La nada que contamos

… “los acontecimientos nunca son la historia.

Ni siquiera los hechos son la historia.

La historia es la corriente invisible que mueve todo en el fondo.”

No contar todo

Emiliano Monje

Por Reinaldo Pérez Ramírez

Especial para CLARIDAD

rei_perez_ramirez@yahoo.com

Somos animales de historias. Sobrevivimos en la carrera evolucionaria de las especies porque aprendimos a contarlas con ruidos guturales y ademanes primero, con signos pictóricos después, al regresar a la cueva donde nos esperaban las madres de nuestros hijos luego de haber sobrevivido al ataque del tigre diente de sable que acechaba cuando cazábamos el mamut que nos habría de alimentar durante el invierno. Nuestra genética hipotalámica aún conserva esos genes. Esa capacidad para contar y escuchar historias nos salvó y nos define aún como especie “victoriosa” frente a otras. Nos trajo hasta hoy, cuando hemos puesto en peligro esa misma sobrevivencia al hablar demasiado, demasiado rápido, demasiado mucho de nada importante –demasiados demasiados– mayormente a través de imágenes seleccionadas rigurosamente: aquellas que queremos que vean quienes sabemos las verán y nos enviarán las que ellos quieren que veamos, seleccionadas por ellos con el mismo afán.

El problema es que en algún momento se fracturó el proceso de contar historias que nos permitió la sobrevivencia. Porque la pulsión genético-evolucionaria que nos predispone a contarlas ha sido usurpada por un mundo que nos impone la imagen sobre la palabra, excrecencia tenebrosa, daño colateral del neoliberalismo. Es una paradoja: nos creemos nuestra propia narrativa, aún cuando sabemos que –al no ser hablada y mucho menos escrita– es falsa y arbitraria .

En una colonia como Puerto Rico, el problema es tanto peor. Las distorsiones entre las narrativas que adoptamos y compartimos son –por razones evidentes– espejismos fantasmagóricos. Practicamos una sobrevivencia diaria sin ilación alguna con el tiempo histórico. En este país que ya casi no lo es, contemplamos inmóviles cómo se implosiona nuestra institucionalidad. Para salvarnos, inventamos/creemos la historia falsa y truculenta de las imágenes que se nos venden. Se destrozan las instituciones que consideramos herencia lapidaria, irrelevante. Aunque la verdad nos duele como un absceso purulento en la encía de una boca que ya no habla ni cuenta historias, no nos damos cuenta de que los dedos solo textean, wassapean, twitean, feisbukean e instagramean, sobre todo esto último. Nuestra realidad inmediata se ha convertido en escatología fenomenológica.

Nos creemos la historia mirada desde el poder más inepto, cual “happy colonials”. Ocultamos la angustia desde la realidad falsa que “observamos” al mismo tiempo que nos narra. Esa pseudoconsciencia colectiva que pensamos nos permitirá sobrevivir esta asentada, por diseño desde principios de siglo, en anhelos de cotidianidad sustentada, como el ayuno de la papa y la zanahoria. La herencia colonial la negamos a sabiendas porque nos duele, aunque todavía no nos convoca. Es el fantasma ominoso que recorre la nada que contamos, oculta, como está en la corriente invisible que mueve todo en el fondo.