las cosas de los muertos

Por Sofia I. Cardona / Especial para En Rojo

 

Morimos, y lo dejamos todo como si hubiera entrado un ejército enemigo a la hora de la cena: los platos servidos, las botellas a la mitad, la silla separada de la mesa. Nos fuimos corriendo.

Luego vienen otros a rebuscar en las gavetas, el escritorio, las cajitas selladas y colocadas amorosamente en lo más alto de los armarios. Tienen permiso para mirar, averiguar, descartar. Con esos restos van construyendo una idea de quienes fuimos, como construir un zapato a partir de su huella. No siempre nos gustará el resultado.

Papelitos e historias personales

El sol se ha ido comiendo los dibujitos infantiles de mis hijos ya adultos. No me había dado cuenta hasta esta mañana que corrí las cortinas y pude verlos en toda su palidez. Los más que padecen están escritos a lápiz, sobreviven los de tinta metálica que tuvieron alguna vez. A las fotos les ha pasado lo mismo, y se me ocurre que ya es tarde para reclamarle al laboratorio de W. , que habrá usado para revelarlas químicos reciclados como las pailas de manteca en las que se fríen y refríen las alcapurrias de Piñones. Qué pena.

Últimamente he estado más consciente de que podría desaparecer y dejar mis papeles abandonados para que otros dispongan de ellos, y esto me ha producido escalofríos. Me van a odiar después de muerta, pienso, porque no van a entender porqué guardo esto y lo otro, y tendrán el dilema de si botar o no todo aquello a la basura. Me acordé de mi padre, que dispuso de sus recuerdos los últimos años de su vida. Mi madre fue otra cosa, vivió en un mundo papelero, como abogada, y les perdió el respeto a los documentos al punto de no haber dejado nada, o haber dejado poco; aunque eso no lo sabré hasta que dispongamos de sus cosas, se me ocurre ahora. Igual hay en su clóset un baúl repleto de enigmática basura.

Una vez reclamé los recuerdos del pasado familiar. Resultó que mi madre no había guardado nada (sospecho que no le apetecía dejar pistas) pero su excusa era que de muchacha habían desahuciado a su familia de la casa de Adjuntas (aquí introducía una historia larga e interesante que no ahora no viene al caso) y sólo pudieron llevarse lo imprescindible. En casa de mi padre guardaban en una lata de galletas documentos importantes, cartas y fotografías, pero después de la muerte de los abuelos la lata se perdió en las mudanzas sin dejar rastro. Así que en mi memoria familiar hay un vacío tremendo, y puede que esto explique mi superada obsesión de guardar papeles.

El döstädning

Hace poco tiempo escuché de una costumbre sueca, el döstädning o «limpieza de muerte», que cuando se llega a “cierta edad” (entre cuarenta o cincuenta años según los escandinavos) deberíamos empezar a considerar. No se trata solamente de los trajes y zapatos que no vestimos desde hace más de quince años, sino de papelitos, entradas de teatro, antiguos pases de abordaje, notitas misteriosas que guardamos entre nuestras cosas. Son recuerditos que sólo nosotros apreciamos.

El término ha cobrado notoriedad a partir del libro de Margareta Magnusson, El arte sueco de ordenar antes de morir. A Margareta se les murieron sus padres y su marido, y de pronto se encontró agobiadísima, responsable de disponer de los tereques de sus seres queridos. Supongo que se habrá sentido en algún momento muy mortificada. La entiendo. La compadezco. Afortunadamente, Margareta pasó por su trauma y escribió este libro que, al parecer, ha tenido mucho éxito, algo que habrá alegrado muchísimo a sus herederos.

Encuentro una reseña del libro titulada “El arte sueco para liberarte de lo que no te gusta” y veo que el döstädning toma un giro distinto a la onda pseudobudista que yo le había atribuido: cómo deshacerse de los excesos del consumismo. Claro que la reseñista dora la píldora y, aunque aclara que tiene “algo de meditación”,  presenta el asunto como un acto de ser generoso con el prójimo y no como una forma de deshacerse del montón de cachivaches que impiden al consumidor desear (y eventualmente adquirir) nuevos cachivaches.

La idea, en principio, sin embargo, no sólo me parece sensata sino que he sido testigo de esta práctica (sin necesidad de leer el libro) cuando mi padre, acaso contagiado con la histeria milenarista del 1999, ya octogenario, empezó un lento streap-tease de su biblioteca personal y fue distribuyendo todos los papelitos amados que había conservado por décadas. Estuvo siete años devolviendo, a sus respectivos dueños-emisores, tarjetas de cumpleaños, obras de arte infantil, notitas cariñosas y cositas por el estilo que había guardado con celo. Supongo que el resto de los papeles fue a dar al zafacón, sin que ninguno de sus herederos pudiera impedirlo.

La oficina universitaria de mi difunto marido estaba apertrechada: harina de café (con su taza, cafetera y hornilla), azúcar, galletas, sardinas, diccionarios, abrigo. pilas y pilas de fotocopias repetidas de Pedro Páramo, poemas de Borges y Neruda, exámenes viejos, etc. Semanas después de su muerte fui allí y, antes de devolver las llaves, me llevé las sardinas (para los huracanes), las fotos y sus carteles, y les dejé las estibas de papeles, que eran muchos, y algunos viejos diccionarios. Regresé a casa a disponer de mis papeles, por si acaso.

Los papeles se rompen con coraje

Es más fácil botar cosas que papeles. Muchas de ellas pierden utilidad o no la tuvieron nunca, pueden ser sustituidas o desplazadas, vienen de China y fueron construidas por manos ajenas, desconocidas. Los papeles son diferentes; los papeles escritos a puño y letra, digo, los papeles impresos, sobre todo los bien doblados y engavetados por muchos años, papeles que se convierten en documentos y transpiran un perfume memorioso.

Por eso al principio dudo, hasta que pronto descubro que el airecito ese está más en mi cabeza que en el papel, que tengo gavetas y gavetas de papeles que ya no recordaba, y me enfogono. Me ensaño contra ellos, pobrecitos papeles que no tienen la culpa, y los rasgo con furia, y corto y corto, y me corto con ellos, me chupo la sangre de los dedos cortados y me envalentono, ahora van a saber quién soy yo, y me parece que nada merece la pena retener, y río sardónicamente mientras rompo papeles, y boto y boto y boto. Lleno varias bolsas blancas que parecen más nubes felices que bolsas de la morgue y arrastro todos aquellos papeles muertos hasta la basura. He logrado borrar mi rastro, y, por el momento, voy más livianita por ahí.