Love Machine

El domingo pasado acordé salir con una amiga y su amiga para almorzar. Yo estaba ocupada tratando de cumplir con un “deadline” pero me venía bien despejarme, así que quedamos para las doce del mediodía en un lugar de Santurce cerca de casa. Debo destacar que no soy muy sociable, tengo pocos amigos y me cuesta conocer gente nueva. No sé si desearía ser diferente. Quizá siendo de otra forma la vida sería más llevadera, pero para bien o para mal hay cosas que no cambian, y con el pasar de los años esto, en lugar de cambiar, ha terminado por salírseme de las manos. Pero aún persevero. Por eso, aunque una hora y pico más tarde, llegué a la cita. Con tantos años de amistad, espero que mi amiga sepa ya que no lo hago por joder, que mis ausencias o tardanzas se deben simplemente a que cada vez me cuesta más salir de casa.

Empujé la puerta del lugar y la multitud (cinco mesas ocupadas) se volteó a mirarme.

¡Terror! Por suerte, ya mi amiga y su amiga habían terminado de comer y pagaban la cuenta. Decidí esperarlas afuera. A su salida les sugerí tomar el cordial en el negocio de en frente —aire acondicionado a temperatura perfecta, plafones acústicos, luz tibia y la atención respetuosa y sosegada de un jovencísimo mesero solo para nosotras—, el paraíso para los que padecemos de ansiedad social. Allí, entonces, pude despotricar en contra de la explotación laboral a la que es sometida mi amiga, mientras su amiga me miraba raro. Para alivianar la cosa, como soy de la isla —al decir de ella—, decidí cambiar el tema al de las cabras de mi sobrinito, que se encargan de podar el patio en la casa del abuelo; y al del cerdito que acá en el área metro un vecino de mi calle tiene de mascota. ¿Chilla o no chilla el cerdito?, inquiría la amiga de mi amiga. De cuando aprendía a guiar y le pasé por encima, muy a pesar mío, a Huracán, el perro de mi hermano y, gracias a los dioses, sobrevivió, realmente solo le pisé una pata. De cuando mi abuela tenía en el patio a Evaristo, un ganso grandote y precioso que se comportaba como todos los gansos: como si fuera perro. Ella, la amiga de mi amiga, seguía mirándome raro, por un momento pensé que dudaba de la realidad de mi bestiario. Pero yo insistía. Entonces, Mota fue una coneja que de buenas a primeras desapareció de casa porque según papi estaba enferma y se la dio a su amigo Mickey para que la curara. Demás está decir que la coneja no volvió. Añadí que tal vez la habían hecho fricase alguna de esas tardes de domingo en que se reunían para la bohemia. La muchacha abría los ojos y miraba a mi amiga. Mi amiga sonreía. El pollito verde de feria que tenía mi primo hermano se convirtió en un pollón agresivo, que para que pudiéramos salir a jugar había que amarrarlo por una pata al tubo de la verja del patio. Cuando empecé a hablar de Willy, el pecesito betta, la amiga de mi amiga quiso volver al tema de la explotación laboral, y yo aproveché para abundar sobre la misoginia y recomendarles el más reciente libro de Marta Sanz publicado por Anagrama: Monstruas y centaruras. Nuevos lenguajes del feminismo (2018).

Monstruas y centauras es un libro de reflexiones sobre el feminismo y sus más recientes manifestaciones y movimientos, como el “Me too” y la huelga feminista de 2018. Me gustan mucho los acercamientos de Marta Sanz al tema, pues su capacidad crítica, autocrítica e inquisitiva conducen a la iluminación, a la reflexión seria alejada del sermón, “la mala leche”, “el empoderamiento” y las “solidaridades linchadoras”, desvelando y cuestionando siempre múltiples ópticas del mismo asunto, pero sin perder de vista lo más importante: “Todas y todos deberíamos ser feministas porque el machismo es la enfermedad, la pústula visible del patriarcado, y el feminismo un discurso corrector” (44). Que manifestarse contra el machismo sirva entre muchas otras cosas “para que nunca se repita el horror de La Manada y se mejoren las condiciones laborales de las cajeras de los supermecados y se acabe con la brecha salarial. Y, si es posible, de paso, con todas las putrefacciones que adornan nuestro sistema económico” (44).

Como esto no es una reseña del libro de Sanz —nunca he pretendido hacer reseñas—, les sigo contando que de mi remanso de paz, el bar fresco y solitario, salimos para meternos a las cinco de la tarde en una discoteca con sistema de luces “lazer” y dj en tarima tocando música electrónica. A las siete de la noche me sentía ya como Alicia en el país de las maravillas (libro que, por cierto, con motivo de celebrar su 150 aniversario, fue reimpreso en 2016 por la Princeton University Press, con las ilustraciones que Random House solicitara a Salvador Dalí para una edición limitada en 1960). Así que llegó el momento de irme a casa con las dos amigas, que querían ir al baño. Me sentía rara, como que había llegado el momento de deshacerme de la compañía, y al final lo logré sin mucho esfuerzo. Solo tuve que invitarlas a pasar a la sala, donde cuelgan dos fotos de Herminio Rodríguez a manera de experimento. Le decimos experimento porque acordamos documentar las reacciones que suscitan ambas piezas ante la mirada de la visita —conste que solo nos visitan cuatro personas, y, por supuesto, mi amiga conocía las fotos—. Ambas fueron al baño, tomaron agua. La amiga de mi amiga lo observaba todo, hasta que puso sus ojos en las fotos gigantes. “Motel Rooms” (Colonial Comfort) es un proyecto de Rodríguez que consiste en dos fotos de cuartos de motel, con sus atractivos principales: la decoración, una oriental y la otra safari, y sendos aparatos conocidos como Love Machine. Son armatostes de construcción herrera, y su forma es similar a la de las camillas —¿“burras”?— del ginecólogo. La pregunta no se hizo esperar: —¿Qué es eso?, preguntó la amiga de mi amiga con los ojos como semáforos en luz roja. —Cuartos de motel con sus respectivos love machine, respondió el propio artista sobre la obra, pues daba la casualidad que estaba visitando a mi esposo cuando llegamos a la casa. Para saber lo que era aquello no hacía falta haber estado en un motel, solo la imaginación y haber visitado alguna vez un ginecólogo. Rodríguez por un lado y yo por el otro tratábamos de contextualizar la pieza para la inquisidora. —Sí, pero, ¿para que sirven? Entonces hubo un silencio, que mi amiga rompió por lo bajo, advirtiéndome que su amiga “era muy visual”. —¡Coño!, dije para mis adentros; entonces, ¿para qué tanta explicación si la imagen vale más que mil palabras?

Pero me limité a contar que cuando enseñaba en la universidad, cercana la fecha de San Valentín, asigné como bono en un curso de Historia Económica de Puerto Rico, la discusión de noticias relacionadas a la economía durante las fechas de celebración. Un estudiante, el que escogió la noticia sobre la industria motelera del país, me preguntó a viva voz:

—Profesora, ¿usted sabe lo que es un lovemachine?

—No sé si tomarlo como una broma o una falta de respeto, respondí.

—Bueno, nos vamos, dijo mi amiga.

Para ver las fotos de Herminio Rodríguez mencionadas, ir a:

http://herminiorodriguezphoto.blogspot.com/2014/09/motel-rooms-colonial-comfort-curated.html