Los hijos de la pluma pública

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Por Francisco (Pancho)Velázquez

Es un viejo sobrante que se la pasa en el balcón de su casa haciendo bordes en ruloté a  pañuelos de algod 

Entre ratos mira la calle;  da puntadas y está al pendiente de la ceniza del cigarrillo, el café frío como lengua de muerto y la memoria  incontinente

…a ver, como se llamaba; Caífás no era, no, le decían Cleo y era químico en la central. La pasta eléctrica, eso… de eso se acordaba, de eso y de los gritos de la mujer y que su papá lo cargó al hombro  camino del hospital — a lo mejor alguien les dio pon—y alcanzó  a verlos en medio de la histeria de aquel domingo,  desde el balcón, dos hombres flacos calle abajo tratando de llegar a la avenida que corría perpendicular a su calle, por entonces vivía en el pueblo,  y  más tarde esa noche oyó murmullos de los mayores  en la mesa de la cocina, hablaban de una cura de corte medieval, una manguera y una lata de manteca de cinco galones y carbón para sacarle el veneno pero el tenía siete años y de aquello hacen sesenta y no entendía cuatro carajos. Siguió otro recuerdo de  Cleo en otro domingo, de aquellos domingos que eran como de fiesta, convenciendo entre risas a su papá, que era viudo,  ninguno de los dos era hombre viejo — carajo si no era él más viejo ahora que todos ellos juntos entonces– y Cleo lo convidaba a pasar por la casa que habían alquilado unas gitanas al doblar la esquina, tres mujeres que leían la mano y él las había visto camino de la escuela y a sus gustos eran bonitas, ojos grandes,  pañoletas y aretes, y apoyaban los codos en el balcón mirando la vida pasar. 

 Se ha dispersado  un momento, mente en blanco, hiato  a la tarea, y después retoma el hilo de aquel episodio y recuerda que los vio salir con lo justo y una propina si había buena lectura y dejaron las carteras en la mesita de la radio en la sala, y a la vuelta llegaron riendo y no soltaron prenda de lo que pasó con las gitanas. También, fugaz, vio  a Cleo a punto de llorar en el funeral de su papa ni seis años más tarde.  

…y el otro, el otro que era pintor de brocha gorda, ese se llamaba Milton, huesudo y feo, que bebía ron de caneca y los domingos empezaba temprano y ya para mediodía pasaba por la calle –ya no vivía en el pueblo, más tirando al campo– cantando aquel tango que decía: misa de once ya yo no soy el de entonces…y se vestía de domingo de verdad, traje azul marino de  casimir y una camisa blanca, acerada y corbata negra, muda de  entierros, y canturreaba y se le olvidaba la letra y repetía la frase y luego se recostaba de un poste a darse un palo y cuando se le acababa el ron escurría la caneca, mirándola a contraluz la echaba en un zafacón y seguía calle abajo dando tumbos…. con su brizna  de tango. Ese era Milton.  

De todos los que convocó solo queda Tuto vivo, poco  mayor que él, y quien le explicó un método anticonceptivo que se usaba en los campos, la pluma pública que era signo del progreso y agencia para llevar agua potable a la ruralía. Era algo que tenía que ver con un embudo y había estacionar el carro al lado de la pluma en la esquina y abrirla y la acompañante tenía que sentarse en el marco de la puerta del automóvil mientras se verificaba la lavativa y  puso cara de incredulidad y Tuto le dijo que se lo había contado Héctor y Papotin que estaban  motorizados, dos chichones de oficio que trabajaban en el pueblo como vestidores de vitrinas o dependientes de tiendas de ropa de hombre que viene a ser lo mismo.  

Pero con el tiempo supo que eso no funcionaba porque había oído cuentos sobre la ducha de coca cola caliente que al igual que la pluma comunal, promovía el resultado contrario y empujaba a ese pobre espermatozoide bañado en agua, o coca cola, hacia dónde tenía que llegar y cada vez que veía a un hijo del privilegio de esos que le agarraban el culo en la fila del comedor, pensaba que a lo mejor era hijo de la pluma, que no tuvo que nadar ni joderse desde el saque y los maestros opinaban que estaba sobre protegido y él sabía que no era eso, que se hubiera quedado melancólico por 24 horas en el marco de la puerta del carro y el viento lo secaría a no ser por el empujón de la gaseosa o el chorro impetuoso de la pluma pública.

Puntada aquí, puntada allá, dos hilos a lo sumo y luego halar para el rollito coqueto del borde y la mente se le va en blanco y buscó entre los recuerdos borrosos de hace más de medio siglo y no encontró a nadie salvo aquel legislador que visitó la barriada detrás de casa y se congregó un grupo de cien personas y el de pie, traje y corbata, detrás de un micrófono de cabaret como los que había visto en el cine, y estuvo casi una hora hablando de la obra y asoció la frase con un espiritista que decían que cobraba por la obra y eso no se hace, pero el senador hablaba de la obra del partido popular y se dirigía a los hombres y repetía, ¨trabajas en la caña pero tu hija estudia en la universidad, eso es el progreso¨ y cosas así  y la gente aplaudía poco para no interrumpirlo y recordó cómo miraba hacia su mano derecha y se acercó un poco y vio que tenía cuatro cosas apuntadas en una cajita  de fósforos y le echaba un vistazo y seguía hablando y ese año de mil novecientos sesenta el partido popular barrió en la elecciones y hubo caravanas que el miraba desde la esquina de su calle que daba a la carretera militar y cientos de carros pasaron con escobas sujetas a la parrilla, a cada lado de los faroles y el de pendejo creyó que era una metáfora de la victoria pero alguien le explico años más tarde que eran para barrer las tachuelas que los republicanos tiraban en la carretera.

Al final recordó a Marcelo el prestamista que lo mataron al lado del cafetín de Manolin, jugando domino al sombreado de las cuatro de la tarde y fíjate que no era mal tipo Marcelo, prestaba menudencia aquí y allá, veinte y cincuenta al 25 por ciento y siempre andaba riéndose con dos dientes de oro que cegaban la vista, reloj de oro y sortijas y aquellos espejuelos con tinte verde claro y un sombrerito de ala breve. El había estado en el cafetín y lo había visto no hacía ni 25 minutos mientras compraba una cajetilla de Chesterfield que eran los que fumaba su abuela y que no bien salió la desensetó y sacó cinco para él, la cuota del mandado, y estaba en el balcón fumando y leyendo El Mundo cuando sonaron los balazos. Contó cinco. Ni siquiera fue a averiguar. 

Esa temprana noche cuando  le contó a Rubén lo de Marcelo, éste le preguntó,

 

—¿Y el libro?

 

—No se, ni importa. Los muertos no cobran.

 

—Coño, tenía los cinco pesos para el interés. Esos veinte pesos me van saliendo caros…qué leche, y hoy viernes…

 

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