La navidad cósmica del Cristo

Marcelo Barros / Especial para En Rojo

 

Existen diversas fiestas de Navidad y no solo una. La Navidad de Santa Claus promovida por el Capitalismo nada tiene que ver con la celebración religiosa de la Navidad. El capitalismo es cruel y discriminatorio. Se hace responsable del sufrimiento y muerte de millones de personas. Mismo así, la Navidad con su tradición de reunir las familias puede ayudar en la unidad y confraternización de la humanidad.
En las iglesias y comunidades cristianas, la fiesta de Navidad siempre recuerda el nacimiento de Jesús. Sin embargo, el contenido de ciertas devociones parece mera regresión a una religiosidad infantil del Niño Jesús, con canciones románticas y hermosas, pero sin relación con la vida y el mundo. En contraste, la liturgia cristiana de la Navidad habla de la expectativa del reino de Dios y la manifestación de la venida de Cristo en el mundo actual. Recuerda el nacimiento de Jesús para renovar en el compromiso de testimoniar la presencia de lo divino en lo humano. Como en el siglo quinto, el Papa San León predicó: El Hijo de Dios se hizo humano para que todo ser humano pudiera volverse divino.
Quien cree que Jesús de Nazaret es el Cristo, es decir, el Ungido, enviado de Dios ve en su figura el llamado para que colaboremos en la reconciliación de la humanidad y del universo. Actualmente, grupos de la sociedad civil se encuentran por estos días para llevar hacia adelante la propuesta de una ágora de los habitantes de la tierra y el reconocimiento de los bienes comunes de toda la humanidad.
La fiesta de Navidad fue creada en el siglo IV para substituir la fiesta pagana del renacimiento del Sol en el solsticio del inverno. También ligada al mismo fenómeno, en esos mismos días, las comunidades judías celebran Hanuká, la fiesta de las luces. Antiguo, se iluminaban las lámparas del tiemplo de Jerusalén. Ahora se comprende que el templo de Dios es el universo y nuestro compromiso es iluminar el mundo en el sentido de liberarlo de las tinieblas de la indiferencia y de la falta de amor. Hoy, toda la naturaleza es la verdadera cuna del Cristo Cósmico que se manifiesta en nosotros y a través de nosotros renueva la humanidad. La pensadora judía Hannah Arendt decía que Aristóteles había definido el humano como ser mortal, pero la verdadera naturaleza humana es ser navideña. Eso significa que, en lo más profundo de nuestro ser, tenemos la vocación de renovarnos permanentemente. Como escribía Pablo: “El ser humano nuevo jamás cesa de renovarse à la imagen de Aquel que lo creó” (Col 3, 10).