Los nuevos escenarios de ciencia ficcion del mundo actual

Por Erick Mota* / Especial para En Rojo

 

En las últimas semanas me he sentido como un personaje de un libro de ciencia ficción. No parece tan malo si tenemos en cuenta que, como escritor de ciencia ficción, de una forma u otra he estado en la piel de mis personajes. El problema es que me he sentido como un personaje, ni siquiera protagónico, de una novela no escrita por mí. Si intentara buscar el estilo de un autor, en el escenario global actual, me debatiría entre Philip K. Dick y Stephen King. Viene a mi mente un meme que muestra un cartel que reza: «No me gusta este capítulo de Black Mirror». Y, en cierta forma, comparto el sentimiento. ¿Cuándo fue que la vida real se volvió ciencia ficción?

Primero, el virus, la epidemia. Después, su evolución en pandemia y posterior cuarentena global. Si me dedicara a recortar noticias, estas lucirían como fragmentos de la novela de zombies, de Max Brooks, Guerra mundial Z (el libro, no la mala película con Brad Pitt). O citas de John Wyndham con El día de los Trífidos (nótese que cito a Wyndham y no a Saramago, porque Ensayo sobre la ceguera, aunque aborda un escenario apocalíptico/pandémico muy semejante, en que los humanos pierden la visión, fue escrito en 1995, mientras que El día de los trífidos data de 1951, y hay que dar prioridad a nuestros mayores). Una enfermedad que se vuelve pandemia y, en solo tres meses, cambia completamente la dinámica mundial. La sola existencia del Coronavirus parece sacada de La amenaza de Andrómeda, de Michael Crichton. Hasta el nombre SARSCov19 parece de ciencia ficción. Su discutido origen artificial (un oscuro laboratorio, en disputa entre China o Estados Unidos, según la fuente) o mutación natural de un virus común en murciélagos, le concede un aura de misterio, al punto que si las investigaciones actuales demostraran que es de origen extraterrestre, creo que a nadie le sorprendería.

 

Pero lo sorprendente de esta pandemia han sido sus consecuencias sociales, culturales y hasta filosóficas. Mi mente de escritor no puede hacer menos que enlazar toda esta información con escenarios de ciencia ficción. Quede claro que prefiero hablar de escenarios dentro de la ciencia ficción y no de subgéneros, cosa que no es muy importante, pero define mi posición respecto a cómo veo la ciencia ficción: un único conjunto de obras artísticas con varios escenarios narrativos.

El éxito del excesivo control social en China, en la contención del virus en Wuhan, recuerda poderosamente escenarios distópicos y paranoicos de Philip K. Dick, George Orwell y Aldous Huxley. Pero que estos resultasen efectivos en el control de la epidemia y que fuesen exportados a países del primer mundo capitalista, históricamente reticentes al empleo de métodos totalitarios y centralizadores, de seguro llevaría a la tumba a los autores de El hombre del alto castillo, 1984 y Un mundo Feliz si no hubieran muerto ya. La eficiencia asiática en contener la enfermedad, el uso masivo de mascarillas, escáners de temperatura en los cascos de la policía, centenares de millones de cámaras de vigilancia en lugares públicos provistas de reconocimiento facial y la creación de una aplicación para alertar por SMS a los ciudadanos que se encuentran cerca de personas infestadas, sin mucho respeto por la vida privada o la protección de datos, nos lleva a un escenario tan cercano al cyberpunk que en estos momentos William Gibson debe estarse preguntando: ¿por qué no incluí todo esto en Neuromante?

La reacción tardía de muchos gobiernos ante la pandemia, así como la manera en que se salió de control la situación en países desarrollados, no deja de recordarme a La guerra mundial Z, de Max Brooks, novela que le da a un apocalipsis zombie tratamiento de pandemia fuera de control. Posiblemente la actual compra excesiva de armas y municiones, en Estados Unidos, se deba al exceso de novelas, filmes, comics y series en las que un escenario de descontrol social cambia, sino destruye, la vida tal y como la conocemos. ¿Acaso los norteamericanos están locos? No más que el resto de nosotros. Simplemente, ellos reaccionan ante el nuevo escenario que es la pandemia del coronavirus esperando un escenario post apocalíptico, a lo Mad Max o La carretera, de Cormac McCarthy, mientras que Europa reacciona con crisis de confinamiento al puro estilo de El sol desnudo, de Isaac Asimov.

La cuarentena tiene dos consecuencias. La primera es la hipercomunicación. Las personas usan más las redes sociales, las plataformas para ver series, películas o descargar libros on line, así como la cantidad de personas jugando videojuegos multijugador masivos en línea (massively multiplayer online game, MMOG, por sus siglas en inglés). Se vive más en el espacio virtual que en el real, por razones obvias, al punto que el 11 de marzo se alcanzó una cifra record de tráfico de internet: 9,1 terabits por segundo (información equivalente a enviar 2 millones de videos en HD a través de una red). Este vuelco hacia la interacción virtual recuerda escenarios del cyberpunk de los 90 o neocyberpunk. Una mirada al desbordamiento de la actividad social en los espacios virtuales me hace recordar novelas como Snow Crash, de Neal Stephenson o Sword Art Online (abreviado SAO), la serie de novelas ligeras escritas por Reki Kawahara. Pero a la cuarentena también se suman estados de extrañeza, incertidumbre, depresión, y ansiedad debido al confinamiento. La necesidad que tenemos de ser seres sociales nos lleva a estados sicológicos especiales cuando no tenemos vida social o, simplemente, espacio suficiente para movernos. Este escenario ha sido explotado en muchas novelas space opera por diferentes autores, pues el confinamiento es parte del día a día de los astronautas actuales y los cosmonautas del pasado.

Y claro, la naturaleza de la enfermedad, mezclada con el alto nivel de contagio en proyección geométrica, provoca un aumento exponencial de los casos que requieren cuidados intensivos. Colapsan los sistemas médicos, incluso en países altamente desarrollados, en especial aquellos que, siguiendo una pauta capitalista liberal, han privatizado sus sistemas de salud. Que una enfermedad viral pusiera en jaque a todo un sistema económico en menos de dos meses, cuando todos los ideólogos de la antigua Unión Soviética no pudieron hacer que el capitalismo siquiera se tambaleara, parece un escenario salido de Mercaderes del espacio, la crítica distópica al capitalismo de Cyril M. Kornbluth y Frederic Pohl, o su secuela La guerra de los mercaderes, escrita por el propio Pohl.

El cambio en las políticas de los países y las relaciones entre ellos es otra fuente de mi extrañamiento actual. Hasta ahora la geopolítica parecía regida por leyes deterministas y el escenario global era aburridamente estable. El capitalismo y el socialismo, rebasada la guerra fría, parecían mantener un distanciamiento radical. Sin embargo, esta pandemia ha logrado titulares que me han asombrado más que cualquier relato de ciencia ficción. «China envía médicos a Italia» o «Francia solicita médicos a Cuba» son titulares reales, pero si lo hubiera mencionado en un relato el año pasado habría provocado, en el mejor escenario, fascinación ante mi imaginación desenfrenada. Esta capacidad detonante que ha tenido la pandemia del Coronavirus en cambiar radicalmente el escenario político me recuerda, acaso, las historias de invasiones alienígenas en las que los humanos abandonaban sus diferencias y decidían luchar juntos contra un enemigo común. Recuerdo varios filmes, y unos pocos libros, donde se mostraban titulares bizarros e increíbles semejantes a las actuales noticias.

 

Y, finalmente, un escenario que nos ha dado una lección a la humanidad: Internet está llena de fotos de delfines en las costas de Cerdeña, peces y cisnes en los canales de Venecia, así como jabalíes en las calles de Barcelona. Un suceso que provoca en mí dos sentimientos. El primero está unido a imaginarme la cara de Greta Thunberg observándome con su dura mirada de adolescente enojada mientras me dice «te lo dije», empleando el mismo tono que usaba mi madre. El segundo es una sensación de total extrañamiento, que roza la negación cuando me sorprendo cuestionando si se trata de fake news o de imágenes reales, ante la abrumadora cantidad de fotos que parecen salidas del relato Soy leyenda, de Richard Matheson, o su versión cinematográfica que comienza con un cervatillo corriendo por Manhattan. Supongo que me acostumbré a ver y aceptar hechos, como la contaminación y el calentamiento global, como parte de una realidad inamovible. Ahora, las imágenes de Wuhan sin el smog de las industrias, me causan la misma sensación que un jarro de agua helada en pleno rostro.

 

¿Por qué nuestras mentes perciben el escenario actual con un referente literario? Podría deberse a que la mente colectiva de la humanidad no maneja bien los cambios abruptos. La adaptación a nuevos escenarios tecnológicos, políticos o sociales suele ser lenta y, de ser sorpresiva, genera movimientos de oposición. La mayoría de las revoluciones sociales, los cambios de doctrinas o las novedades tecnológicas, han generado movimientos de oposición, una especie de inercia social. A los seres humanos no nos gusta vivir escenarios para los que no estamos preparados por lo que resulta lógico que la humanidad se refugie en los escenarios literarios provistos por la ciencia ficción. Es más fácil para los norteamericanos verse a sí mismos en un apocalipsis zombie que tener que afrontar una crisis epidémica que pone en crisis su forma de vida. Es más fácil verse a sí mismo en un escenario controlado, provisto por la literatura y, por tanto, conocido, que tener que enfrentar las consecuencias de una mala gestión política, social o ecológica.

 

«El mundo ya no será como antes». Esta bien pudiera ser una frase de comienzo o final de novela, filme o comic de ciencia ficción, pero hoy en día es una frase tan perteneciente al mundo real que asusta. Ya el mundo con la aparición de los celulares y los tablet se parecía a una novela de Heinlein o un capítulo de Star Trek. La lucha contra el terrorismo y la vigilancia a través de internet nos recordaron que Philip K. Dick quizás no estaba tan loco como parecía. Pero la pandemia del Coronavirus ha cambiado la humanidad de un modo que aún somos incapaces de predecir, fundamentalmente, debido a nuestra falta de imaginación para prever escenarios nuevos. En esto, creo, los autores de ciencia ficción quizás podríamos ayudar. Digo yo.

 

* Erick Mota (La Habana, 1975) es un escritor cubano. Además es licenciado en Física por la Universidad de La Habana. En Cuba ha publicado la novela corta Bajo Presión (2008) y la colección de cuentos Algunos recuerdos que valen la pena (2010). Ha publicado extensamente narraciones y ensayos en revistas internacionales. El ensayo que reproducimos con permiso del autor se publicó en el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso de La Habana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los nuevos escenarios de ciencia ficcion del mundo actual

Erick Mota* / Especial para En Rojo

 

En las últimas semanas me he sentido como un personaje de un libro de ciencia ficción. No parece tan malo si tenemos en cuenta que, como escritor de ciencia ficción, de una forma u otra he estado en la piel de mis personajes. El problema es que me he sentido como un personaje, ni siquiera protagónico, de una novela no escrita por mí. Si intentara buscar el estilo de un autor, en el escenario global actual, me debatiría entre Philip K. Dick y Stephen King. Viene a mi mente un meme que muestra un cartel que reza: «No me gusta este capítulo de Black Mirror». Y, en cierta forma, comparto el sentimiento. ¿Cuándo fue que la vida real se volvió ciencia ficción?

 

Primero, el virus, la epidemia. Después, su evolución en pandemia y posterior cuarentena global. Si me dedicara a recortar noticias, estas lucirían como fragmentos de la novela de zombies, de Max Brooks, Guerra mundial Z (el libro, no la mala película con Brad Pitt). O citas de John Wyndham con El día de los Trífidos (nótese que cito a Wyndham y no a Saramago, porque Ensayo sobre la ceguera, aunque aborda un escenario apocalíptico/pandémico muy semejante, en que los humanos pierden la visión, fue escrito en 1995, mientras que El día de los trífidos data de 1951, y hay que dar prioridad a nuestros mayores). Una enfermedad que se vuelve pandemia y, en solo tres meses, cambia completamente la dinámica mundial. La sola existencia del Coronavirus parece sacada de La amenaza de Andrómeda, de Michael Crichton. Hasta el nombre SARSCov19 parece de ciencia ficción. Su discutido origen artificial (un oscuro laboratorio, en disputa entre China o Estados Unidos, según la fuente) o mutación natural de un virus común en murciélagos, le concede un aura de misterio, al punto que si las investigaciones actuales demostraran que es de origen extraterrestre, creo que a nadie le sorprendería.

 

Pero lo sorprendente de esta pandemia han sido sus consecuencias sociales, culturales y hasta filosóficas. Mi mente de escritor no puede hacer menos que enlazar toda esta información con escenarios de ciencia ficción. Quede claro que prefiero hablar de escenarios dentro de la ciencia ficción y no de subgéneros, cosa que no es muy importante, pero define mi posición respecto a cómo veo la ciencia ficción: un único conjunto de obras artísticas con varios escenarios narrativos.

 

El éxito del excesivo control social en China, en la contención del virus en Wuhan, recuerda poderosamente escenarios distópicos y paranoicos de Philip K. Dick, George Orwell y Aldous Huxley. Pero que estos resultasen efectivos en el control de la epidemia y que fuesen exportados a países del primer mundo capitalista, históricamente reticentes al empleo de métodos totalitarios y centralizadores, de seguro llevaría a la tumba a los autores de El hombre del alto castillo, 1984 y Un mundo Feliz si no hubieran muerto ya. La eficiencia asiática en contener la enfermedad, el uso masivo de mascarillas, escáners de temperatura en los cascos de la policía, centenares de millones de cámaras de vigilancia en lugares públicos provistas de reconocimiento facial y la creación de una aplicación para alertar por SMS a los ciudadanos que se encuentran cerca de personas infestadas, sin mucho respeto por la vida privada o la protección de datos, nos lleva a un escenario tan cercano al cyberpunk que en estos momentos William Gibson debe estarse preguntando: ¿por qué no incluí todo esto en Neuromante?

 

La reacción tardía de muchos gobiernos ante la pandemia, así como la manera en que se salió de control la situación en países desarrollados, no deja de recordarme a La guerra mundial Z, de Max Brooks, novela que le da a un apocalipsis zombie tratamiento de pandemia fuera de control. Posiblemente la actual compra excesiva de armas y municiones, en Estados Unidos, se deba al exceso de novelas, filmes, comics y series en las que un escenario de descontrol social cambia, sino destruye, la vida tal y como la conocemos. ¿Acaso los norteamericanos están locos? No más que el resto de nosotros. Simplemente, ellos reaccionan ante el nuevo escenario que es la pandemia del coronavirus esperando un escenario post apocalíptico, a lo Mad Max o La carretera, de Cormac McCarthy, mientras que Europa reacciona con crisis de confinamiento al puro estilo de El sol desnudo, de Isaac Asimov.

 

La cuarentena tiene dos consecuencias. La primera es la hipercomunicación. Las personas usan más las redes sociales, las plataformas para ver series, películas o descargar libros on line, así como la cantidad de personas jugando videojuegos multijugador masivos en línea (massively multiplayer online game, MMOG, por sus siglas en inglés). Se vive más en el espacio virtual que en el real, por razones obvias, al punto que el 11 de marzo se alcanzó una cifra record de tráfico de internet: 9,1 terabits por segundo (información equivalente a enviar 2 millones de videos en HD a través de una red). Este vuelco hacia la interacción virtual recuerda escenarios del cyberpunk de los 90 o neocyberpunk. Una mirada al desbordamiento de la actividad social en los espacios virtuales me hace recordar novelas como Snow Crash, de Neal Stephenson o Sword Art Online (abreviado SAO), la serie de novelas ligeras escritas por Reki Kawahara. Pero a la cuarentena también se suman estados de extrañeza, incertidumbre, depresión, y ansiedad debido al confinamiento. La necesidad que tenemos de ser seres sociales nos lleva a estados sicológicos especiales cuando no tenemos vida social o, simplemente, espacio suficiente para movernos. Este escenario ha sido explotado en muchas novelas space opera por diferentes autores, pues el confinamiento es parte del día a día de los astronautas actuales y los cosmonautas del pasado.

 

Y claro, la naturaleza de la enfermedad, mezclada con el alto nivel de contagio en proyección geométrica, provoca un aumento exponencial de los casos que requieren cuidados intensivos. Colapsan los sistemas médicos, incluso en países altamente desarrollados, en especial aquellos que, siguiendo una pauta capitalista liberal, han privatizado sus sistemas de salud. Que una enfermedad viral pusiera en jaque a todo un sistema económico en menos de dos meses, cuando todos los ideólogos de la antigua Unión Soviética no pudieron hacer que el capitalismo siquiera se tambaleara, parece un escenario salido de Mercaderes del espacio, la crítica distópica al capitalismo de Cyril M. Kornbluth y Frederic Pohl, o su secuela La guerra de los mercaderes, escrita por el propio Pohl.

 

El cambio en las políticas de los países y las relaciones entre ellos es otra fuente de mi extrañamiento actual. Hasta ahora la geopolítica parecía regida por leyes deterministas y el escenario global era aburridamente estable. El capitalismo y el socialismo, rebasada la guerra fría, parecían mantener un distanciamiento radical. Sin embargo, esta pandemia ha logrado titulares que me han asombrado más que cualquier relato de ciencia ficción. «China envía médicos a Italia» o «Francia solicita médicos a Cuba» son titulares reales, pero si lo hubiera mencionado en un relato el año pasado habría provocado, en el mejor escenario, fascinación ante mi imaginación desenfrenada. Esta capacidad detonante que ha tenido la pandemia del Coronavirus en cambiar radicalmente el escenario político me recuerda, acaso, las historias de invasiones alienígenas en las que los humanos abandonaban sus diferencias y decidían luchar juntos contra un enemigo común. Recuerdo varios filmes, y unos pocos libros, donde se mostraban titulares bizarros e increíbles semejantes a las actuales noticias.

 

Y, finalmente, un escenario que nos ha dado una lección a la humanidad: Internet está llena de fotos de delfines en las costas de Cerdeña, peces y cisnes en los canales de Venecia, así como jabalíes en las calles de Barcelona. Un suceso que provoca en mí dos sentimientos. El primero está unido a imaginarme la cara de Greta Thunberg observándome con su dura mirada de adolescente enojada mientras me dice «te lo dije», empleando el mismo tono que usaba mi madre. El segundo es una sensación de total extrañamiento, que roza la negación cuando me sorprendo cuestionando si se trata de fake news o de imágenes reales, ante la abrumadora cantidad de fotos que parecen salidas del relato Soy leyenda, de Richard Matheson, o su versión cinematográfica que comienza con un cervatillo corriendo por Manhattan. Supongo que me acostumbré a ver y aceptar hechos, como la contaminación y el calentamiento global, como parte de una realidad inamovible. Ahora, las imágenes de Wuhan sin el smog de las industrias, me causan la misma sensación que un jarro de agua helada en pleno rostro.

 

¿Por qué nuestras mentes perciben el escenario actual con un referente literario? Podría deberse a que la mente colectiva de la humanidad no maneja bien los cambios abruptos. La adaptación a nuevos escenarios tecnológicos, políticos o sociales suele ser lenta y, de ser sorpresiva, genera movimientos de oposición. La mayoría de las revoluciones sociales, los cambios de doctrinas o las novedades tecnológicas, han generado movimientos de oposición, una especie de inercia social. A los seres humanos no nos gusta vivir escenarios para los que no estamos preparados por lo que resulta lógico que la humanidad se refugie en los escenarios literarios provistos por la ciencia ficción. Es más fácil para los norteamericanos verse a sí mismos en un apocalipsis zombie que tener que afrontar una crisis epidémica que pone en crisis su forma de vida. Es más fácil verse a sí mismo en un escenario controlado, provisto por la literatura y, por tanto, conocido, que tener que enfrentar las consecuencias de una mala gestión política, social o ecológica.

 

«El mundo ya no será como antes». Esta bien pudiera ser una frase de comienzo o final de novela, filme o comic de ciencia ficción, pero hoy en día es una frase tan perteneciente al mundo real que asusta. Ya el mundo con la aparición de los celulares y los tablet se parecía a una novela de Heinlein o un capítulo de Star Trek. La lucha contra el terrorismo y la vigilancia a través de internet nos recordaron que Philip K. Dick quizás no estaba tan loco como parecía. Pero la pandemia del Coronavirus ha cambiado la humanidad de un modo que aún somos incapaces de predecir, fundamentalmente, debido a nuestra falta de imaginación para prever escenarios nuevos. En esto, creo, los autores de ciencia ficción quizás podríamos ayudar. Digo yo.

 

* Erick Mota (La Habana, 1975) es un escritor cubano. Además es licenciado en Física por la Universidad de La Habana. En Cuba ha publicado la novela corta Bajo Presión (2008) y la colección de cuentos Algunos recuerdos que valen la pena (2010). Ha publicado extensamente narraciones y ensayos en revistas internacionales. El ensayo que reproducimos con permiso del autor se publicó en el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso de La Habana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los nuevos escenarios de ciencia ficcion del mundo actual

Erick Mota* / Especial para En Rojo

 

En las últimas semanas me he sentido como un personaje de un libro de ciencia ficción. No parece tan malo si tenemos en cuenta que, como escritor de ciencia ficción, de una forma u otra he estado en la piel de mis personajes. El problema es que me he sentido como un personaje, ni siquiera protagónico, de una novela no escrita por mí. Si intentara buscar el estilo de un autor, en el escenario global actual, me debatiría entre Philip K. Dick y Stephen King. Viene a mi mente un meme que muestra un cartel que reza: «No me gusta este capítulo de Black Mirror». Y, en cierta forma, comparto el sentimiento. ¿Cuándo fue que la vida real se volvió ciencia ficción?

 

Primero, el virus, la epidemia. Después, su evolución en pandemia y posterior cuarentena global. Si me dedicara a recortar noticias, estas lucirían como fragmentos de la novela de zombies, de Max Brooks, Guerra mundial Z (el libro, no la mala película con Brad Pitt). O citas de John Wyndham con El día de los Trífidos (nótese que cito a Wyndham y no a Saramago, porque Ensayo sobre la ceguera, aunque aborda un escenario apocalíptico/pandémico muy semejante, en que los humanos pierden la visión, fue escrito en 1995, mientras que El día de los trífidos data de 1951, y hay que dar prioridad a nuestros mayores). Una enfermedad que se vuelve pandemia y, en solo tres meses, cambia completamente la dinámica mundial. La sola existencia del Coronavirus parece sacada de La amenaza de Andrómeda, de Michael Crichton. Hasta el nombre SARSCov19 parece de ciencia ficción. Su discutido origen artificial (un oscuro laboratorio, en disputa entre China o Estados Unidos, según la fuente) o mutación natural de un virus común en murciélagos, le concede un aura de misterio, al punto que si las investigaciones actuales demostraran que es de origen extraterrestre, creo que a nadie le sorprendería.

 

Pero lo sorprendente de esta pandemia han sido sus consecuencias sociales, culturales y hasta filosóficas. Mi mente de escritor no puede hacer menos que enlazar toda esta información con escenarios de ciencia ficción. Quede claro que prefiero hablar de escenarios dentro de la ciencia ficción y no de subgéneros, cosa que no es muy importante, pero define mi posición respecto a cómo veo la ciencia ficción: un único conjunto de obras artísticas con varios escenarios narrativos.

 

El éxito del excesivo control social en China, en la contención del virus en Wuhan, recuerda poderosamente escenarios distópicos y paranoicos de Philip K. Dick, George Orwell y Aldous Huxley. Pero que estos resultasen efectivos en el control de la epidemia y que fuesen exportados a países del primer mundo capitalista, históricamente reticentes al empleo de métodos totalitarios y centralizadores, de seguro llevaría a la tumba a los autores de El hombre del alto castillo, 1984 y Un mundo Feliz si no hubieran muerto ya. La eficiencia asiática en contener la enfermedad, el uso masivo de mascarillas, escáners de temperatura en los cascos de la policía, centenares de millones de cámaras de vigilancia en lugares públicos provistas de reconocimiento facial y la creación de una aplicación para alertar por SMS a los ciudadanos que se encuentran cerca de personas infestadas, sin mucho respeto por la vida privada o la protección de datos, nos lleva a un escenario tan cercano al cyberpunk que en estos momentos William Gibson debe estarse preguntando: ¿por qué no incluí todo esto en Neuromante?

 

La reacción tardía de muchos gobiernos ante la pandemia, así como la manera en que se salió de control la situación en países desarrollados, no deja de recordarme a La guerra mundial Z, de Max Brooks, novela que le da a un apocalipsis zombie tratamiento de pandemia fuera de control. Posiblemente la actual compra excesiva de armas y municiones, en Estados Unidos, se deba al exceso de novelas, filmes, comics y series en las que un escenario de descontrol social cambia, sino destruye, la vida tal y como la conocemos. ¿Acaso los norteamericanos están locos? No más que el resto de nosotros. Simplemente, ellos reaccionan ante el nuevo escenario que es la pandemia del coronavirus esperando un escenario post apocalíptico, a lo Mad Max o La carretera, de Cormac McCarthy, mientras que Europa reacciona con crisis de confinamiento al puro estilo de El sol desnudo, de Isaac Asimov.

 

La cuarentena tiene dos consecuencias. La primera es la hipercomunicación. Las personas usan más las redes sociales, las plataformas para ver series, películas o descargar libros on line, así como la cantidad de personas jugando videojuegos multijugador masivos en línea (massively multiplayer online game, MMOG, por sus siglas en inglés). Se vive más en el espacio virtual que en el real, por razones obvias, al punto que el 11 de marzo se alcanzó una cifra record de tráfico de internet: 9,1 terabits por segundo (información equivalente a enviar 2 millones de videos en HD a través de una red). Este vuelco hacia la interacción virtual recuerda escenarios del cyberpunk de los 90 o neocyberpunk. Una mirada al desbordamiento de la actividad social en los espacios virtuales me hace recordar novelas como Snow Crash, de Neal Stephenson o Sword Art Online (abreviado SAO), la serie de novelas ligeras escritas por Reki Kawahara. Pero a la cuarentena también se suman estados de extrañeza, incertidumbre, depresión, y ansiedad debido al confinamiento. La necesidad que tenemos de ser seres sociales nos lleva a estados sicológicos especiales cuando no tenemos vida social o, simplemente, espacio suficiente para movernos. Este escenario ha sido explotado en muchas novelas space opera por diferentes autores, pues el confinamiento es parte del día a día de los astronautas actuales y los cosmonautas del pasado.

Y claro, la naturaleza de la enfermedad, mezclada con el alto nivel de contagio en proyección geométrica, provoca un aumento exponencial de los casos que requieren cuidados intensivos. Colapsan los sistemas médicos, incluso en países altamente desarrollados, en especial aquellos que, siguiendo una pauta capitalista liberal, han privatizado sus sistemas de salud. Que una enfermedad viral pusiera en jaque a todo un sistema económico en menos de dos meses, cuando todos los ideólogos de la antigua Unión Soviética no pudieron hacer que el capitalismo siquiera se tambaleara, parece un escenario salido de Mercaderes del espacio, la crítica distópica al capitalismo de Cyril M. Kornbluth y Frederic Pohl, o su secuela La guerra de los mercaderes, escrita por el propio Pohl.

El cambio en las políticas de los países y las relaciones entre ellos es otra fuente de mi extrañamiento actual. Hasta ahora la geopolítica parecía regida por leyes deterministas y el escenario global era aburridamente estable. El capitalismo y el socialismo, rebasada la guerra fría, parecían mantener un distanciamiento radical. Sin embargo, esta pandemia ha logrado titulares que me han asombrado más que cualquier relato de ciencia ficción. «China envía médicos a Italia» o «Francia solicita médicos a Cuba» son titulares reales, pero si lo hubiera mencionado en un relato el año pasado habría provocado, en el mejor escenario, fascinación ante mi imaginación desenfrenada. Esta capacidad detonante que ha tenido la pandemia del Coronavirus en cambiar radicalmente el escenario político me recuerda, acaso, las historias de invasiones alienígenas en las que los humanos abandonaban sus diferencias y decidían luchar juntos contra un enemigo común. Recuerdo varios filmes, y unos pocos libros, donde se mostraban titulares bizarros e increíbles semejantes a las actuales noticias.

Y, finalmente, un escenario que nos ha dado una lección a la humanidad: Internet está llena de fotos de delfines en las costas de Cerdeña, peces y cisnes en los canales de Venecia, así como jabalíes en las calles de Barcelona. Un suceso que provoca en mí dos sentimientos. El primero está unido a imaginarme la cara de Greta Thunberg observándome con su dura mirada de adolescente enojada mientras me dice «te lo dije», empleando el mismo tono que usaba mi madre. El segundo es una sensación de total extrañamiento, que roza la negación cuando me sorprendo cuestionando si se trata de fake news o de imágenes reales, ante la abrumadora cantidad de fotos que parecen salidas del relato Soy leyenda, de Richard Matheson, o su versión cinematográfica que comienza con un cervatillo corriendo por Manhattan. Supongo que me acostumbré a ver y aceptar hechos, como la contaminación y el calentamiento global, como parte de una realidad inamovible. Ahora, las imágenes de Wuhan sin el smog de las industrias, me causan la misma sensación que un jarro de agua helada en pleno rostro.

¿Por qué nuestras mentes perciben el escenario actual con un referente literario? Podría deberse a que la mente colectiva de la humanidad no maneja bien los cambios abruptos. La adaptación a nuevos escenarios tecnológicos, políticos o sociales suele ser lenta y, de ser sorpresiva, genera movimientos de oposición. La mayoría de las revoluciones sociales, los cambios de doctrinas o las novedades tecnológicas, han generado movimientos de oposición, una especie de inercia social. A los seres humanos no nos gusta vivir escenarios para los que no estamos preparados por lo que resulta lógico que la humanidad se refugie en los escenarios literarios provistos por la ciencia ficción. Es más fácil para los norteamericanos verse a sí mismos en un apocalipsis zombie que tener que afrontar una crisis epidémica que pone en crisis su forma de vida. Es más fácil verse a sí mismo en un escenario controlado, provisto por la literatura y, por tanto, conocido, que tener que enfrentar las consecuencias de una mala gestión política, social o ecológica.

«El mundo ya no será como antes». Esta bien pudiera ser una frase de comienzo o final de novela, filme o comic de ciencia ficción, pero hoy en día es una frase tan perteneciente al mundo real que asusta. Ya el mundo con la aparición de los celulares y los tablet se parecía a una novela de Heinlein o un capítulo de Star Trek. La lucha contra el terrorismo y la vigilancia a través de internet nos recordaron que Philip K. Dick quizás no estaba tan loco como parecía. Pero la pandemia del Coronavirus ha cambiado la humanidad de un modo que aún somos incapaces de predecir, fundamentalmente, debido a nuestra falta de imaginación para prever escenarios nuevos. En esto, creo, los autores de ciencia ficción quizás podríamos ayudar. Digo yo.

 

* Erick Mota (La Habana, 1975) es un escritor cubano. Además es licenciado en Física por la Universidad de La Habana. En Cuba ha publicado la novela corta Bajo Presión (2008) y la colección de cuentos Algunos recuerdos que valen la pena (2010). Ha publicado extensamente narraciones y ensayos en revistas internacionales. El ensayo que reproducimos con permiso del autor se publicó en el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso de La Habana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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