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La representación nacional también se elige

 

Especial para CLARIDAD

A Elena y demás niños y niñas puertorriqueños que nacieron fuera de la Isla y que sueñan con representar a Puerto Rico

No hay duda que los Juegos Olímpicos son una plataforma donde se exhiben y a veces se exacerban las nacionalidades, mientras todo se rodea con un discurso universalista y de fraternidad de la humanidad y entre naciones. Pero todo el simbolismo de los Juegos está hecho para premiar naciones. Cuando alguien gana se toca el himno nacional, se iza su bandera, se abren los Juegos con el desfiles de naciones y el medallero no es de atletas sino de países. No es casualidad que se reanudaran los Juegos modernos a fines del siglo XIX cuando estaba en auge el nacionalismo en Europa. Esto genera que los Juegos, además de ser un espectáculo deportivo, sean un terreno fértil para discutir temas de nacionalidad y nacionalidades.

Evidentemente los Juegos Olímpicos son un reflejo de la sociedad y van cambiando acorde. Así hemos visto atletas transgénero competir, vimos este año que la mayoría de las banderas en la inauguración la cargaban dos atletas, un hombre y una mujer, entre otros cambios. En términos de nacionalidad ha habido muchísimos cambios en las últimas décadas y los siguen habiendo. Por ejemplo, atletas cuya nacionalidad cambió durante el ciclo olímpico, como los que representaban a la antigua Unión Soviética o aquellos que representan países cuya soberanía política fue recién reconocida, como los que mencionara en el artículo de la semana pasada. Pero también están los múltiples atletas que emigran o cuyas familias emigran y a veces representan al país de acogida, mientras que en otras ocasiones representan el país de sus padres. Hay también atletas que son refugiados, otros con doble nacionalidad, entre muchos otros ejemplos.

El tema de cuál es la ciudadanía deportiva versus la ciudadanía política es uno amplio y con muchos matices, pues hay reglamentos nacionales y del Comité Olímpico Internacional. En Puerto Rico conocemos bien el tema pues sabemos que compartimos ciudadanía política con los Estados Unidos pero tenemos nuestra propia ciudadanía deportiva. Salvo raras excepciones de algunas federaciones internacionales, en el ámbito deportivo “amateur”, es decir de competiciones olímpicas y otros eventos regionales, donde se representa un país en vez de un equipo profesional, una vez se selecciona una ciudadanía deportiva, debes quedarte con ella. Es decir, un jugador de los Vaqueros de Bayamón puede cambiar infinitamente de equipos en nuestro Baloncesto Superior Nacional pero una vez José Juan Barea decidió representar a Puerto Rico en el baloncesto internacional, no puede luego cambiar y representar a otro país. No solo hay restricciones de los cambios, sino de cuál país puedes representar. Volviendo al caso de Puerto Rico y Estados Unidos, nosotros ponemos las restricciones de quién puede representarnos, ya que en teoría cualquiera de los más de 200 millones de estadounidenses podría representarnos y a ellos realmente no les importa si alguien nacido en Puerto Rico y excelente en su deporte decide representar a Estados Unidos. Este es el preámbulo del histórico domingo 1 de agosto y la carrera de Jasmine Camacho-Quinn.

La madre de Jasmine Camacho-Quinn es una de millones de puertorriqueños que nacieron en la Isla y por razones económicas se vieron impulsados a emigrar a los Estados Unidos. En el caso de esta mujer de Trujillo Alto lo hizo de niña, a los 9 años-o sea que fueron sus padres los que emigraron- a la ciudad de Nueva Jersey para luego seguir a Carolina del Sur. Jasmine es hija de una puertorriqueña y un estadounidense y como muchos en la diáspora, sobre todo primera generación, no habla español y tiene una multiplicidad de identidades. A la hora de escoger su ciudadanía deportiva, decidió representar a Puerto Rico. Su caso es particular pues hay que reconocer que otros y otras lo hacen pues aunque tienen raíces boricuas, también tienen más opción de hacer el equipo puertorriqueño que el estadounidense. Ese no fue su caso. Como ella misma ha dicho en múltiples ocasiones cuando es cuestionada ella seguro podía hacer el equipo nacional estadounidense y decidió competir por Puerto Rico, como hacen muchísimos atletas en todo el mundo. Aún así, y a pesar de sus múltiples logros, siempre hay gente que le cuestiona su “puertorriqueñidad”, porque no habla español, porque no se “ve boricua”, porque entrena en Estados Unidos, porque nació afuera, entre otras. Sin duda el tema del racismo y exclusión contra la diáspora no es nuevo, tampoco el nacionalismo lingüístico. Pero Jasmine con su gesta dorada, además de darnos una inmensa alegría, nos enseña mucho.

No hay duda que la representación cada vez más es una opción. Sin darle un inmerecido espacio y atención, Gigi Fernández es el ejemplo opuesto. Ella decidió representar a Estados Unidos por una cuestión deportiva y utilitaria, su evento era dobles y ella calculó que tenía más posibilidades de ganar medalla de oro con una pareja estadounidense, lo cual logró. Aunque hubiera preferido que representara a Puerto Rico, respeto su decisión. Lo que es inaceptable son sus pretensiones posteriores de que se le reconozca como la primera medallista de oro olímpica puertorriqueña, cuando Mónica Puig ganó el oro en Rio 2016. O su constante rabieta por demostrar cuán puertorriqueña es. Precisamente es lo más que me he disfrutado de Jasmine, además de verla correr más rápido que cualquier otra vallista de 100 metros y romper el récord olímpico, es su naturalidad y cómo no necesita probar constantemente quién es y a quién representa.

Sus lágrimas en el podio y que adornara su cabellera con la maga, la flor nacional boricua, valen mucho, a veces más que mil gritos de “yo soy puertorriqueña”. El que la prensa estadounidense haya tenido que tocar el tema, también es importante. Incluso el hecho de que ese domingo Estados Unidos no había obtenido aún su primera presea dorada en atletismo.

La gesta de Jasmine es histórica también en términos deportivos. Su medalla implica que por tres Juegos Olímpicos consecutivos hemos subido al podio olímpico. Y en los últimos dos ha sido a lo más alto, ambas mujeres bajo el mandato de otra mujer, Sara Rosario. Su récord olímpico establecido en la semifinal, es el primero de cualquier atleta puertorriqueño a nivel olímpico. Y su medalla fue la décima en nuestra historia olímpica. En su caso particular, viene luego de un extraño ciclo olímpico de 5 años debido a la pandemia y luego de una triste despedida en Rio 2016 cuando cayó y tumbó varias vallas en su semifinal.

Elena Zenón Castro. Suministrada por la autora

Yo quisiera ir más allá, Jasmine representa también a miles de puertorriqueños y puertorriqueñas que viven fuera de la Isla, ahora en mayoría numérica versus a los que viven aquí. Quienes tienen una identidad compleja, en términos lingüísticos, raciales y que muchas veces son cuestionados en ambos países. Me quedo con el festejo en ambos lados del charco, con las masivas celebraciones en distintos puntos de Puerto Rico, y con el festejo de los familiares de Jasmine en Carolina del Sur. Me quedo con el “puñeta” que escuché de miembros de la delegación de Puerto Rico en Tokyo, con el mío que grité hasta quedar afónica, y con el “Oh my God” de ella y sus familiares. Me quedo con la imagen de su madre revolcándose en el suelo vestida completamente con la bandera puertorriqueña. Me quedo con la imagen de Elena, mi hija de nueve años, nacida y criada en Nueva York, que ataviada con la bandera puertorriqueña miraba embelezada la pantalla y a Jasmine también fundida en la bandera y en español me decía, “esa puedo ser yo”. ¡Gracias Jasmine!.

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