para hablar de nuevos programas.  A alguien en el equipo de salud—nadie recuerda exactamente quién—se le ocurrió llamar a una reunión de empresarios de alto nivel a venderles la idea de apoyar una campaña contra el polio, que había estado azotando el país con intensidad cada vez mayor en los últimos años. La idea era invitarlos a involucrarse en una iniciativa social, excepto que en vez de cooperar con organizaciones caritativas, cooperarían con el gobierno. Amiro oyó el plan, y le pareció una perdida de tiempo: “No van a acudir.”  El que lo había propuesto dijo: “Si haces que la reunión sea en el palacio, te apuesto a que van.”  Y así fue.  La reunión tuvo lugar en palacio nacional, ese que construyó Trujillo  y al que le puso un salón enorme de mujeres con senos semidesnudos.  Y resultó un éxito. El programa propuesto para el polio fue acogido con entusiasmo. Los canales de radio y televisión, y los diferentes órganos de la prensa acordaron donar tiempo y espacio gratis para la campaña de comunicación. Las empresas dieron fondos. Entre los involucrados estuvo Puchulín Ramos, que tenía conexiones con los rotarios, doña Mary de Marranzini, fundadora de Rehabilitación Dominicana. Sus esfuerzos, y los de muchos otros que no alcanzo a nombrar, ayudaron a unificar el apoyo del sector empresarial, y no sólo lograron captar fondos locales, sino también internacionales, dejando resuelto el tema de los costos de las vacunas.

El siguiente paso fue el de atraer aceptación social. Hacía falta que la gente estuviera dispuesto a que llegara alguien a su casa, y les diera a sus niños una vacuna. Hacía falta muchos vacunadores voluntarios, porque el sistema de salud no tenía tal capacidad de distribución. Dos personalidades del momento, del tipo que hoy llamaríamosinfluencers,  se dedicaron mucho a promover la campaña anti-polio. Uno era Jack Veneno, el más popular de los campeones de lucha libre; el otro era “El gordo de la semana”, Freddy Beras Goico, un periodista de televisión, afable e inteligente. La cobertura que le hizo Freddy al tema  y su entusiasmo constante resultarían esenciales para el éxito del programa. El interés y la expectativa crecían. Un equipo técnico central, de unas ochenta personas, estaba a cargo de diseñar entrenamientos, de poner en marcha una campaña de reclutamiento de voluntarios, y de dirigir y preparar a los organizadores regionales, que a su vez dirigían supervisores, que a su vez supervisaban vacunadores.  Los vacunadores tenían que ser residentes de la zona de vacunación, que, siguiendo el modelo del censo, eran unas ochenta viviendas, para que se pudiera llegar a todas las casas en un día, a pie o en vehículo. Al seleccionar gente del mismo barrio o del mismo campo, se intentaba garantizar que los vacunadores conocieran sus zonas, y que los residentes los conocieran a ellos. El plan era extremadamente ambicioso: que se administraran todas las vacunas en el mismo fin de semana.

Sin embargo la comunidad médica—a excepción de algunos defensores entusiastas—recibió la iniciativa con reservas. En algún momento habían comenzado rumores de que tal vez la vacuna, la que iba a administrar el gobierno, no iba a ser de buena calidad.  Al pediatra Emil Kasse-Acta se le ocurrió que se debería invitar a Albert Sabin. Si venía el inventor de la vacuna al país, ¿quien se iba a atrever a criticarla?  Los rotarios, de nuevo al rescate, financiaron la visita del experto. Sabin expresó su interés en el programa, fascinado en particular por la idea de que los vacunadores iban a ser puros voluntarios.  A su llegada al país, tres meses antes de la fecha planeada para la vacunación, Pérez Mera y Sabin hicieron liga inmediata. Sabin era un hombre mayor, pero erguido y fuerte, y de una energía impresionante. Dio entrevistas, se reunieron con lideres de la medicina, fueron recibidos por el presidente. Trabajaron intensamente. Sabin ayudó a redactar los detalles del plan de administración, a describir los roles y las tareas, y a señalar las vulnerabilidades de los planes logísticos. Sabin estaba extático: había ayudado a coordinar vacunaciones masivas en Cuba y con los militares en Brasil, donde se puso a prueba por primera vez su idea de que la forma mas rápida de lograr la erradicación era vacunando a toda la población en un período corto de tiempo para lograr inmunidad grupal.  Explicó que odiaba a los comunistas y a Castro, y odiaba a los gobiernos militares, pero como odiaba más aún al polio, los había ayudado a montar sus campañas de vacunación. Si su estrategia funcionaba en Dominicana, sería la primera vez que se lograría en una sociedad democrática.

Al seguir transcurriendo la visita, Sabin comenzó a parecer menos afable. Se impacientaba con los errores de los traductores. Hablaba un inglés a toda velocidad, disparando preguntas y escuchando con el ceño fruncido. Miraba a sus interlocutores con ojos de águila, y su barba blanca parecía más afilada que nunca. Tras múltiples reuniones con el equipo técnico, visitas a centros de distribución, a zonas rurales, donde cuestionó a los entrenadores de salud, y a los voluntarios, y a los líderes de salud pública, Sabin concluyó que el proyecto iba camino al desastre.  Se peleó con Amiro, y declaró que no había  manera de que la gente estuviera entrenada y que todo estuviera listo para octubre. “Amiro, this is NOT going to work”. Amiro trataba de tranquilizarlo, le decía que las cosas no estaban tan mal como parecían. Que, en realidad, para el país, las cosas estaban mucho más organizadas que lo normal, y que todavía quedaban tres meses. Sabin se marchó enojado, pero no sin prometer que regresaría para la fecha de las vacunaciones.

En el próximo episodio de “Marcha hacia la vacuna”, presentaremos a la magnífica Heloisa Sabin, escucharemos la historia de un paseo en helicóptero que se llevó a cabo sin plan de vuelo, y la de una recepción con miles de invitados en la que no se sirvió ningún café.

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