spot_img

La revolución de las apetencias. Conversación con Melanie Pérez Ortiz

 

En Rojo

Melanie Pérez Ortiz hace muchas cosas. Bueno, algunas no hay por qué contarlas pero se puede decir que obtuvo un doctorado en literatura Hispanoamericana de la Universidad de Stanford en California. Es catedrática en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico. En esa institución asediada por el neoliberalismo colaboró en la creación del área de Escritura Creativa para el Programa en Estudios Interdisciplinarios de la Facultad de Humanidades. Ha participado como co animadora y productora en par de programas de Radio Universidad. También colaboreo con la producción del Festival de la Palabra que organiza el Salón Literario Libroamérica y como productora ejecutiva del Congreso de Ciencia Ficción del Caribe. Ha viajado por el mundo dando conferencias. Una vez la encontré en New Orleans desayunando mientras unos músicos de jazz que fueron famosos durante la Segunda Guerra Mundial tocaban sus últimas piezas para irse a dormir pues ya era media mañana. Además ha escrito varios libros.

Hace poco más de una década (2008) se publicó Palabras encontradas. Antología personal de escritores puertorriqueños de los últimos veinte años (conversaciones). Melanie conversó con los escritores y las escritoras que formaban un grupo heterogéneo desde los años ’80 y con algunos de los precursores. Mayra Santos, Rafael Acevedo, José “Pepe” Liboy, Eduardo Lalo, Áravind Adyanthaya, Urayoán Noel, Noel Luna, Pedro Cabiya, Juan López Bauzá, Che Melendes, fueron algunos de los convocados. Ese libro, que recuerde, fue el primero que se ocupó de los encuentros, desencuentros, diálogos y silencios de quienes comenzaron a publicar en esos años y que ya en la primera década del siglo XXI tenían una obra bastante amplia.

Acaba de publicarse La revolución de las apetencias. El tráfico de muertos en la literatura puertorriqueña contemporánea. Decidí entonces conversar con Melanie.

ER- Hola, Melanie.

Más que preguntas te envío temas de conversación.  Es decir, termino de leer el libro por segunda vez y me pregunto si ese necrofilia literaria que nos domina desde el siglo XIX no será parte de una teoría y práctica del poder que se ha instrumentalizado e institucionalizado de modo que hacemos literatura “así” porque el poder nos conduce, nos hace practicar esa conducta. No es que no te refieras a ello. Es que quisiera seguir dándole a ese tema.

Por otro lado, entre las muchas cosas que agradezco de este libro y el anterior, Palabras encontradas, es la atención a escritores contemporáneos -tuyos- porque es una constatación de que la cultura es un proceso dinámico, cosa que parecen olvidar los relativamente escasos críticos literarios. No es lo que ocurre con los lectores, pero esos son otros 20 pesos. Por otro lado, y no pretendo hacer una lista, me gusta mucho que la atención se dirige a la narrativa y a la poesía con igual intención y tensión crítica.

Vuelo al inicio: creo que tu libro es ejemplo de un análisis crítico de la literatura que señala de alguna manera la pertinencia de la biopolítica en nuestra cultura. Aunque hay referencias al cuerpo individual en algunos textos que analizas, ves en ello una regulación del cuerpo político -la población-. No sé si estoy haciendo una lectura exagerada, ¿qué crees? Habría que hacer una distinción, claro, porque la necropolítica es una política de la muerte y la biopolítica es una administración de la vida. Una no está separada de la otra en la práctica.

En fin, yo solo quiero agradecerte el libro. Es un artefacto total, completo, generador de ideas, hace preguntas y respuestas. Entonces, quiero escribir una nota pero me interesa que tú me hables de cómo fue el proceso de escribirlo, qué lo indujo, que lo trató de impedir, que le permitió fluir, cómo se puede escribir-investigar mientras se trabaja en una academia que te exige labor en exceso,. ¿Por qué? ¿Por qué escribiste este libro?

MELANIE- Gracias, Rafa, por tus preguntas y la posibilidad de conversar, porque entiendo mi trabajo de producción de conocimiento, de mentoría, la cátedra, todo como distintas variantes de la conversación pública. Solo a partir de escucharnos, valorarnos y, además, confrontar los límites de las ideas propias y las de otres es que podemos crecer como comunidad. A ello apuesto todos los días. 

Quiero comenzar por responder a las preguntas que aparecían al final de la invitación a reflexionar que me enviaste: 

 En finyo solo quiero agradecerte el libro. Es un artefacto total, completo, generador de ideas, hace preguntas y ofrece respuestas. Entonces, quiero escribir una nota pero me interesa que tú me hables de cómo fue el proceso de escribirlo, qué lo indujo, que lo trató de impedir, que le permitió fluir, cómo se puede escribir-investigar mientras se trabaja en una academia que te exige labor en exceso,. ¿Por qué? ¿Por qué escribiste este libro?

Primero, gracias por esa caracterización de mi libro. Me honras. Respeto mucho tu criterio. Me conmuevo, sobre todo, porque el libro es la suma de años de trabajo. Sobre tu último porqué, te cuento. Cuando llego a Puerto Rico de mis estudios graduados en el año 2000–fui de las últimas camadas de profesores que se contrataron a partir de una convocatoria abierta–venía con un proyecto de investigación sobre el Siglo XIX en Puerto Rico. Escribiría sobre cómo se pasa de la cultura oral a la letrada y cómo la esfera pública incluye y excluye, aunque habermasiana al fin, de ella rescato la idea de que hablando es que nos ponemos de acuerdo. Ese libro todavía lo voy a escribir. Tan pronto pueda acceder a la colección puertorriqueña. Me detuvo la primera constatación de que cuando los expertos hablaban de literatura puertorriqueña actual siempre se referían al grupo que se terminó por llamar “la generación del setenta”. Se trata de Luis Rafael Sánchez, Edgardo Rodríguez Juliá, Ana Lydia Vega, Carmen Lugo Filippi, Magali García Ramis, Edgardo Sanabria Santaliz… Son sobre todo narradores. Te confieso que la lectura de esos autores fue lo que me hizo estudiar literatura y en mi tesis doctoral analizo con detenimiento el trabajo de Edgardo Rodríguez Juliá y Ana Lydia Vega.

Sin embargo, ya en el 2000 me parecía que estaba claro que había otra gente que ya no era tan joven (éramos treintones tirando pa los cuarenta algunos) y que llevaba tiempo escribiendo, pero de ellos no se había dicho prácticamente nada. Me pareció sencillo investigar a partir de conversaciones y ello condujo al libro de entrevistas que terminó por publicarse en 2008 por Callejón. Pero ese libro era una investigación inicial. Había apenas encontrado las coordenadas por las cuales me parecía que se podía empezar a explicar las inquietudes propias de este nuevo momento histórico porque, en realidad, me parecía que lo que se llamó la “crítica posmoderna” explicaba el momento a partir de una proyección de inquietudes propias, visto que los críticos que la producían en Puerto Rico vivieron el mundo polarizado de la guerra fría en su juventud.

Yo había leído a los franceses, hijos del 68, sobre todo (Faucault, Derridá, Baudrillard) y me parecía que no bastaba hablar de errancia y de la convivencia con la contradicción para entender el momento desde la perspectiva de ese grupo posterior que llamé “la generación inquieta”. Sobre todo porque mucha de esa crítica quería superar el “discurso nacional” por patriarcal y burgués pero, me preguntaba yo, después de matar al Padre, así, en términos de Lacan, al que me puse a leer bien a partir de ese momento (de hecho mi apropiación “irresponsable” del psicoanálisis es lo que más pudor me da en el libro y lo digo claramente), después de matarlo, qué queda… Y me sonrío mientras escribo esto porque es el título de un poema tuyo muy temprano que cito en Palabras encontradas, que es el título que le dí a mi libro de entrevistas. Me acordaba de la aversión a las nostalgias en esa época, en diálogo con la cátedra de quien fuera mi profesora de literatura caribeña durante el doctorado, Sylvia Wynter, quien decía que el ser humano no existe sin cultura, fuera de la cultura y la cultura es una narrativa que impone tareas e impone límites a la comunidad. También lógicamente se puede inferir que no toda cultura es patriarcal.

A partir de allí, pensé, que la característica fantástica en mucha de la escritura de fines de milenio estaba hablando en lenguaje mitológico, porque se trataba de una exploración del lenguaje para encontrar las narrativas que darían sentido a la vida común en el futuro. Me parece que mucho de ese discurso filosófico llamado posmoderno valoraba en exceso lo individual, el goce privado. Últimamente estoy pensando en el goce compartido que es práctica diaria en el Caribe y al que Chuco Quintero ha dedicado más de un libro. Quiero ver si logro ponerlo a dialogar con las teorías del psicoanálisis que me parece que supera, pero esa curiosidad en este punto es todavía semillita para mí. Retomando el hilo, este libro que habría hecho en uno o dos años para regresar al siglo XIX, me consumió una década. 

Me detuvo el pensamiento mismo. Fue un proceso lento porque estaba construyendo una manera de mirar que no tenía precedentes claros para mí. Creo que las generaciones más jóvenes que yo no ven la dificultad que supuso pensarse fuera de las dicotomías para llegar al lugar plural que construyen a diario con prácticas diversas, pero a finales de los noventa, principios del dos mil, era difícil imaginar lo común fuera de los clichés que estaban más claramente desprestigiados que los clichés del capitalismo. Ello me condujo a repasar lecturas viejas, adquirir mayor soltura con ciertos aparatos críticos, leer con voracidad lo nuevo, que era el corpus que quería analizar. Me detuvo la vida, que se puso complicada para todes, puesto que los años previos a la crisis ya eran difíciles en el ámbito universitario que desde mi punto de vista estaba muy acomodado en un lugar tan precario que se ponía a sí misma sin darse cuenta en riesgo de desaparecer pronto. 

Habría sido mejor no tener razón sobre esto. La Universidad aguantó el primer tercio de este nuevo milenio y no estoy segura de que resista el golpe. Y es que un cambio de época necesita un cambio en las instituciones y al valorar lo individual sobre lo común se pierde el sentido mismo de la Universidad. Hoy en día hay universidades de gypson board (en la Piñero arriba) y de no sé qué más chupándose los fondos Pell y los clientes pasan por ellas pensando que obtuvieron un grado universitario, cuando lo más importante que se adquiere en ese medio es la capacidad de pensar. Todo esto lo veía desde otro lugar privilegiado, además de la universidad, que es la plaza, la permanencia luego de un tiempo. Más allá de ello, quien habla con un lenguaje distinto muchas veces se confunde con el loco y a los locos se los trata con condescendencia. Para lograr pensar en un contexto donde otros escuchan balbuceos, hay que tener el norte claro y mi norte era producir un libro que dijera algo nuevo. Espero haberlo logrado. 

El libro fue fluyendo, entonces, a empujones de terquedad en medio del caos que fue criar un niño sola y perder muchas comunidades en el camino por razones que no vienen al caso. Cuando une está pensando una idea, de repente todo lo que hace se vuelve parte de ese proyecto mayor. Así, ofrecí cursos de literatura policial, de literatura gótica, de literatura puertorriqueña contemporánea. La conversación con les estudiantes me enriqueció mucho. Siempre apoyo a les estudiantes, por ellos nos salvan todos los días.

> s que preguntas te envío temas de conversación.  Es decir, termino de leer el libro por segunda vez y me pregunto si ese necrofilia literaria que nos domina desde el siglo XIX no serán parte de una teoría y práctica del poder que se ha instrumentalizado e institucionalizado de modo que hacemos literatura así” porque el poder nos conduce, nos hace practicar esa conducta. No es que no te refieras a ello. Es que quisiera seguir dándole a ese tema.

Me estás preguntando por el sentido de la muerte y les muertes en la literatura puertorriqueña desde sus inicios. Mira, yo cambié el título del libro varias veces. Se nota porque el libro tiene dos títulos y en mi mente sigo cambiando la segunda parte. Pienso que debería ser: “Comerse un muerto”. Esto porque sí; el Caribe ha sido laboratorio del capitalismo mundial desde que se lo insertó violentamente en los procesos modernizantes del planeta.  Se titula La revolución de las apetencias porque quería mantener la idea de revolución para describir una literatura que surge justo en el momento en que se proclama que la revolución está muerta. Contrario a lo que han escrito muchos, no se trata de literatura apolítica. Mi adiestramiento foucaltdiano me previene: no existe nada fuera de la política. Lo que sucede hoy en día es más bien que lo que mueve el deseo, lo que apetece, es distinto. Ya no es construir una sociedad patriarcal utópica. Es más bien construir una hermandad, muchas hermandades que… A ver… que honren violencias pasadas y sí, superen al padre en el sentido de un discurso único que nos jerarquiza.  Porque el capitalismo es necrófilo, como bien dices. Mucha de su estabilidad la construye a partir de sacrificios que se vuelven sagrados y lo que se sacrifica siempre es al otro, la otra, quien no cuenta como persona en la narrativa que se construyó para imponer un orden. Entonces, sostengo que las violencias pasadas no se pueden pasar por alto porque acosan el presente como fantasmas. Así, los muertos a que me refiero son nuestros ancestros que exigen que se cuenten las historias de violencia de su momento histórico. No solo eso. Nosotres mismes somos muertes vives. En el sentido de que nos están engordando como lechóde navidad desde la colonización, el cambio de imperio, el ELA, y ahora la Junta. El punto aquí es que ya estamos muertos para la narrativa con la que libremente y alegremente muchas veces cooperamos. Es absurdo porque basta alzar la vista y mirar el cielo, bañarse en el mar, bañarse en un río, meterse debajo de una cascada, comer verduras con bacalao para darse cuenta que este país sin esos aparatos (económicos, políticos, sociales) es pura vida.

Por otro lado, entre las muchas cosas que agradezco de este libro y el anterior, Palabras encontradas, es la atención a escritores contemporáneos -tuyos- porque es una constatación de que la cultura es un proceso dinámico, cosa que parecen olvidar los relativamente escasos críticos literarios. No es lo que ocurre con los lectores, pero esos son otros 20 pesos. Por otro lado, y no pretendo hacer una lista, me gusta mucho que la atención se dirige a la narrativa y a la poesía con igual intención y tensión crítica.

Aprendí mucho haciendo este libro. Hace veinte años me costaba leer poesía más allá de reconocer el movimiento literario: esto es un poema barroco, neoclásico, romántico, modernista, de vanguardia. Luego la vanguardia rompió con todas las reglas y hoy en día pues cada poeta inventa su modo de poetizar. Quiero decir que no entendía bien la diferencia entre un buen poema y otro mediocre, más allá de creer y repetir lo que la crítica pasada había establecido. Pero sucede que, como se trata de un momento en el cual la literatura en general está buscando su lenguaje, hay que prestarle atención a la poesía porque ese es su trabajo, precisamente. Encontrar lenguaje, modos de expresar una realidad que no ha sido nombrada. Por ello, pensé, si se quiere entender la negociación que se está dando en la escritura para describir el mundo que necesitamos para no morir, pues hay que comenzar con la poesía. Y leí mucha poesía. Espero haber demostrado en el libro que hay un proceso de diálogo, intercambio, préstamos, colaboración entre el mundo de la poesía y el de la narrativa. Por ejemplo, normalmente nos acordamos de la generación del setenta en la narrativa, pero la poesía hizo mucho trabajo que permitía ver críticamente el momento histórico desde Guajana  y Ventana. Sinceramente, eso lo aprendí entrevistándolos a ustedes: A Mayra Santos, a tí, a Noel Luna… Yo creo que te habrás dado cuenta, Rafa, que soy medio lentita. Yo pienso lentamente. Escucho bien, creo, y trato siempre de no juzgar. Yo parto  para la vida de la idea roussauniana de que todo el mundo es bueno. Si difiero de alguien en mi mente, más que ponerme a discutir, presumo que no nos estamos entendiendo, que yo no estoy en los zapatos de esa otra persona, que lo que expresa tiene que tener su contexto. Pues, así, no solo para el libro sino sucesivamente en dos distintos programas de radio que conduje y produje, en los congresos que analizan y nos presentan con las prácticas de la ciencia ficción y la literatura fantástica en el Caribe, en conversaciones con amistades, me fui dando cuenta de que mucho de lo más importante del trabajo de pensar el presente se lleva cabo en la poesía. Fue una decisión tardía la de terminar cada capítulo refiriéndome a una poeta. De momento ví el libro como iba y la gente con quienes estaba teniendo las conversaciones más importantes para mí y eran todes poetas. Tenía que cerrar cada capítulo aludiendo al trabajo de une de elles. Y hay capítulos que analizan poesía en unidades completas. No podía creer cuando me puse pa eso, que NADIE hubiera dicho nada del trabajo que lleva haciendo el Che Meléndez por tantos años. Sobre Ángela María Dávila, Iván Silén, por ejemplo, se ha dicho muy poco. Es un área ciega de nuestro mapa literario que hay que seguir trabajando. Fíjate que los capítulos trabajan temas, formas de mirar, de poetizar. Es por ello que no se trata de una historia literaria ni nada que se le parezca. Es, como dices, una caja de herramientas para seguir pensando. Apuesto a ese libro como un sembradío de semillas que espero que nazcan. Esas semillas son miradas, recortes, temas…

 Vuelo al inicio: creo que tu libro es un ejemplo paradigmático de un análisis crítico de la literatura que señala de alguna manera la pertinencia de la biopolítica en nuestra cultura. Aunque hay referencias al cuerpo individual en algunos textos que analizas, ves en ello una regulación del cuerpo político -la población-. No sé si estoy haciendo una lectura exagerada, ¿qué crees? Habría que hacer una distinción, claro, porque la necropolítica es una política de la muerte y la biopolítica es una administración de la vida. Una no está separada de la otra en la práctica.

Eso ya lo contesté, creo. Fuera de la necropolítica y la biopolítica está la vida, que es nacer, aprender, jugar, reír, ir a la playa, al río, comer rico, dormir protegido, sufrir, incluso, protegido, parir, criar, sembrar, bailar, cantar, pintar, contar cuentos, crear ideas para mejorar la vida en comunidad, envejecer con dignidad, cuidados y amor y morir. No necesitamos a quienes nos colonizan para ello. Para ninguno de los aspectos de la vida que ahí menciono. Creo que la literatura se imagina ese mundo, como tu Exquisito cadáver, que termina con Lem, que visita a un amigue y le lleva una botella de agua, en un afuera, luego de haberse quitado el chip, en un mundo en el cual la escasez de agua determina las relaciones humanas. En la poesía ya existe el hombre nuevo (perdonen el término que trato de limpiar de su carga mientras lo uso), en un poema de Nicole Cecilia Delgado. En poemas de Ángela existimos como especie que vive en comunidad, porque aprendemos a reir mirando otros rostros que ríen. En un poema de Mayra Santos Febres están las víctimas del esa necropolítica hundidas en el mar, donde han hecho una casita que barren todas las mañanas viendo pasar las escuelas de atún. No recuerdo la imagen precisa, pero yo no puedo leer ese poema sin llorar. Esa señora que barre la entrada de su casita debajo del mar es mi ancestra. Ella cuenta en mi cuento. Se lo debemos y lo estamos haciendo en la literatura. A ver qué resulta con el país.

 

No se diga más, a leer, a conversar, a encontrarnos.

spot_imgspot_img
spot_img

Related Articles

Traducir»