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Eïrïc Rïchter Durändal Stormcrow

—¿Por qué ustedes los homos siempre se están tocando cuando los guardias no están mirando? —pregunta Heinrich, un testigo de Jehová barbudo por las circunstancias del Holocausto.

—Porque es la única forma de sentirnos que todavía valemos —contesta
Sieg—. Si todavía podemos dar placer, no solo estamos vivos. Nos sentimos vivos.

El jehovita, como les decían los guardias nazis a los del triángulo púrpura, asiente más por respeto que por convicción o convencimiento. Se acomoda la melena incómoda que los guardias no le han permitido cortar o acicalar. Es un castigo extra. O les afeitan los cuerpos enteros, o no les permiten cortárselo, dependiendo del color del triángulo asignado en Auschwitz. Sieg se le acerca.

—También es una forma de sentirnos en comunidad. Como ustedes con su fe.

Esas son palabras que Rich sí puede entender. Todos los días se reúnen para orar antes de que los guardias los hacinen en las literas contiguas. Es la única manera de soportar el frío extremo de la noche y así reforzar la gasolina que les permite sobrevivir hasta cualquiera que sea el final.

—Entonces, estarán bien —contesta y hace una mueca lejanamente emparentada con una sonrisa.

Al día siguiente, el personal del campo de concentración pone a los triángulos rosados, púrpuras y negros a picar piedras y arrastrarlas hasta el almacén, desde donde serán transportadas a otra barraca. Doña Camelia Stone, de 57 años, sucumbe ante el esfuerzo. Unas mujeres de la congregación tratan de incorporarla, pero se ha desmayado. Los guardias gritan órdenes e insultos. La multitud se congrega y se dispersa. Los guardias le apuntan con sus armas a la señora Stone, y le ladran órdenes de levantarse sin importarles la obviedad de que está inconsciente, de que no tiene medio alguno de responderles y, sin pensarlo, la congregación cierra los ojos y se abraza para no ver cuando la rocían con 16 tiros. Rich se abraza a la primera persona que encuentra, Sieg, que se abraza a Rich solo porque quiere. Ambos hombres comparten el llanto de su primera tragedia.

Al día siguiente, los ancianos de la congregación se sientan con Rich.

—Vemos que tienes un nuevo amigo.

—Ni tanto —contesta Rich, adivinando que vendrían a hablarle de su reciente amistad con Sieg.

—Es un sodomita. No debes mezclarte con ellos. 1 Corintios 6:9 dice que los hombres que se acuestan con hombres no heredarán el reino de Dios.

—Lo tengo claro.

—Pues, aplícalo. Recuerda que podrías ser expulsado de la congregación.

—¿Por una amistad con alguien en nuestra misma situación?

—¿Te estás insubordinando, hermano?

—No, hermano, para nada. Me quedó todo claro.

Rich recuerda el bautismo masivo que celebran los Testigos de Jehová en Alemania en la mañana del 9 de noviembre de 1938. Miles de hermanos huyen a los bosques y se bautizan en masa en los lagos y ríos frígidos de los campos. Algunos mueren de hipotermia. La familia de Heinrich lo arrastra hacia la orilla de una ribera. Las uñas de su madre se le quedan tatuadas en la muñeca, incluso visibles por debajo del futuro código impreso por los nazis. Lo sumergen a la brava y casi lo ahogan, mientras le gritan las preguntas que corroborarían que Rich conoce los principios de la fe. En aquel momento son solo 10. Rich dice que sí a todo, tratando de respirar sin que se le agüen los pulmones. Entonces, la memoria se disuelve primero por las esquinas y lo último que ve es la sonrisa de orgullo de sus padres.

Esto sucede apenas un año atrás.

Al día siguiente, seleccionan a Janice y Jerod, un matrimonio jehovita, para ser llevados al ala de medicina y experimentación. La congregación se despide porque sabe que jamás los volverá a ver. Los nazis igual se llevan a Hans y Arthur, de los triángulos rosados. Contrario a la congregación cristiana, los sodomitas no se tapan los ojos para no ver.

Al día siguiente, llegan nuevos triángulos rosados al campo de concentración. Esa noche, se rencuentran amigos, amantes, hermanos gemelos, viejos amores y hasta primos que alguna vez se exprimieron. Al principio no se reconocen. Los intentos de huida y el hacinamiento los han demacrado igualmente. Ludwig se rencuentra con Alf, el amor de su vida, mientras Werner encara a su ex, Wolfgang, que le dejó con una nota una noche de lluvia siete años atrás. Lo único bueno de Auschwitz, piensa con algo de saña, es que nos iguala a todos.

Al día siguiente, los nazis, borrachos por la noche de juerga, deciden rociar de balas la jaula de los jehovitas. Esa noche, a Rich le había tocado dormir al fondo extremo de las literas, allá donde el oxígeno es contado y el frío no hace nada por aplacar el sudor. Es el único que sobrevive y ese día su trabajo será enterrar a sus muertos. Sieg se le acercará junto a varios de sus amigos y lo ayudarán con el tesón de quien enfrenta la oscuridad sin brújula o alguna llama interna. Sieg recuerda la última fiesta con abisinio y cómo hubiera dado lo que fuera por jamás haber nacido. En Kristallnacht, en alguna barra de la ciudad más maricona de Alemania, los nazis tumban la puerta y entran con sus armas. Arrestan al cantinero, a los empleados, a las dragas, a los que se clavaban en el cuarto oscuro y los que mamaban en el agujero glorioso. Los arrestan, arrastran, desnudan y colocan en la calle a la vista del Pueblo. Allí, les meten dinamita en los culos o les aplastan las piernas con taques de guerra. A Sieg lo agarran al final, cuando ya habían satisfecho su morbo sanguíneo. Por eso es uno de los pocos que sobrevive.

Mientras cava el suelo y deposita los cadáveres, Rich se rompe en llanto. Parece que su futuro estará intrínsicamente ligado a la muerte. Sieg se le acerca y lo abraza. Esa noche, sellarán el pacto de muerte con su primer beso.

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