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Lolita, mi madre y yo

 

Sophie Collins Arroyo

En el apartamento de Lolita, las cajas estaban en pilas altas. Había mucha gente que entraba y salía. Querían ver a esta mujer: la mujer libre, la mujer “perdonada”. Mi madre solía decir, “no la recuerdo recibiendo el trato que merecía, como persona con necesidades como cualquier otra”.

En 1979, ella se mudó al complejo de apartamentos en Trujillo Alto donde mi madre vivía. Un día, mi madre llegó a la casa de su trabajo y encontró que sus mecedoras no estaban en el balcón y preguntó a su esposo “¿dónde están las mecedoras?” El contestó, “Lolita no tiene ningún sitio para sentarse. Se las llevé a ella”.

“A veces llegaba a medianoche y la gente seguía sentada y haciéndole preguntas. Eso me molestaba—ella está aquí, pueden volver mañana. Ella perdió la voz. Yo era una de las pocas personas regulares; yo no era un miembro del partido ni del movimiento, nada así. Simplemente era una vecina, con un niño y un marido. No me sentí como algunas personas que estaban tratando de conseguir algo de ella. Ella estaba cansada. Ella estaba muy cansada”, así la recuerda mi madre con la mirada en un espacio sin tiempo.

Cuando Lolita estaba en la cárcel, rechazó el correo. Las cartas tenían que estar escritas en inglés. Ella prefería no leer ninguna. Ella rechazó la libertad condicional, porque aceptarla era mostrar arrepentimiento. Y ella no se arrepintió. Además, ella ni acató ni aceptó la ley imperial de los Estados Unidos y a sus compañeros no les dieron la misma oportunidad.

“Le torturaron tocando música funeraria, la música que te recuerda a la muerte. Y ella dijo que, mientras tocaban esta música, una mujer de velo caminaba de aquí para allí, de frente de su celda. Experimentaron con ellos, tú sabes. Definitivamente hubo tortura psicológica. No permitirte ir al funeral de su niño, eso es tortura de la peor”.

“Este joven del barrio dijo, ‘tengo que encontrar un amigo para que nos lleve. Tengo que ir y llevar a Lolita a las cuatro de la mañana para hacer la fila de los cupones’. Ella fue y rogó al imperio por dinero para poder comer. Para mí, ¿como que nunca tuvimos un plan de qué hacer cuando lleguen aquí? Sabíamos que iban a venir. Todos estaban presionando por su perdón, presionando por su perdón. Durante veinticinco años, todo lo que escuchaste fue ‘¡Libertad! ¡Libertad! ¡Pa’ Lolita y los demás!’ Pero no recuerdo que con las palabras le trajeran comida”.

“Ella tuvo encuentros con extraterrestres. Ella tuvo encuentros con Dios. Y le decía a la gente. Y la gente pensaba ‘Guau, está loca’. Empezaron a echarla a un lado y a darle más importancia a los prisioneros varones. Decía que Rafael Cancel Mirando estaba celoso de ella porque la eligió Pedro Albizu Campos para liderar esto”.

“Entonces había rumores de que estaba loca. La gente estaba hablando sobre su religión, cosas que algunos de la izquierda no podían soportar.. Y fue, como de repente, ¡te olvidaste que esta era Lolita Lebrón! ¿A quién le importa? ¿A quién le importa?”

¿No se necesita la misma fe de ver a Dios, y a los extraterrestres, como se necesita para ver la libertad en una isla que no ha conocido la libertad en siglos? Si ella estaba loca porque vio a Dios, también ante los ojos de sus seguidores debía estar loca por entrar al Capitolio y apuntar a los cielos. Se condena a las dos fes o no se condena a ninguna.

“Me decía, ‘Sé que la cura para el cáncer está en la piña’. Me decía, ‘Tu nene va a ser el presidente de La República de Puerto Rico’”.

“Lolita tiene una misión en su vida. La independencia de Puerto Rico. Separar la isla del imperialismo yanqui. No hay mucha gente en Puerto Rico que toda su vida sean dueños de sí mismos y sus convicciones. En Puerto Rico le llaman compromiso, tú tienes un compromiso con la Patria, con la libertad de la Patria. Y nunca cambian. Esa gente, se dice que tiene verticalidad porque creció verticalmente. Crecieron hacia arriba, siempre subieron en sus ideas, en sus conocimientos, en su aprendizaje. Eso es todo lo que quieren. Y son bien combativos. Su cosa es esta isla, primero con los españoles y ahora con los otros cabrones, merece mejor. No creo que Lolita tuviera una agenda, nada así. Eso es todo. Eso es lo que ella hizo hasta el día en que murió”.

Mi madre tiene dos cartas de ella. Una de ellas dice “¡Cuánto celebramos en el centro del alma que la nena sigue mejorando! Ustedes han hecho magníficamente bien con su hija y pa’ allá donde ella tiene los mejores cuidados médicos. Esperamos en Dios y la Virgen que ella se recupere totalmente. De la Patria, ya ustedes saben; la República está cerca, demos gracias a Dios”. Mi hermana (“la nena”) estaba enferma de leucemia en ese momento. Estas son palabras generosas de una madre que perdió a un hijo y a una hija a una madre que pensó que podría perder una. No puedo parar de leer estas líneas. No puedo parar de pensar en los rezos de Lolita. Mi hermana sí se recuperó. Ella ya no es la nena; es una mujer—una madre, con su propia hija. En cuanto a la República, han pasado treinta y dos años desde que Lolita dijo que estaba cerca, y todavía no está aquí.

Mi madre frunce el ceño mientras me lee las cartas en voz alta. Se interrumpe para murmurar “Qué bien escribe, ¿eh?” Cuando termina, digo “había olvidado qué conmovedoras son sus palabras”. Dice “yo también”.

 “No recuerdo si respondí. Soy mala en eso. Era tan mala en eso”.

Voy a escribir por ti, Mami.

Querida Lolita,

Mi madre me ha hablado tanto de usted, pero todavía tengo tantas preguntas.

En su carta, dice que La República está cerca. Usted estaba equivocada, pero le creo. El futuro, por lo que luchamos, siempre está cerca, si no la lucha sería insoportable. Sé que no está en paz. Sus restos están enterrados bajo suelo americano. Corretjer dijo, “yo sería borincano, aunque naciera en la luna.” Sus restos, también, están enterrados bajo suelo americano. ¿Importa dónde mueres? Puedes ser puertorriqueño sin importar donde nazcas, pero ¿dónde puedes ser libre? Quiero libertad, libertad, pa’ Lolita y los demás.

Espero que algún día salga el sol sobre la República Independiente de Puerto Rico. En ese momento, por fin, usted podrá descansar. Cuando aterrizó en Puerto Rico después de su liberación de la cárcel, fue al cementerio para besar la tumba de Pedro Albizu Campos. Ahora está enterrada allí, también.

¿Cuántas generaciones más de nacionalistas van a besar las sepulturas de los que vinieron antes? ¿Cuántos monumentos más pueden caber? ¿Cuántas tumbas blancas más, de cara al mar?

Creo que entiendo que usted estaba nostálgica. Nostálgica por un lugar que no había existido en más de cuatrocientos años. Nostálgica por Borikén. Gracias por tener la imaginación de verla, ahí en el horizonte. Creo que yo también la veo.

Se despide con mucho amor su compañera,

Sophie Collins Arroyo

 

Sophie Collins Arroyo nació en Boston, Massachusetts en 2001. Estudia matemáticas en la universidad de Harvard. Su madre nació en Arecibo, Puerto Rico en 1953.

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