Las venas amputadas de América Latina

Cada año, la ONU consagra el 20 de febrero como Día Mundial de la Justicia Social. Sin embargo, ¿cómo podría haber justicia social, en un mundo en lo cual 60 familias acumulan lo equivalente a la renta de la mitad de toda la población mundial? En América Latina, en la primera década de ese siglo, algunos gobiernos progresistas han logrado disminuir la pobreza y reducir la desigualdad. Ahora, desde años más recientes, en diversos países, aliados del Imperio han retomado el poder. A ellos, poco importa que 10% de la población latinoamericana se hunde en extrema pobreza. Nuestras tierras, de las más cultivables y fértiles del planeta, sirven al agrobusiness y a las empresas mineras. Grupos internacionales invaden y se apropian de las tierras. Emplean a los pobres como si fueran esclavos y destruyen bosques y ríos. Las víctimas primeras son los pueblos originarios y sus comunidades, afectadas por el progreso de los grandes. 

En el 27 de enero de este año, en Minas Gerais, Brasil, se dio la ruptura de la segunda represa de desechos de la compañía Vale do Rio Doce. Esa tragedia, en Brumadinho, MG, nada tuvo de accidente. Fue un crimen previsto y anunciado. A pesar de saber de los riesgos, la empresa prefirió ganar dinero por encima de la pérdida de cientos de vidas humanas y la destrucción de toda la naturaleza en una inmensa región afectada.

Hace décadas, Eduardo Galeano escribió “Las venas abiertas de América Latina” para denunciar la situación de explotación de la tierra y de los pueblos del continente. Con la actual investidura del Imperio, la dominación de las multinacionales y gobiernos que no representan la mayoría de la población, las venas de América Latina no sólo están abiertas. Sangran, víctimas de un proceso de vampirización. 

Nuestra esperanza es que la sociedad civil y las organizaciones sociales se articulen en una acción ciudadana. Es urgente una alianza de la humanidad a servicio de la vida y que logre fortalecer la articulación de las diversas categorías de trabajadores/as, en vista de nuevas formas de organización social y de democracia participativa. A través de las Iglesias cristianas, la palabra de Jesús interpela a todas las personas de buena voluntad: “El soplo divino vino sobre mí y me envía a anunciar liberación de todas las personas oprimidas” (Lc 4, 14ss). La justicia social sólo se dará a partir de la liberación que, como han afirmado los obispos católicos en Medellín (1968) tiene de ser “liberación de cada persona humana en todas sus dimensiones personales y liberación de toda humanidad” (Med.5, 15).