“Lo único que me interesa tener es un hogar”

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El residencial Silver Valley parece un desierto. Ya para el viernes 8 de mayo, pocos carros permanecían estacionados. Algunos vecinos movilizaban sus pertenencias a sus autos puesto que sus residencias quedaron afectadas tras el sismo con magnitud de 5.2 del pasado 2 de mayo.

Annette, cuyo nombre se cambió para proteger su identidad, invitó a CLARIDADa observar los daños que sufrió su apartamento en el segundo piso. No hubo columnas ni paredes que se salvaran del agrietamiento, que simula venas expuestas por un cuerpo de concreto. Aquellas grietas que surgieron del temblor de 6.4 del pasado 7 de enero empeoraron y otras son nuevas de paquete.

Las losetas del baño cayeron en la ducha para revelar el vacío en las paredes. La residente de 45 años mostró un vídeo a la periodista: “Mira cómo está el baño de abajo, justo debajo de donde estamos”. Cualquiera pensaría que habían destruido el lavabo para una remodelación, pero no; fue un efecto colateral del fenómeno natural terrestre.

En la residencia de arriba, y diagonal a la de Annette, viven Milagros Rivera Álvarez y José Mojica. Durante los pasados 19 años, Silver Valley ha sido su hogar. Vieron a su comunidad crecer hasta crear una familia entre vecinos. Igualmente, la han visto sufrir.

“Yo le cogí tanto y tanto miedo, que dormía con la puerta abierta. Yo no prendía los aires acondicionados de los cuartos porque… si no, no voy a escuchar los ruidos”, explicó Milagros. Al recordar su vivencia durante el último sismo fuerte, ella se volvió temblorosa y lloró con voz ansiosa: “José me decía: ‘¡Salte, Milagros, salte!’… Me sacó, porque yo no me podía mover. Si los dos temblores rompieron cosas, pero no me cayó el techo, ¿por qué yo tengo que salir corriendo? Aquí, en la sala, esperé que terminara el jamaquióny salí corriendo”.

Luego del suceso, “tú escuchabas a la gente gritando encerrada, como pasó en el primero”. Annette confirmó que algunas puertas fueron derribadas a patadas y marronazos para sacar a las personas. “No quisiera que a mí ni a mis vecinos nos olvidaran… ¡Y que ayuden!”, clamó Milagros con lágrimas derramadas por sus cachetes.

Junto a dos familiares, la pareja de la tercera edad guardó sus bienes en cajas para dejarlas listas para una mudanza con destino incierto; por lo menos, se minimizarán los daños en caso de otro movimiento de tierra. “Cada cosita ha sido con sacrificio… Casi todo es de segunda mano porque, si están buenas, las compro, pero todo se valora”, recalcó Rivera Álvarez.

Ella y su esposo decidieron rechazar una relocalización a otra vivienda pública y optaron por acogerse a Sección 8, con la esperanza de obtener un voucherpara rentar una pequeña casa o apartamento como nuevo hogar. Este mismo es el deseo de todos los residentes de Silver Valley, especialmente para Julia (quien también tiene un nombre ficticio para proteger su anonimidad).

“Cualquier techo que nos den es bueno”, exclamó Julia. La madre soltera de 32 años tiene cuatro niños que, al momento de la entrevista con este medio, jugaban entre sí. A veces interrumpían a su mamá, pero se mostraron educados y entretenidos con sus equipos electrónicos ante la sorpresiva visita de CLARIDAD en el Caribe Hotel.

Foto: Angeles Rodríguez

Su habitación consistía de dos camas full, una mesa de noche, un televisor grande (al que conectaron el Xbox) y el microndas de Julia. También, había alimentos enlatados y cajas plásticas rellenas de ropa para los niños.

El mayor de Julia tiene diez años y cursa el quinto grado, mientras que el tercer chico tiene seis y está en primero. Los tres, estudiantes de la escuela elemental Fernando Malavé Oliveras, no han pisado un salón de clases desde el semestre pasado puesto que la estructura fue declarada no apta para recibir a sus alumnos por los terremotos.

Ser madre y maestra improvisada a la vez no fue fácil para Julia, ya que solo contaba con su teléfono para descargar los módulos remediales para sus tres hijos mayores. Tampoco ayudó que su familia tuviera que dormir en casetas durante dos meses por temor a los temblores.

Foto: Ángeles Rodríguez

Luego de esa situación, llegó la pandemia del COVID-19 a la isla, y tanto los trabajos de escuela como la vida cotidiana quedaron en pausa. “No es momento de complicarse por estudios; en estos momentos, hay que concentrarse en la salud emocional, física y mental”. Julia considera mudarse con sus nenes a otro residencial. “Lo único que me interesa es tener un hogar”.

Afortunadamente, los 106 residentes de Silver Valley han obtenido provisiones de parte del Departamento de la Vivienda y otras entidades, como la Cruz Roja, ASSMCA y la Liga Atlética Policiaca, para esta emergencia. Por el contrario, en enero las ayudas gubernamentales y municipales fueron prácticamente nulas. “Entiendo que debieron haber bregado directamente con nosotros… Al momento no quise [aceptar una reubicación] porque nos dan otras opciones de vivienda,  [que son] mucho para lo que nosotros podemos costear o tenemos”, añadió la enfermera desempleada, por elección propia para dedicar su tiempo a criar a sus menores.

Por otro lado, voluntarios del Correa Family Foundation descargaron de un camión donaciones de suministros de primera necesidad para los refugiados en el salón de actividades del hotel. Entre lo entregado hubo comida, materiales de protección contra el coronavirus, objetos de uso personal, pañales y otros. También, entregaron donativos en Peñuelas, Guayanilla, Guánica y Lajas a otras personas damnificadas por la reciente actividad sísmica.

No obstante, la necesidad más imprescindible para las 21 familias que se hospedan indefinidamente en el Caribe Hotel es la de tener un techo permanente que les cobije. “Lo que pasa es que hay que esperar”, expiró Julia con los hombros encogidos, los labios fruncidos y un aura de no tengo más opción que ser paciente.

 

 

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