La primera investigación criminal bajo dominio yankee

Por Rafael Acevedo/En Rojo

Miles recibió la noticia la mañana del 11 de agosto. Se afeitaba. El muchacho Wiley, lampiño, su ayudante, le leía el telegrama. En la tarde anterior sus soldados habían enfrentado el fuego enemigo en Hormigueros. Frederick Fermberg, de la compañía D de infantería había muerto. Otros 16 habían sido heridos. El doctor dice que solo uno de ellos está herido de cuidado. Nada importante. Miles continuó acicalándose. Así es la guerra. Pronto estaría en un vapor camino a Nueva York. Se acabaría la guerra mañana. No lo sabía. Intuía que estaba muy cerca, Pocos muertos en más de cien días de batalla alrededor del mundo. Del Caribe a las Filipinas. Buenos resultados. 

Sexton se atrevió a preguntar sobre otro asunto.  En Ponce, el soldado raso, Alexander La Duke, del segundo regimiento de Wisconsin, había asesinado al también raso, Thomas Stafford del ejército regular durante una pelea en un salón cerca de la Ciudad Señorial. El muchacho de ojos azules y cabello oscuro, Stafford, estaba acompañado de una mujer. La Duke la invitó a bailar. Ella desapareció cuando sonó el disparo y Stafford cayó al suelo. Al menos eso fue lo que contó al investigador militar. En español. 

La Duke habría sido juzgado por una corte marcial el 3 de agosto y ajusticiado la mañana del día siguiente. El parte de prensa diría que el asesinato de Stafford fue resultado de una pelea en un chinchorro en las montañas cerca de donde la Segunda de Wisconsin acampaba.

El oficial que investigó la escena preguntó ¿Qué hacían en un salón de mala muerte en tiempos de guerra?. El quería saber la opinión del general Miles. Wiley leyó  lo que había comentado el sargento Lemon una semana antes. Había órdenes estrictas de no abandonar el campamento, pero La Duke y dos más violaron la orden. En el salón encontraron a dos regulares. Stafford era uno de ellos. 

De acuerdo a los otros seis testigos La Duke y Stafford discutieron. Nadie recuerda por qué.  Se fueron a las manos llevando La Duke la mejor parte. Los separaron pero continuaron la discusión. Stafford se abalanzó sobre La Duke que había advertido que no se acercara o dispararía. Los compañeros de la milicia impidieron que Stafford llegara a La Duke, Este, tranquilamente, se fue a la letrina, hizo lo suyo, cargó el rifle y regresó por el último trago. Stafford, impertinente, con un diente perdido, volvió a la carga. La Duke, como había prometido, le disparó al pecho. Se entregó allí mismo a sus atónitos compañeros. Eso era lo que sabía Miles. 

Fue llevado a la prisión militar

Al campamento. No tenemos una prisión militar. Un día después él también estaba muerto.  Miles tomó un sorbo de café. Aspiró el cigarro. —-Bien,eso es lo que se dice. Fue lo único que alcanzó a afirmar antes de colocarse su sombrero y salir a la calle. 

El cadáver de La Duke no aparecía. Eso alimentaba la curiosidad de Wiley. Fue lanzado a una fosa común. Al menos eso se rumoreaba. Quizás el sargento Lemon había mentido o le habían contado mal. 

Lo cierto es que unas tres semanas más tarde llegó el vapor Whitney (pura causalidad) a Nueva Orleáns. Traía 40 soldados y civiles directamente de Puerto Rico. Dos de ellos eran prisioneros. Henry Apter había sido arrestado por robar en par de ocasiones en las casas de los ricos de Ponce. El otro prisionero se llamaba Alexander La Duke, del segundo regimiento de Wisconsin. O había dos soldados con el mismo nombre o la ejecución había sido conmutada por algún término en prisión. Muchos años después, un tal Laduke, murió en una balacera con las autoridades que trataban de arrestar a varios miembros de una banda que vendía licor en una reservación indígena cerca de Kansas. Pero décadas después, un tal Alex Laduke moría en New York a los 82 años en su finca, rodeado de sus hijos y amante esposa. 

Miles probablemente olvidaría los detalles de aquella pelea entre borrachos,. Aquella mañana en la que recibiría el informe era la décima desde el asesinato de Stafford. Miles quería llegar al puerto. El Orinoco, de la Quebec Line arribaba al puerto de Ponce. Una hora más tarde el Abydos, de la Red D Line, llegaba con correo al muelle. Una carta para La Duke quedó sin recoger.

Leocadio Versalles, distinguido ciudadano del sur de la isla, se acercó al general Miles en el puerto. Calvo como una piedra de río comunica su preocupación. Teme que los españoles tomen represalias contra aquellos que han sido enemigos declarados o han ayudado de cualquier forma a los norteamericanos. Es el 13 de agosto. Miles dice que sí. Que durante las negociaciones el ejército español puede hacer lo que quiera con la población civil. Es una posibilidad. Ellos NO podrían intervenir. Versalles, si tuviera rabo, se alejaba con él entre las patas.

Mientras tanto, Miles revisaba otro documento que le ofrece el imberbe Wiley.  El pasado año fiscal la isla había importado a los EEUU 90,554,414 libras de azúcar y 1,371,823 galones de melaza. Sweet, pensó el general, escupiendo tabaco. Luego leyó la carta del senador de Kentucky, Lindsay. Si usted es llevado a una corte marcial los demócratas lo nominarán para presidente, decía la misiva. El general lo pensó.