La muerte no pide permiso [i]

 

Por Reinaldo Pérez Ramírez/Especial para CLARIDAD

Los estereotipos son como camisas de fuerza.  Limitan nuestro acercamiento a la verdad.  Aunque están concebidos para facilitarnos entender un mundo catalogado, se quedan cortos, sobre todo cuando tratamos de fijar en palabras el lugar en el tiempo que ocuparon personas singulares.  Siempre quedarán espacios, intersticios que deberemos llenar quienes sobrevivimos al rayo inesperado de la muerte que nos lleva un amigo de esos.

Sindicalista, padre, amigo, hermano, militante político, líder, activista social, educador obrero, organizador, pensador, sociólogo de la calle, prestidigitador de causas justas, comunicador, patriota.  La densa humanidad física de Osvaldo Romero Pizarro -no tan densa como su continente moral- hubiese podido, comprimida en alguno de esos estereotipos, ser frente o envés de camisetas con su imagen difuminada en alto contraste.  Lo hubiera descrito de manera cabal, cada una en su particularidad.
Sin embargo, faltaría algo.  Cuando  -sin pedir permiso-  llega la muerte, hay vacíos que llenar entre una y otra de las categorías del listado.  La tiranía de la lógica lineal de estos dejaría fuera parte de la grandeza que siempre ostentó el tránsito multidimensional de la vida de Osvaldo en Nueva York y en Puerto Rico.

Además de esos espacios, quedan asuntos pendientes.  El último beso y abrazo que hubiese querido dar en despedida a hijas, nietas y hermanos; en tiempos del Covid, videoconferencias de conversaciones entre amigos por Internet, ya pautadas con torpes ademanes por abuelos con pretensiones de millennials; testimonios sobre campañas sindicales y políticas pasadas cuyas historias probablemente ya no serán narradas por lo menos no con lucidez osvaldiana.

 

Imaginemos dos niños parados en el herrumbroso viejo puente sobre el Rio Grande de Loíza en el barrio La Central en Canóvanas durante los años ‘50.  Mejor; imagínenselos sentados con los pies descalzos hacia el vacío, esperando la sirena que anunciaba el cambio de turno del ingenio La Central.  En esos momentos, transitaba la historia de la Isla a cámara lenta.  Los sudores dignos del trabajo como presagio del fracaso de la colonia desfilaban frente a éstos.

 

Quién hubiese imaginado que ambos  -uno de ellos Osvaldo-  habrían de dedicar su vida a defender la excelsa dignidad del sudor del trabajo.  No pudieron escoger mejor causa.

No habrá duelo ni rezos
tampoco habrán pancartas
no sentirás el frío de las madrugadas
ya no deberás entregar
el boletín con tinta mojada
ya no tendrás que dar discursos
de mediodía al sol
ni cuándo nevara
ya no tendrás que pensar tanto
las noches antes de las campañas
ya no te corresponderá
organizar la esperanza.

Aunque sabías que ya no podrás
abrazar hijas, nietas, hermanos y hermanas,
sabio, en fin, siempre sabio
las dejaste muy cerca nuestra
para que nunca penen por nada
como en nuestro lugar
hubieras  respondido tú
amigo, hermano, camarada.

[i] La frase se la robé a María Soledad Romero, hermana de Osvaldo.

Imagen de su cuenta en FB.