La rabia fotogénica

 

Por Sofía I. Cardona / Especial para En Rojo

¿Hasta dónde aguantamos? En qué punto la indignación rebasa aquel impulso imaginario y, animadas por la adrenalina, nos levantamos –desmorusadas, impresentables–, agarramos el cuadro que hemos estado mirando desde la sillita en la sala de espera (imaginando los buenos almuerzos que se debe estar dando ese en Fortaleza, rodeado de lujos y alzacolas) y pum, lo zumbamos con rabia al zafacón. 

Mi madre solía tener arrebatos públicos de cólera. Nosotras, adolescentes vulnerables, pasábamos vergüenzas, pero debo admitir que en todas las ocasiones que recuerdo ella tenía razón. La gente la miraba burlonamente y le decía cosas, mira qué doña loca, y se reían, pero los argumentos que escupía por su rabiosa boca eran inapelables. Lo sabíamos. Ahora pienso en lo que ella hubiera disfrutado en estos días de julio con la energía de sus cuarenta años, hubiera gritado, golpeado furiosamente las cacerolas, a saber si hasta perreado frente a la Catedral con la muchachería, liberada por fin de tanta carga del pasado.

         

Mi perspectiva de este verano militante, como la de muchos viajeros o emigrados, fue desde lejos. Primero, por mi ausencia del país hasta el viernes 19 de julio, luego por restricciones médicas (no coger sol, no caminar mucho) y otras consideraciones generales de salud (la posibilidad de recibir gases lacrimógenos). Lo que sentí de cerca fueron los cacerolazos y la ansiedad, y también el entusiasmo, la combatividad, la alegría de la gente, sobre todo de aquella gente que lleva décadas de marchas, protestas, manifestaciones de distinta naturaleza, siempre con la sensación de no ser escuchada, de estar aullándole a la luna, pero con insistencia y hasta con el gozo de los reencuentros (fiesta familiar, reunión de colegas, compañeros de trabajo, familia lejana y desde hace mucho tiempo perdida). Reconocer entre las multitudes –o más bien no reconocer– gentes extrañas, otra gente, sobre todo gente joven, fue, en un momento, un indicio de cambio, revolución, esperanza.

Distraída como estaba en estos meses, todo esto me tomó desprevenida. Aquel viernes por la mañana, un taxista de Madrid nos felicitaba por la alegre y colorida manifestación que había visto en la tele hacía unas horas. ¡Ricky, renuncia! Ya quisieran ellos, me decía, formar la tángana para sacar a unos cuantos. Ay, los políticos.

Así que, de lejos, como estaba, sólo puedo dar testimonio de lo que veía en mi pantalla: la radio, el Facebook, el Instagram – los montajes, las pequeñas conferencias, entrevistas, programas americanos, noticias desde la China, y mi estado de ansiedad: escuchando los cacerolazos fuera y mirando las imágenes dentro. No estoy allí, frente a Fortaleza, pero temo por la gente cuando veo cómo se enfila la fuerza de choque hacia la multitud. Pienso en mi muerto, que hubiera estado en primera fila de haber estado aquí. De eso podría hablar.

Podría hablar de los risibles intentos de las juventudes estadistas para emular el gesto alegremente revolucionario de estos días. 

Escucho a esta muchacha explicar, muy articuladamente, sus motivos para organizar la marcha de revolucionarios estadistas [sic]. Dice ella que fue “una ocurrencia de marquesina”, que ella y sus amigos hablaban de los eventos de julio y querían evitar que los independentistas “secuestraran la Causa”. No dice cuál es, pero yo quedo lela escuchándola y pienso que posiblemente estos jóvenes estadistas resienten los patrióticos gestos, desafiantes y divertidos, y no encuentran cómo encarrilar en esa jovialidad el paso trotón, monótono y predecible de las huestes pitiyanquis. Ellos también son puertorriqueños – aclara – y, como lo son, quieren la estadidad, dice.

Una de las plantillas estadistas tiene la silueta de un puño. Se pusieron capuchas con la bandera americana y alzaban amenazadoramente los puños izquierdos y derechos al ritmo de la música, como acicalados orangutanes. Yo los miraba y concluía, con Batman y Robin: ¡Pum! ¡Pam! Recórcholis, la estadidad no es fotogénica.

         

Y mi madre: desde las brumas regresa y abre sus ojos empequeñecidos y claros. Pregunta quién soy, aunque con su mirada reconoce que soy de las que ama. Desde su almohada ha visto la rabia de la Cacerola Girl: “¿Me tiene miedo, será?”, y sonríe, satisfecha. Ya vendrán tiempos mejores, o acaso han llegado ya. Me están esperando, me dice. Y me mira por primera vez, como si me conociera.