Lo que no dijo el orfebre

Jaime Córdova / Especial para En Rojo

Creo que no olvidaré el siete de febrero con sus recompensas, confusiones y un interesante evento que me ocurrió dos horas antes de la presentación del libro. Cuando por fin pude llegar a Zayas, tuvo que ser en taxi porque mi carro fue muy enfático —con inapelables mensajes de humo, ruidos raros y fiebre de cuarenta, todo ello frente a la Funeraria Villa Nevárez— en que no tenía intenciones de llevarme a la plaza Roosevelt. Empecé a recuperarme de esa ordalía cuando entré por la puerta y divisé en una mesa a mis amigos Cándida Cotto, Maribel Franco y Giancarlo Vázquez. Ellos se levantaron, dejando momentáneamente desatendidas una tentadora manifestación de frías botellas verdes, para de prisa ayudarme a colocar libros y cuadros de forma atractiva. Gracias compañeros.

A pesar de estos olvidos, el balance fue más que favorable. Pude comprobar que es cierta la teoría aristotélica de que la relación más estable y duradera entre los seres humanos es la amistad. Gracias por haberme acompañado. 

Al compadre Manuel de J. nadie le advirtió de que había sido seleccionado para actuar como maestro de ceremonias en la presentación del libro. Se le avisó cuando estaba a punto de sentarse en un palco frente a la tarima que ha instalado Aníbal Zayas para presentar agrupaciones musicales. Lo vi reunido con Alida Millán y, poco después, se escucharon las siguientes instrucciones: “Favor de tomar asiento; la presentación está a punto de comenzar. Ya tendrán oportunidad de adquirir el libro”. Hubo silencio en las treinta y pico de mesas que hay en el salón, Manuel tomó el micrófono, Barleta, encargado de finanzas, se acomodó a mi lado y Rafah Acevedo se preparó para consumir un inolvidable turno al bate.

Rafah habló sobre su amistad conmigo y de mi relación con su padre, quien tanto me ayudó cuando en el año 1954 yo hacía esfuerzos por establecerme en el negocio de la publicidad. Este fue el año en que llegó la televisión a Puerto Rico, y a José Agustín Acevedo —así se llamaba— lo que más le atraía era escribir guiones para la televisión. Él desarrolló un programa que tituló Pinceladas Musicales. Consistía de piezas clásicas cantadas por la soprano Olga Iglesias, acompañada por Henry Hutchinson al violín y Luz Hutchinson al piano. Este era un buen programa que semanalmente iba al aire en vivo y requería reuniones organizadas para determinar vestuario, escenografía, guion, selección de las piezas y espacios comerciales, que tenían que ser ensayados porque también eran en vivo. No sé cómo José Agustín Acevedo podía supervisar tantos detalles de producción y cumplir otras con otras responsabilidades, entre ellas, estar a cargo de la publicidad del Ron Superior Puerto Rico y de San Miguel y Compañía. Hubiera querido mencionarlo. Siento haberlo olvidado.

 Prosiguió su presentación leyendo versos de algunos poemas y ofreció una cátedra, estableciendo creativas conexiones con otros temas, como el bolero, la obra del poeta Cavaffy y el importante papel que tienen las ciudades en la literatura. Eso me hizo recordar El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durell. Sentí una gran satisfacción al escucharle decir que La verdadera muerte de Daniel Santos estaba entre los cuentos cortos que más le han gustado. Gracias, Rafah.

Otra inexcusable omisión fue los nombres de las dos personas que convirtieron un reguerete de poemas, dibujos, fotos y un cuento corto en una unidad llamada libro. Son ellos Marcos Pastrana y Teresa Rodríguez. Espero que no sea tarde para decir gracias.  

Ahora que estoy en casa y, claro, aquí me acuerdo de todo, no entiendo por qué en la sección de la presentación dedicada a preguntas y respuestas perdí en ‘’los remolinos de la mente” el nombre del autor del primer bolero titulado Tristezas, cuyo autor es el santiaguero Pepe Sánchez, quien lo compuso en el año 1883. También se me cayó la bola cuando desde una mesa me hicieron la pregunta de cuáles eran mis poetas puertorriqueños favoritos. Contesté que José María Lima era uno de ellos, pero no mencioné a Palés ni a Julia de Burgos, por quienes siento una admiración especial. Pienso que si Julia cerraba los ojos y seguía respirando, los versos tocaban a su puerta.

A pesar de estos olvidos, el balance fue más que favorable. Pude comprobar que es cierta la teoría aristotélica de que la relación más estable y duradera entre los seres humanos es la amistad. Gracias por haberme acompañado.