Los fantasmas del verano Reseña de Verano, verano de Myrna Casas

Caminar en la noche por las calles de un Nueva York lluvioso es algo sumamente romántico. Dentro de cada callejón sumido en la oscuridad y acompañado por la tenue vibración de los trenes subterráneos, siento que algún fantasma se podría asomar y preguntarme en algún lenguaje de ultratumba: ¿Quieres escuchar mi historia? Estos no son fantasmas como los reconoceríamos en el cine de horror, sino ecos del pasado que rehúsan morir. El espectador no siente miedo por la aparición, sino angustia por la experiencia que nunca podrá revivir. Estos son los fantasmas que a algunos de nosotros nos paralizan la existencia y los cuales muchos nos negamos a exorcizar. Precisamente en la noche nuyorkina y mojada del viernes, 2 de noviembre, vi el más reciente montaje de la obra de Myrna Casas, Verano, verano, por Teatro IATI (Instituto Arte Teatral Internacional).

Es impactante salir de la oscuridad de las calles de Manhattan para adentrar en un espacio escénico que resalta su conexión al mar. La pared del fondo del espacio está pintada de azul turquesa y lleva la curva de la ola detenida antes de estrellarse en la orilla. En el centro del espacio, se encuentra una plataforma a manera de muelle. Alrededor del pequeño muelle, el piso está cubierto de tul blanco que no sólo evoca la espuma de la orilla, sino también lo inmaterial de lo que presenciaremos en la obra. Finalmente, es importante resaltar una puerta que flota sobre el tul y que apunta hacia las profundidades marítimas a las que nos adentrará la obra. La fantástica escenografía de Elizabeth Mak nos demuestra que la playa es un lugar tan poblado de fantasmas como la urbe bajo la lluvia.

La obra se enfoca en la terrible pérdida de una familia. El padre, Juan Pablo (Mateo Lamuño), constantemente conversa con su hija, Celeste (Tatiana Ronderos). La niña, que tiene alrededor de ocho años, siempre camina sobre el mar de tul mientras su padre conversa con ella desde el muelle. Esta separación demuestra que Juan Pablo dialoga desde nuestra realidad mientras Celeste se comunica desde otro plano. Adriana (Andrea Velasco), la esposa de Juan Pablo y madre de Celeste, trata de conectar con su esposo, pero éste es literalmente un muerto en vida ya que está perdido entre los fantasmas del pasado. La tragedia de la familia gira en torno a la muerte de Celeste y la de su hermanito, ambos ahogados en el mar. Pero para Adriana, la experiencia es aún más terrible porque también perdió a su compañero entre las aguas iluminadas de un verano pasado. En su desesperación, ella acude a Don Pablo (Juan Luis Acevedo), el padre de Juan Pablo, para buscar algún tipo de apoyo. Pero el poderoso patriarca, que contempla a Adriana con sus ojos conmovidos por la tragedia, sólo le ofrece dinero para poder sobrellevar los gastos de la vida diaria. La historia nos lleva a presenciar los momentos más difíciles de una familia, hechos más nefastos por el recuerdo de una felicidad que ya no podrán recobrar.

Cada uno de estos actores hace maravillas con sus personajes. La obra empieza con Don Pablo anunciándonos su temor al mar, especialmente cuando éste se torna color plomo. Juan Luis Acevedo le da a su personaje la fuerza de un patriarca, sin sacrificar la tristeza que sus ojos expresan cada vez que mira a Adriana. Andrea Velasco también logra expresar la desesperación de una persona a la que el mar le ha llevado toda su familia. Como espectador, no podía evitar sentirme incómodo cada vez que Adriana salía a escena ya que su sufrimiento es el golpe emocional más duro de la obra. El Juan Pablo de Mateo Lamuño tiene la mirada triste y perdida de aquél que ya no es parte de nuestra realidad. Finalmente, la Celeste de Tatiana Ronderos es la niña que, desde más allá de la muerte, busca el amor de su padre. Esto lo sentimos en la canción para niños que escuchamos a través de toda la obra, “Naranja dulce, limón partido.” Esta pieza se torna en una súplica de amor de una hija hacia su padre, pero que también devela su actitud juguetona e inocente. Sin embargo, Celeste no siempre representa un recuerdo feliz, sino que a veces toma la forma más oscura de una memoria amarga que puede indicar la infidelidad y quizás hasta una relación incestuosa. Es muy difícil para un adulto actuar de un niño, pero Ronderos logra la hazaña sin problemas.

La visión de Jorge Merced, el director de la pieza, torna la obra de Casas en una historia de fantasmas. Junto al excelente uso de iluminación a manos de Miguel Valderrama, Merced logra sumergir al espectador en una dimensión onírica donde podemos observar de manera torcida y alucinante las desgracias de una familia. A pesar de que la escritura de Casas peca de ser muy poética y su lenguaje algo pesado para los actores, el director logra que esto añada a la fantasmagoría de este mundo. Inclusive, la obra conecta con la realidad presente de una isla que perdió miles de vidas después del embate huracanado que entró por el mar. Esos espíritus continuarán minando nuestra felicidad por mucho tiempo.

Si tienen algún viaje pautado a Nueva York no se pierdan este montaje excepcional que estará en escena hasta el 18 de noviembre en el Teatro IATI, localizado en el 64 East de la Calle 4 en el Lower East Side de Manhattan.