Los relatos eléctricos del primer cuentista puertorriqueño*

 

Por Rafah Acevedo / En Rojo

Diría que nuestro primer cuentista puertorriqueño gustó de las fantasías científicas. Tampoco sería regalado decir que nuestro primer novelista, Alejandro Tapia, produjo tres novelas en las que vacilamos entre lo extraño, lo maravilloso y lo fantástico. Tres. Sin embargo, fíjense que he dicho fantasías científicas. Y primer cuentista. Pablo Morales Cabrera. Así se llama. 

Lo de ser el primero es una apreciación de Concha Meléndez. Morales Cabrera: “primera vocación de cuentista persistente que aparece en nuestra”, suscrita por Esther Melón y otros estudiosos del escritor. Y por cierto que no son muchos los estudios. Al menos no tanto como merece. Esto se debe, entre otras cosas, a lo que llaman despectivamente “cientificismo”, entendiendo eso como un lastre que impide alcanzar un viaje agradable en el mar de la literatura. Y el género en el que coloco su obra es poco reconocido por la crítica literaria puertorriqueña aún en nuestros días. 

Quizás debo recurrir a Jorge Luis Borges y referirme a los cuentos de Pablo Morales Cabrera, publicados en 1914, como pertenecientes a un género que inauguró un cuarto de siglo después Bioy Casares:

En español, son infrecuentes y aún rarísimas las obras de imaginación  razonada. Los clásicos ejercieron la alegoría, las exageraciones de la sátira y, alguna vez, la mera incoherencia verbal; de fechas recientes no recuerdo sino algún cuento de Las fuerzas extrañas y alguno de Santiago Dabove: olvidado con injusticia. La invención de Morel (cuyo  título alude filialmente a otro inventor isleño, a Moreau) traslada a nuestras tierras y a  nuestro idioma un género nuevo. (Prólogo de Borges a La invención de Morel de Bioy casares)

No voy a permitirme la hipérbole. No voy a alegar que ese género nuevo en español, la imaginación razonada, cuyo origen Borges adjudica a su amigo Bioy, es en realidad creación de un autor puertorriqueño. No. Sin embargo, debo decir que los relatos del puertorriqueño pertenecen a un género similar de “especulación científica” que aspira a educar a los lectores a través de la imaginación razonada.

Adjudicar una fecha de origen a los géneros es un ejercicio bizantino. Y si se trata de literatura con características fantásticas, el propio Bioy Casares lo afirma: “Viejas como el miedo, las ficciones fantásticas son anteriores a las letras” (prólogo a la Antología de literatura fantástica). Hay unas reglas generales: El ambiente o la atmósfera. Los primeros argumentos eran simples –por ejemplo: consignaban el mero hecho de la aparición de un fantasma– por lo que los autores procuraban crear un ambiente propicio al miedo; y la sorpresa, que puede ser de puntuación, verbal, de argumento. Pero lo mejor para nuestra lectura es asumir los textos de Morales Cabrera a partir de la explicación de los enigmas presentados:

Los cuentos fantásticos pueden clasificarse, también, por la explicación:

a) Los que se explican por la agencia de un ser o de un hecho sobrenatural.

b) Los que tienen explicación fantástica, pero no sobrenatural

c) Los que se explican por la intervención de un ser o de un hecho sobrenatural, pero insinúan, también, la posibilidad de una explicación natural.

Si aún esto no fuese suficiente para darle una etiqueta autorizada a los relatos del puertorriqueño, entonces bastaría con buscar aquellas leyes que el propio Morales Cabrera utiliza para redactar su corpus literario. En el puertorriqueño la presencia de lo sobrenatural siempre se explica de manera natural. Sobre este etiquetado la citada antología hace énfasis en la continua transformación de la literatura:

Pedimos leyes para el cuento fantástico; pero ya veremos que no hay un tipo, sino muchos, de cuentos fantásticos. Habrá que indagar las leyes generales para cada tipo de cuento y las leyes especiales para cada cuento. El escritor  deberá, pues, considerar su trabajo como un problema que puede resolverse, en parte, por las leyes generales y preestablecidas, y, en parte, por leyes especiales que él debe descubrir y acatar. (Borges, Bioy, Ocampo, 1940:8) 

Digamos, pues, que en 1914 Pablo Morales Cabrera publica Cuentos populares. En esta colección de relatos el autor consistentemente utiliza analogías y explicaciones científicas que intentan resolver enigmas. Es, sin duda, el texto de la época que más se acerca a la imaginación razonada, de la que hablará más tarde Jorge Luis Borges en relación a la obra de Bioy Casares. Cuentos como Las camándulas, El cleptómano o La gallina de oro convierten a Morales Cabrera en ese precursor desconocido.

Sin embargo, su importancia se ve oscurecida por la valoración crítica . Manrique Cabrera, en Historia de la literatura puertorriqueña, nos dice que Morales es “hijo del gran periodista que en páginas anteriores nombramos. Cultivó Morales Cabrera el cuento con acierto, inscribiéndose en la tradición criollista que desde el alba de nuestras letras vimos aparecer. Esta dirección, que compartió con otros, constituyó tal vez la más segura tabla salvadora en aquellos precarios días de perplejidades e indecisiones”. Si de perplejidades se trata, Morales Cabrera es quizás el que mejor las asume como material literario. A eso le llama Manrique “singular gracejo”. “Allí está palpitando el cuadro de costumbres (El deshoje), o la sátira ingeniosa y fina (El lavadero de la virgen) así como el mundo mágico y legendario del alma popular (La virgen de Luz).” (p.200) 

A pesar de ello, para el historiador de nuestra literatura, es otro libro, Cuentos criollos (1925) el mejor libro de Morales Cabrera. Tienen mejor elaboración porque se acercan más “a los modos y actitudes del devenir espiritual colectivo”. No sorprende que el propio Manrique señale que Morales Cabrera, en otros trabajos “demostró interés singular por el manejo de materiales históricos y científicos”. En 1927 publicó Letras y ciencias, por dar un ejemplo. Sin embargo, ya en Cuentos populares ese interés por la ciencia y la historia es evidente.

Cabe recordar que en nuestra historiografía literaria, la generación del ‘98 es la de “tránsito y trauma”. Es decir, “los planteamientos puramente estéticos o literarios desaparecen o se diluyen”. Ciertamente, ni desaparecen ni se diluyen, sino que se amoldan a las circunstancias. 

Para Pablo Morales Cabrera, la sátira y la imaginación razonada parecen ser los modos perfectos para la escritura. La sátira política se ve sazonada por un positivismo que a un lector contemporáneo le podría parecer parodia. Sin embargo, el afán didáctico de Morales Cabrera, su intención de educar con los cuentos muy a la manera del Conde Lucanor, nos obligan a pensar que ese asunto el escritor se lo toma muy serio.

Emilio Díaz Valcárcel destaca la pertinencia de Morales Cabrera haciendo énfasis en sus peculiaridades. “Parte de su obra tiene origen en fábulas populares narradas oralmente por sus paisanos, otra parte es producto de su imaginación” (ICP, 43, 1969, p.12). Muchos de los cuentos de Morales Cabrera son imaginación, ciertamente, pero intervenida por la razón científica y el adelanto tecnológico. En el estudio biográfico-crítico que realiza Esther Melón se llama a esto cientificismo, y forma parte del carácter pedagógico de los relatos:

El cientificismo en los cuentos de Morales Cabrera, unido al aspecto fantástico y creador del cuento, sirve para establecer ideas y datos científicos que el autor quiere divulgar. mezcla, pues, la fantasía con la ciencia. Esta exposición de conocimientos científicos, en ocasiones, destruye la fantasía creada anteriormente, así como la leyenda. (Melón, 103).

Nos interesa, por supuesto, esa “mezcla” y el modo en el que el escritor “destruye” la fantasía y la leyenda. Más bien me gustaría argumentar que Morales Cabrera reconstruye las leyendas y la imaginación razonada estructura su fantasía. En ese sentido diferimos totalmente del aserto: “Tal exceso de datos científicos resta valor literario a la narración”. (Melón, 104). Por el contrario, ese exceso es lo que convierte a estos textos en valiosos. Cuando se muestra más débil el texto es cuando insiste en su vocación moralista, extremadamente conservadora. A mí, como lector interesado, me parece que esta “exposición de conocimientos científicos” es la columna vertebral, la cohesión que le da a ese primer libro su carácter de unidad significativa. Dejan de ser estampas criollas sueltas, para ser recurrencias al razonamiento científico.

A mí me llama particularmente la atención la fascinación de Morales Cabrera con la luz eléctrica. Es decir, casi todos los enigmas que se presentan en los Cuentos populares, son aclarados por una suerte de lógica racional en la que la electricidad es el núcleo significativo.

¿De dónde la fascinación de Morales Cabrera con la electricidad? Es curioso. Veamos el contexto. 

No puedo dejar de compartir un texto que sobre este evento escribiría Luis Muñoz Rivera en un artículo publicado en La Democracia, el 20 de abril de 1893 a raíz de su visita a la hacienda de Figueroa:

LA LUZ ELÉCTRICA

Por primera vez había de instalarse en Puerto Rico.

Y no tocaba ese honor a la capital, a Mayagüez ni a Ponce. Realizaban la obra en colaboración lo señores Figueroa y Vidaurre; aquel con sus recursos cuantiosos; éste, con su laboriosidad y su inteligencia. A las seis de la tarde, barbotaba el vapor en la máquina que engendra las corrientes; a las siete, se encendían los focos, iluminando con vivas claridades los contornos. Era un espectáculo. En plena campiña, el progreso con sus resplandores más brillantes. Los aparatos cuestan al señor Figueroa más de dos mil quinientos duros; pero nadie podrá discutir la gloria de ser el primero que instala en este país el alumbrado por electricidad.”

(Tomado de Villalba: Notas para su Historia (Estampas de Villalba Ayer y Hoy) del Lcdo. Jorge de la Cruz Figueroa, San Juan, 1986.)

Un año después de la publicación del libro de Morales Cabrera se inaugura la Central Carite (1915) que viene a ser la primera vez que se produce energía eléctrica de manera general. Han pasado 22 años desde que la familia de José Ramón Figueroa, en Villalba, es la primera en tener luz eléctrica. Privada. Familiar. Veamos algunas de las “explicaciones científicas que resuelven enigmas en Cuentos populares”.

En El viaje a Cádiz los pasajeros, luego de diez días de travesía partiendo de San Juan para cruzar el Atlántico, se sorprenden con la similitud que tiene el puerto español al de la capital de Puerto Rico:

Cádiz se parecía mucho a Puerto Rico: la misma figura del anfiteatro con su Castillo del Morro, su San Cristóbal, el cementerio hacia el mar, su Peña Parada, su matadero, la Garita del Diablo; en fin, todo, todo, era idéntico.

Para añadir al misterio, un pasajero que conocía Cádiz señalaba a los demás los edificios más notables: el paseo del Perejil, la Catedral, la Aduana. ¿Cádiz es un espejo de San Juan?

-Señor, no hemos variado de rumbo- decía el piloto.

-Observe si se ha fundido la placa de corrección o si el magnetismo del buque ha cambiado de dirección o de intensidad.

Elevaron la brújula a una altura suficiente para que no ejerciese actividad la atracción del hierro forjado de la embarcación. Pero nada, la atracción magnética no había variado de dirección.

El capitán, dándose una palmada exclamó:

-Ya sé lo que es, la chispa eléctrica del día 24 nos ha contrapolizado la brújula.

– Pero ¿qué es?- preguntamos ansiosos.

-Que estamos en Puerto Rico, de donde partimos hace 11 días, porque la brújula ha pasado del Norte al Sur y viceversa, por efecto del meteoro del día 24. (Morales, 72)

En Virgen de la Luz hay otra explicación científica.

Hasta aquí la verídica historia, que hizo el valiente miliciano; pero como se discuten hasta los milagros, hay quien asegura, que aquel fue un hecho natural y sencillísimo. Aplican el milagro a la maga del siglo, a la chispa eléctrica. En apoyo de su tesis, recuerdan que Raspail cuenta que, estando un muchacho sobre un álamo, tratando de coger un nido, cayó un rayo, dejando ileso al muchacho; pero en su pecho aparecía grabada la imagen del álamo, sobre una de cuyas ramas estaba el ambicionado nido. Otro hombre, que murió de una descarga eléctrica, aparecieron en su cuerpo modeladas tantas monedas como tenía en la faja.

Dicen que la imagen fija en el bronce por las descargas eléctricas de aquella noche, fue la de don Pablo Díaz y su esposa, que fue a prestarle socorro, y que la Madre de Dios no andaba por allí en aquella hora.

Fuese milagro o cosa natural, tan verdadero es como inexplicable ampesar de la ciencia, que es una señora de muchos humos, que trata de explicarlo todo, y cuanto se ve a oscuras, suelta cuatro tecnicismos y media docena de palabras sin sentido; todos nos damos por entendidos: los unos porque no lo entienden, y los otros, porque los demás crean que lo hemos entendido. (Morales, 91)

Me parece que en ese último párrafo Morales Cabrera presenta una definición perfecta del género que todavía no ha sido “nombrado”.

En La pena capital de nuevo “la maga”:

Volvió la canoa al centro de la laguna, los remeros tendieron sus redes sacando el inanimado cuerpo de la favorita, y unos cuantos peces parecidos a la anguila, de un metro de largo, cuerpo delgado, liso, viscoso, sembrado de manchas amarillas, teniendo en el extremo de la cola un órgano, compuesto de pequeños tubos, como los alveólos de un panal de abejas, llenos de un humor viscoso.

Aquel pez era el pez eléctrico, llamado Gimnoto, que como el torpedo y otros produce descargas cuya intensidad es igual a 15 botellas de Leyden. Era que la barbarie, anticipándose a la civilización, había descubierto ya, lo que luchan por implantar los pueblos cultos: aplicar la electricidad a la pena capital. (Morales, 110)

En La candelada hay un golpe maestro. A un primer misterio se le añade otro y en ambas ocasiones se nos explica el origen del enigma. Durante un temblor de tierra se desprende una gran mole de granito que sepulta a Soledad, una hermosa muchacha. 

Y después, la linda muchacha, aparecía en las noches plácidas de luna a los asustados campesinos, con su largo ropaje blanco, sentada en aquel monolito, como en un trono, peinando su negra cabellera; o ya en las oscuras noches, llamas intermitentes, pálidas y vacilantes, indicaban al audaz que se aventuraba en aquellos sitios, el lugar donde reposaba la más garrida joven del barrio. (Morales, 111)

¿Cómo se explica esta aparición? Sencillo: “sabíamos que un fenómeno óptico y el hidrógeno protocarbonado, inflamándose al contacto del aire, era lo que tan amilanados tenía a aquellos sencillos aldeanos”.

Pero el “asunto” no termina ahí. Un 2 de febrero, en las fiestas de la candela, ocurre otro hecho extraño:

De pronto estremecióse la pira y oímos un sonido armonioso y triste que nos parecía un lamento, pero que juzgábamos ilusión de nuestros sentidos. Un segundo sonido, más intenso y sostenido, nos separó instintivamente de la hoguera y acudió a nuestra mente un nombre: ¡Soledad! Al tercer sonido volvimos la espalda y escapamos con toda ligereza que permitían nuestras piernas. Y cuanto más corríamos, más cantaba la maldita piedra; y en nuestra exaltada imaginación veíamos a la bella Soledad, con su ropaje blanco, entonando himnos en medio de la hoguera. (Morales, 112)

Aterrados y sudorosos llegan a la casa y el padre (ríe, Freud) resuelve el asunto con una rebuscada explicación:

El sonido es un movimiento vibratorio de las moléculas de los cuerpos. La elevación desigual de la temperatura, de varias partes de la piedra de vuestra candelada, da lugar a dilataciones parciales y resultan enmovimientos moleculares, que producen hermosos sonidos, como los instrumentos de Trevelgán. En Tebas, el pueblo adoraba la estatua de Memnón, porque la divina boca del dios, salían hermosos sonidos, siempre que el sol caldeaba la granítica escultura. (Morales, 111-112).

Para añadir al adjetivo de precursor, Morales Cabrera escribe El cleptómano que probablemente sea el primer cuento detectivesco de nuestra literatura. Un supuesto infanticidio es resuelto. Se había determinado que el niño había muerto por estrangulación.

¿Cuál es la causa?

La electricidad. Ese alambre de estaño está soldado con uno de cobre, y el fuego elevó desigualmente la temperatura de estos metales, construyendo una pila termoeléctrica, cuya corriente produjo las oscilaciones que habéis visto. (Morales, 121)

Solo he querido presentar algunas notas sobre un escritor que me parece muy importante. y que ha dejado una impronta en los escritores recientes. Así, por ejemplo, la extraña novela de José Liboy, El informe Cabrera (2009) es un homenaje a este primer cuentista puertorriqueño. En la novela de Liboy el narrador Molina (Liboy) reconoce a Pablo Morales Cabrera como la “raíz” de un árbol genealógico de la familia Cabrera y además incluye con el mismo delirio una genealogía de escritores de ciencia ficción en la isla. Para mí, Morales Cabrera es uno de nuestros mejores escritores y un paradigma de la modernidad literaria.

*Este es un resumen de un ensayo sobre la obra de Morales Cabrera. Notas y bibliografía disponible.