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Las horas de Nydia

 

Especial para En Rojo

 

«Hay que haber comenzado a perder la memoria, aunque sea sólo a retazos, para darse cuenta de que esta memoria es lo que constituye toda nuestra vida. Una vida sin memoria no sería vida, como una inteligencia sin posibilidad de expresarse no sería inteligencia. Nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento. Sin ella no somos nada. La memoria, indispensable y portentosa, es también frágil y vulnerable. No está amenazada sólo por el olvido, su viejo enemigo, sino también por los falsos recuerdos que van invadiéndola día tras día… La memoria es invadida continuamente por la imaginación y el ensueño y, puesto que existe la tentación de creer en la realidad de lo imaginario, acabamos por hacer una verdad de nuestra mentira».

-Luis Buñuel

 Todavía no sé bien cómo ocurrió esto. A veces pienso que la pandemia alteró las estructuras de la memoria. O tal vez el aislamiento nos ha permitido hurgar en lugares recónditos de nuestra mente. Hablaba por teléfono con mi amiga de toda la vida, una de las pocas personas que conoce prácticamente todo sobre mí, cuando me comentó algo fortuito sobre Nydia Caro. En un segundo empezó a desfilar ante mí el recuerdo nítido de mi entrañable amistad con Nydia.

-Nydia y yo somos íntimas amigas, le dije.

Su risa bien alborotosa resonó como un trueno del otro lado del teléfono. Definitivamente no me tomaba en serio. ¿Cómo iba a explicarle esta verdad absoluta? Quería decirle que no fuera incrédula, que era absolutamente cierto lo que le decía, que ella no sabía todo sobre mí como creía. Pero pasó algo más estrambótico aún, y es que tuve la sensación de que no había rememorado aquello durante muchos años, décadas. Era como si recién despertara de un olvido insólito, imposible, para recordar algo monumental de mi propia vida. ¿Qué había pasado todos estos años con mi amistad con Nydia?

Le dije a Alejandra que le explicaría todo otro día y corté la llamada de inmediato para buscar las pistas de aquella amistad que ahora se me revelaba como una gran verdad escondida.

Sacando cuentas con muchísima dificultad y haciendo unos ejercicios de arqueología digital en mi memoria moderna (o sea, en mi correo electrónico), he podido comprobar que aquello fue hace sólo diez años. Yo viajaba sola de regreso a la Isla, creo que de Wáshington, y nos tocó sentarnos juntas. El vuelo se atrasó mucho, muchísimo, hubo que quedarse dentro del avión esperando y el asunto fue que comenzamos a hablar. Creo que fue cuestión de minutos lo que nos tomó hacernos amigas íntimas. Sé que les sonará excéntrico, o tal vez clichoso, pero todo fue como esos amores a primera vista. Fuimos de cero a cien y, en tan sólo minutos, ya estábamos conversando espesamente sobre tantas y tantas cosas de la vida, entre tragos de Seltlzer y Ginger Ale. Cuando el avión finalmente despegó, ya sentía que nos conocíamos desde siempre, que Nydia y yo habíamos llegado tarde al encuentro de nuestra propia amistad.

Parte de esta extrañeza que todavía no logro nombrar es no recordar los detalles de aquella conversación de horas que sostuvimos. Lo que sí recuerdo es la sensación de intimidad, la certeza de saber que hablamos de cosas hondas, del País, de nosotras. Pero no recuerdo qué nos contábamos, exactamente de qué conversábamos. Nos reíamos, eso sí, y mucho. Y en algún momento también tuve ganas de llorar. Pienso que Nydia me habló de su vida, del amor, de sus hijos, del País, ahora estoy casi segura de que me habló de Chile, y todo lo decía como si no fuera ella, como si no fuera Nydia Caro, aunque también sí, porque hay algo en Nydia que es todo ella, todo Nydia, pero no es algo que ella pueda apalabrar, no. Nydia es demasiado elegante y jamás se enfrascaría demasiado tiempo en una conversación sobre sí misma. Pero en el metal tranquilo de su voz, en la delicadeza de sus manos, la sedosidad de su rostro, la sonrisa discreta y perenne, estaba también la Nydia boricua, asertiva, que identifica a su paisana en tres segundos y le monta una conversación con la mayor naturalidad, como si estuviera en la fila de Supermax; la señora guapa pero muy sabia, que no se toma demasiado en serio. Creo que en un momento dado le dije que ella era ella, casi a modo de pregunta retórica, pero sé que, de cuando en vez, volvía a observarla bien para asegurarme de que era ella pues no se me parecía a la Nydia Caro un poco lejana, bastante misteriosa y excesivamente delicada de aquellos especiales de “Noche de Gala” que tanto tuve que ver en esta vida. Nunca fui muy fanática de la televisión pero, cuando ya veía a Nydia Caro en la pantalla, eso casi siempre significaba que mi madre ya no iba a llegar a buscarme como prometido y me tocaba volver a dormir en casa de mi abuela. Ahí entonces yo trataba de dejar de mirar obsesivamente el ventanal que daba a la entrada del edificio de mi abuela, buscando el carro de mami a cada minuto. Trataba de decirme algo relajante, algo que me ayudara a resignarme, y me entregaba a la experiencia de hacer feliz a mi abuela compartiendo sus especiales de “Noche de Gala” como si mi espíritu pre-adolescéntico de verdad disfrutara de aquel pasatiempo pretérito.

Pero volviendo a lo que nos compete, por supuesto que Nydia y yo intercambiamos correos, y creo que hasta teléfonos. Y para mi sorpresa, al cabo de un tiempo, me llegó un correo de un asistente suyo diciéndome que ella me invitaba a un concierto que tenía por esos días en Bellas Artes. Aquí mi memoria sigue fragmentándose. Y aunque recuerdo que fui al concierto, y que fue hermoso, un tributo a Violeta Parra, por más que me esfuerzo, no puedo recordar instantes puntuales, sólo me queda la sensación de belleza, de euforia y excepcionalidad de ese momento.

Tengo una memoria muy vaga de haber ido a saludar a Nydia al camerino tras finalizar el concierto, pero estoy casi segura de que esto fue sólo un deseo, una idea excesivamente entusiasta que habré tenido al pararme de la butaca y aplaudir aquellas canciones vibrantes, aterciopeladas por su voz tan tersa. Pienso que tal vez me propuse ir a saludarla pero, al pie de la gestión, seguramente divagué y me di la vuelta y seguí hacia la fila para pagar el estacionamiento, tras el resto del público.

Nunca más supe de Nydia. El tiempo me ha traicionado con esta niebla tremenda en la memoria, y ya nunca supe qué pasó con aquella intensa amistad nuestra, con todo lo que nos contamos, que yo sé que fue profundo y sentido aunque no sepa exactamente qué fue.

Todo esto lo recordé de golpe mientras Alejandra me mencionaba a mi buena amiga en el teléfono.

-¿Nydia? ¿Nydia-Nydia? ¿Nydia Caro?, le pregunté.

-Sí, Nydia Caro.

-Nydia y yo éramos íntimas. Pero íntimas.

No sé si Alejandra llegó a creerme o si pensaría que la pandemia terminó de enloquecerme. Pero yo sí puedo declarar, ante el regreso súbito de este recuerdo amañado, que tuve de nuevo aquella sensación, la certeza de que esa amistad estrecha sí ocurrió, porque yo la viví. Aunque ya alguien dirá que fueron solo unas horas fortuitas que, secuestrada en un avión, se pasan con cualquiera.

 

 

 

 

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