Los días últimos

Errata: La semana pasada la columna  de Será otra cosa, salió en la edición con el nombre de Beatriz Llenín y por unas horas corrió en este medio igual, la columna con el título: La escuela es un corazón es de  Rima Brusi. Pedimos a la compañera mil disculpas por este error.

amf.

Por Sofía Irene Cardona / Especial para En Rojo

Una vez mueres, el cuerpo ya no te pertenece. Si te enfermas, esto sucede un poco antes. Manejan tu cuerpo, lo examinan por dentro y por fuera. Entran al cuarto y salen del, con el mismo gesto de expertos, técnicos, enfermeros, doctoras, a bregar con tu cuerpo. Te pinchan, te tocan, te bañan. Te dicen poco. No entiendes nada. Eres un cuerpo que mueven de un lado a otro, que aprietan, que frotan, que cortan. Sólo yo te acaricio y te arropo, me aseguro de que estés tibio bajo las frisas. Traigo más tereques. Te pongo medias. Te doy un sobo en las pantorrillas. Te afeito, te peino con mi mano. El enfermo de al lado siente envidia. Me dice que su mujer también está enferma y no puede venir, me lo dice como excusándose.

Estar enfermo

La enfermedad te expulsa del mundo, o más bien de la rutina. Los saludables te pueden mirar con pena o con empatía, hasta con indiferencia. Pero los enfermos nos sabemos excluidos de lo que los de afuera llaman la realidad. La sensación continua (yo diría que la certeza), sin embargo, es que lo único real es esto.

El cuerpo está roto, dañado, y como una fruta que se deteriora ante nuestros ojos, podemos sentir que muere. Pienso en esos días últimos. Pensábamos – al menos yo pensaba – que habría un poco más de tiempo, que tendríamos la oportunidad de sentirnos agotados, casi reconciliados con la idea del final, pero todo fue demasiado rápido. Trato de recordar esos días y me asusta encontrar ahora los días confundidos, recuerdos opacos que se funden unos con otros. Tratábamos de amalgamar fuerzas, espantar miedos, ignorar nuestras intuiciones, el olorcillo temible de lo fatal. Pero el cuerpo, como he dicho, ya estaba roto. 

Buscar información

Averiguar sobre las dolencias (propias y ajenas) en la internet es una nueva tentación, y a veces podría ser un gran alivio. Se necesita cierta destreza, en mi caso adquirida en la profesión, y también la cabeza fría, para no derrumbarse ante las malas noticias. Encuentras estadísticas, definiciones que requieren más definiciones, testimonios que te espantan o te alivian, o te despistan.

Los laboratorios tardan y cuando llegan están sellados y en inglés. Vuelves a la computadora y sigues buscando el sentido de las frases misteriosas. Vivimos esos días como en una bruma espesa, los días son largos.

Las salas de espera

La familia de Manatí no tiene auriculares y todos están inclinados sobre sus teléfonos. Creen que me interesa el programa del mediodía y las baladas cristianas. Hay muchos religiosos en las salas de espera, y no sé por qué. Supongo que se vuelven así cuando se enferman, o están muy mal alimentados, o son la mayoría en el país. Ya no sé dónde estoy, no entiendo el mundo, pero me voy acostumbrando a las esperas y a la gente cabizbaja como en oración o muy avergonzada. 

Los hospitales

Lo que no aparece en las películas es este frío constante que nos separa de la vida de los de afuera. Los de adentro estamos a la merced de las rutinas de las enfermeras, equipos de doctores, funcionarios, guardias de seguridad, empleados de la cafetería, encargados de limpieza y gallinas que transitan por los predios del hospital. Todos simulan un control que es imposible; el desastre, la catástrofe es su territorio. Nadie está sano y a veces quienes visitan tienen peor aspecto que el visitado.

Los médicos

Los médicos suelen distinguirse del resto de los seres humanos porque suelen subir la voz cuando entran a un cuarto. Hay excepciones, casi siempre femeninas. A las mujeres no les gusta gritar, se distinguen porque no tienen tiempo que perder y de vez en cuando te echan el brazo. Los doctores que hablan a volumen moderado suelen ser los mejores, ojo. Suelen ser también los que mejor escuchan.

El médico de piso está siempre ocupado y nunca entiendo lo que dice, pero suele estar disponible para escuchar mis dudas. Lo encuentro en el pasillo con frecuencia, frente a una computadora. Una noche tuve que bajar a buscarlo a la sala de emergencias para pedirle que se comunicara con otro doctor para hacer un trámite. Para lograr algún progreso, para conseguir alguna claridad, hay que buscar la manera de comunicarse con los encargados de los enlaces. No se puede llamar directamente al doctor, a pesar de que andan todos con sus celulares. Es difícil la comunicación, aunque sobren buenas intenciones.

A los médicos no les gusta hablar de la muerte. No saben cómo. Vienen de noche en una visita extraordinaria (se han bañado y cenado en su casa, parecen refrescados) y te explican que la intervención tiene sus riesgos, que tú decides el próximo paso. Entonces calla, esperando tu respuesta. Parece fácil, parece que hay opciones, libre albedrío, posibilidad de éxito. Eso parece, pero no. Aunque los escuchamos con claridad no entendemos lo que dicen, o acaso no queremos aceptar lo que entendemos muy bien.

Yo insisto en preguntar y la doctora de turno se pierde en circunloquios sin mirarme a los ojos. Siento que su cabeza da vueltas sobre sus hombros como una muñeca rota. Le cuesta decir esas palabras: no hay nada que hacer. Es evidente que no está hecha para enfrentar ninguno de los horrores que vaticinan sus libros de medicina. Cuando termina de explicar, la veo alejarse por el pasillo perseguida por el aleteo de su bata blanca.

El guardia de seguridad

El guardia de seguridad vela por ti, pero te obliga a hacer la fila y te mortifica. Parece como si en lugar de protegerte, te vigilara para que no quebrantes ninguna de las reglas del hospital, sobre todo lo que concierne a las horas de visita. El guardia no vigila a la señora que me atosiga con las baladas cristianas ni a la familia de Manatí que ve el show del mediodía a todo volumen en su teléfono. El guardia no quiere que haya más de dos personas en el cuarto de mi enfermo. El guardia es un ciudadano respetuoso de la ley y está sano.

Las enfermeras

Las enfermeras tienen distintas maneras de bañar a un paciente. No hay una que lo haga exactamente como la otra. Cada cual tiene sus reglas e ideas de cómo debe organizarse el cuarto. A veces las enfermeras dan consejo espiritual. Esto podría venir bien si no estuviéramos tan asustados. En el momento de la agonía te ofrecen buscar un cura o te aconsejan que le digas las últimas palabras. ¿Cuáles? ¿Cómo te despides para siempre?

Hay un enfermero que se especializa en los cuerpos más pesados. No veo lo que hace, pero escucho al vecino solicitar específicamente a Víctor. Víctor es fuerte y se crió en Buen Consejo. Tiene una bonita voz y, efectivamente, puede bregar con los más pesados con delicadeza. Espero que a Víctor le sucedan muchas cosas buenas.

El muerto

El muerto ya no es él, pero me lo recuerda. Cierro sus ojos, la piel es todavía tibia, pero la boca insiste en quedarse un poco abierta. Pienso que debe tener relajados los músculos de la cara, o que necesita un espacio para ir saliendo de ese cuerpo. Puede que haya sido porque fue una muerte lenta y tranquila, un poquito sedada, para que la respiración no fuera angustiosa. En el transcurso, los ojos se quedaron blancos en algún momento y entendí aquello de “los ojos blancos de los muertos”. En esos días recordé muchas veces palabras leídas, ahora mejor comprendidas. De la muerte se habla mucho, se entiende poco; al parecer, nunca es suficiente.

Al muerto lo desconectan poco a poco. Hay que registrar el deceso según las señales de los electrodos. Nosotros insistíamos en tocarlo, y al parecer seguían detectando señales de vida, falsas señales provocadas por nosotros. Lo dejamos quieto por órdenes de los enfermeros y ahora me pregunto si nuestro muerto nos echó de menos en ese instante. Era un hombre valiente para estas cosas, debió entendernos. Acaso quiso que lo detuviéramos acá un poco más, como una chiringa tensa contra el viento. Soltamos las manos. Lo dejamos quieto. 

Y el hilo desapareció con él en una ráfaga.

La funeral director

En las funerarias hay una persona encargada de recibir los muertos. Más bien recibe a los vivos, los llamados “dolientes” que pagarán el funeral. Te sirven café o te, son muy amables. Nuestra “funeral director” es una muchacha risueña con ojitos redondos, como sacada de un dibujo de manga japonesa. Se ríe cuando se pone nerviosa, que es casi todo el tiempo, pero es eficiente y nos distrae la pena con sus gestos y ocurrencias. Nos cuenta todo. A ella no le gusta ir a los funerales donde la gente se descontrola. Dice que las viudas lloran como un perrito huérfano, y luego se ríe como una nena que descubre que ha dicho algo inapropiado. 

La funeral director también es la encargada de entregarnos las cenizas. Nos hacen firmar varios papeles y nos entregan una caja de cartón dentro de una bolsa de tela reciclable, ecológica y muy discreta. También nos dan un certificado de cremación que parece un diploma de sexto grado, por si acaso hay que viajar con las cenizas.

Bajo en el ascensor con la pesada bolsa en el hombro. Cargo con mi muerto como con la compra del supermercado. Me sonrío recordando a la funeral director y pienso que a mi muerto le hubieran encantado estos detalles de la historia. Agradezco la suerte de estas ironías y pienso esta tarde en lo afortunada que soy de estar tan viva, de saberme complacer con estas cosas, y en homenaje a mi muerto, escribo.